El Presidente rinde la plaza

POR Alfredo C. Villeda

En el año 388 antes de Cristo, Platón intentó persuadir a Dioniso el Viejo de que si los gobernantes no eran filósofos, era necesario que los filósofos fueran gobernantes. En respuesta, el tirano ordenó vender al fundador de la Academia como esclavo en la isla de Egina, donde una viuda lo reconoció y lo compró para devolverle la libertad. En la actualidad el elector no espera de un presidente más que se comporte como tal, como estadista. Ya vimos cómo los peruanos rechazaron a Mario Vargas Llosa, sin saber lo que les esperaba con Alberto Fujimori, pero no estaban interesados en un intelectual. El votante no espera, pues, que su representante en el poder sea un hombre culto, pero sí que responda a las necesidades de la población y que se comporte como estadista. El requisito mínimo es quizá la congruencia. Hay que ver cómo le fue al dramaturgo Vaclav Havel y a su ministro de Cultura, el finado músico Frank Zappa, en la República Checa. El problema con México, sobre todo ahora, es que Felipe Calderón ni es filósofo, ni intelectual ni estadista… ni congruente. Lo primero y lo segundo, como lo demuestra la historia, está de más pedirlo. Nadie se lo reclama, de hecho. Y quien lo demande corre el riesgo de ser vilipendiado, lanzado a un moderno exilio esclavista como el de Platón. Pero sí está obligado a ser estadista y congruente. En tres años el balance, en cambio, es de tumbos, directrices contradictorias, rendición de la plaza. Ernesto Zedillo, por ejemplo, hizo en su último Informe de gobierno un sutil cambio a su lema de campaña de seis años atrás, cuando entró al relevo por el malogrado Luis Donaldo Colosio, por un destello de congruencia: su frase de “Bienestar para tu familia” se convirtió al final del sexenio en “Bienestar para mi familia”, al exponer en el Congreso que sería el primer ex presidente en busca de empleo. Y vaya que los Zedillo Velasco deben valorarlo: seis chambas y todas en empresas trasnacionales, beneficiarias directas de la información confidencial que manejó el ex mandatario por la naturaleza de su cargo. La deuda por el rescate bancario, en cambio, se socializó para que todas las familias le entren con su cuerno. “El Presidente del empleo”, como se hizo llamar Calderón, reconoció su fracaso hace unas semanas, al enfatizar un reporte conocido poco antes: en su gestión aumentó a 20 millones el número de mexicanos en la miseria. A la mitad del camino, en el ocaso de su tercer año de gobierno, rinde la plaza y se apunta 6 millones de pobres adicionales, no sea que alguien más se vaya a colgar la medallita. ¿No es suficiente? Pues ahí van 44 mil trabajadores más al desempleo con la liquidación de Luz y Fuerza del Centro. Y responsabiliza a la extinta empresa y a su sindicato, no al rijoso secretario del Trabajo y sus chafas programas, de obstruir la creación de 100 mil plazas y el crecimiento de entre medio punto y un punto del producto interno bruto. Sobre la congruencia presidencial y el conflicto con el SME vale destacar otro punto: desconoce por medio de Javier Lozano a Martín Esparza como dirigente sindical, pero el titular de Gobernación lo recibe y negocia con él dos veces en la última semana, y el secretario particular Luis Felipe Bravo Mena le da audiencia en Los Pinos. ¡Cuánta deferencia con un personaje defenestrado! Son los equívocos típicos de una trastabillante gestión. Ya se ha hecho notar antes aquí la incongruencia de salir a gritar a los cuatro vientos que este gobierno no negocia con delincuentes, tras la propuesta de diálogo de un narcocapo de La Familia, pero sí lo hace y hasta instala una comisión mediadora con los eperristas, a los que el gobierno, no el fusilero, considera terroristas, según los dichos del cesado Eduardo Medina Mora, en actos públicos, y del mismísmo director del Cisen, en una reunión informal. Vicente Fox, que en una entrevista le dijo a mi amiga Elena Gallegos ser de centro-izquierda, declaró abierta la competencia electoral en su tercer año de mandato, cargo que le incomodaba, y se lanzó a una campaña feroz contra Andrés Manuel López Obrador en un episodio de todos conocido. Al final de su periodo, después de haber dado material para dos tomos que recopiló Andrés Bustamante, se sinceró con la reportera de la agencia Dpa, a la que comentó antes de arrancar la charla: “Ya estoy de salida, ya puedo decir cualquier tontería”. Una más, pues. Calderón reduce ahora todo a un golpe a un sindicato de izquierda, al que desconoce, pero con el que negocia. Al que le reprocha excesos y prebendas, pero que se los replica como bonos incluidos en el paquete de liquidación. El día después, ufano, aplaudido por la cúpula empresarial, también se sincera y pone todo a nivel de feelin´: “Tengo la conciencia tranquila”. Recién empezado su gobierno, un colega le preguntó si no había uniformes militares de su talla, a lo que respondió: “No seas payaso”. Ayer Fox le recomendó devolver a los militares a sus cuarteles, pues esa estrategia “sólo multiplicó el problema” del narcotráfico. Ora sí que entre payasos. A diferencia de Platón, la gente no quiere presidentes filósofos. Quiere gobernantes congruentes, que cumplan, que no rindan la plaza a medio camino.

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