ESCUELA DE PARÍS: la bohemia ilustrada

POR Waldemar Januszczak

El periodo que va de 1900 a 1930 en París fue probablemente cuando el arte estuvo más cerca de ser una actividad criminal. Las casas de putas de Pigalle eran santuarios para una gran cantidad de creadores, preferencia que era recompensada con la disponibilidad inmediata de bellas jóvenes educadas para satisfacer todo tipo de perversiones selectas
El nombre usual con que se denomina a la extraordinaria selección de artistas que vivió y trabajó en la capital francesa durante el primer cuarto del siglo 20 es la “Escuela de París”, una nomenclatura no muy acertada si se considera un solo elemento: las escuelas tienen reglas, algo que ni de chiste tenía este racimo de creadores. Poseían, eso sí, propósitos comunes, principios unificados y una estructura reconocible.
La comunidad artística formada por sí misma en el París de los años que van de 1900 a 1930 se caracterizó por su carencia de control, euforia por las rebeliones y el coraje por demoler los buenos hábitos heredados por generaciones anteriores. Actualmente es difícil imaginar la irresponsabilidad social, casi infantil, de esta pléyade de inadaptados, holgazanes y descontentos que arribaron a París desde 1900 en adelante a celebrar el fin del siglo 19 y atestiguar el nacimiento del 20, una centuria que adivinaron creativa y rebosante de libertades.
Embriaguez creadora
París fue así el centro incuestionable del arte progresivo en el mundo. Fue ahí donde los impresionistas impulsaron la primera rebelión moderna en el arte. Fue el crisol en el que el simbolismo y el puntillismo se fraguaron. París en 1900 fue…
Sería ingenuo pensar que una simple celebración finisecular jugara el papel de una magneto poderosa. Seguramente París tenía muchas más cosas qué ofrecer.
El platillo más suculento para los paladares de estos descarriados de la Escuela de París fue la embriaguez. Para nadie era un secreto que en los terrenos de Utrillo, ubicados arriba de Montmartre, el alcohol se destilaba en frenéticos vapores tanto de día como de noche. Sólo había una desventaja en las invitaciones de Ultrillo: cuando la gastronomía cedía el paso a los vinos y éstos al sopor, el artista podía desaparecer en alguna de sus habitaciones y beber ahora el perfume directamente de los cuerpos de alguna de las esposas de sus invitados.
El grupo de Modigliani, en Montparnasse, degustaba otros manjares, éstos espolvoreados con hachís. Los allegados de Picasso preferían la niebla del opio, mientras que los amigos de Alfred Jarry gustaban jugar con el duendecillo verde del ajenjo. El sexo fue otra de las adicciones violentamente humanas a las que se rindió tributo en la ciudad luz.
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Aquellos años de París fueron probablemente en los que el arte estuvo más cercano a ser una actividad criminal y, en efecto, la relación entre artistas, gángsters y buscadores de burdeles fue de alegre intimidad. Las casas de putas de Pigalle, para no ir más lejos, eran santuarios para una gran cantidad de creadores, preferencia que era recompensada con la disponibilidad inmediata de bellas jóvenes educadas para satisfacer todo tipo de perversiones selectas. Picasso, Modigliani y Pascin nunca tuvieron empacho en reconocerse como visitantes asiduos a esos templos de Venus.
Este curioso despliegue de virtual delincuencia fue coronada por las acciones de Picasso y Apollinaire, quienes, pasando del dicho al hecho, se vieron envueltos en la sustracción ilícita de unas esculturas ibéricas antiguas que exhibía orgullosamente el Louvre. Para completar el ciclo de extrañezas se dice que en una ocasión Zelda Fitzgerald fue convencida por Scott para que fueran a la cama en compañía de Ernest Hemingway, todo con el objetivo de que el par de hombres pudiera comparar la longitud de sus penes.
Tomado de: Sunday Times Books.