¿Macho y atractivo como un animal?

POR Opera Mundi

Desde las moscas hasta los elefantes, pasando por la especie humana, el sexo por placer es una práctica más común de lo que parece… y entre individuos del mismo género
Poco después de que Charles Darwin publicara Sobre del origen de las especies (libro en el que estuvo sentado por más de 20 años), el capitán del Beagle, la nave con la que el joven investigador hizo su famosa expedición, subió a lo alto del mástil, se apuñaló el corazón y se dejó caer libremente, avergonzado por lo que él llamó “esa herejía”. ¿A qué “herejía” se refería el atribulado marino?
Y hablando de herejías, las observaciones de Darwin también resultaron una más contra la noción de Dios como creador. De hecho, el científico batalló de lo lindo con su editor, quien lo urgía a que maquillara prácticamente toda su obra, excepto el capítulo referente a los pichones, pues, “¿a quién no le gustan los pichones?”.
La ciencia no ha cambiado mucho desde entonces. Las aportaciones de Darwin continúan dispuestas como piedras de toque en la cultura universal, señalando con dedo flamígero que las cosas en la naturaleza son como deben ser. Sin embargo, no todo sigue igual, sobre todo en lo que se refiere a la sexualidad animal –apartado en el que, por supuesto, hay que insertar la sexualidad humana–, terreno que desafía el concepto universal de “natural”.
Sexo por placer
En un tomo de 800 páginas, titulado Biological Exuberance, el zoólogo Bruce Bagemihl echó por tierra literalmente lo que aprendimos en nuestras clases de biología: que la sexualidad de los animales sólo se pone en movimiento en pos de la reproducción. ¡Falso! Las investigaciones de Bagemihl demuestran que la naturaleza es más veleidosa de lo que se suponía y en ella encuentran cabida todas las variedades del sexo… por placer.
El mundo animal está al corriente de todas las conductas “no naturales”, particularmente con el sexo homosexual, el cual se ha documentado por lo menos en 450 especies, lo mismo en grandes regiones geográficas que en todos y cada uno de los grandes grupos animales; es decir, desde las moscas hasta los elefantes. Pero eso no es todo. Los animales se masturban, practican el sexo grupal y utilizan herramientas para el placer; son notoriamente promiscuos e infieles con sus parejas; cuando se presenta el caso, aplican el control natal, practican abortos y se divorcian; presentan cambios totales de sexo: transexualismo y hermafroditismo; forman parejas –hetero y homosexuales– y educan a sus crías en todo tipo de familias alternativas, muy lejos del ideal políticamente correcto de la familia nuclear; la maternidad y paternidad soltera es común, así como la adopción.
Para Michael Denneny, editor del libro Biological Exuberance, esta obra “prueba que el sexo posee un valor intrínseco más allá de la reproducción y que es una parte muy importante de la vida y de la experiencia de vida. Y el libro aparece en un momento en que existe mucha regresión sexual”. Por su parte, el autor apunta: “Para la mayoría de personas, los animales son simbólicos. Su significado radica no en lo que son sino en lo que creemos que son. Les adscribimos significados, valores y conductas para su existencia que generalmente tienen poco que ver con su realidad social y biológica, tratándolos como emblemas puros de la naturaleza o de la bestialidad, todo para justificar las opiniones que tenemos de otros seres humanos”.
Hacerse de la vista gorda
La noción de la homosexualidad versus naturaleza ha sido documentada en acotaciones y escritos prácticamente desde el siglo I de nuestra era, y ha servido para alentar formas varias y encarnizadas de persecución homofóbica. En 1983, en el amanecer del sida, Patrick Buchannan escribió lo siguiente en el New York Post: “Los pobres homosexuales… han declarado la guerra a la naturaleza y ahora la naturaleza les paga exactamente con la misma moneda”.
Bruce Bagemihl dedicó más de diez años de su vida a investigar y escribir su libro Biological Exuberance, incorporando lo mismo datos de hace 200 años que referencias actualizadas, muchas de ellas provenientes de los zoológicos más oscuros del planeta. Conforme sus investigaciones arrojaban más luz acerca de la homosexualidad en la naturaleza, Bagemihl se sorprendió no sólo de que no existiera un estudio exhaustivo del tema sino que gran parte de sus colegas distorsionaban las conductas sexuales animales que habían atestiguado, al otorgar la categoría de hetero a intercambios que en realidad eran homosexuales.
El apareamiento homosexual completo –es decir, con orgasmo y eyaculación– es ampliamente practicado por primates, toros, leones, elefantes, delfines, lobos, zorras, ovejas, cerdos, jirafas, koalas, murciélagos, patos, mariposas, peces y un largo etcétera. La obra de Bagemihl también sugiere que los animales están muy lejos de ser insensibles y que sienten más atracción por algunos de sus congéneres que por otros.
Finalmente hay que apuntar que el estudio de Bruce Bagemihl no es único en su género, aunque su título resulta más condescendiente que muchos de los que lo precedieron. Y en este tenor hay libros que sólo por sus nombres habrás de conocerlos: Perversión sexual en las abejas macho, publicado en 1896, o Conducta sexual aberrante en la avestruz sudafricana, cuya primera edición vio la luz en 1972. Y ya que tocamos el punto de las aberraciones, en 1995 un biólogo del Servicio de Peces y Vida Salvaje estadounidense fue requerido por el senador Jesse Helmes para que contribuyera a salvar a una especie en peligro de extinción: el pájaro carpintero de cabeza roja. El biólogo aceptó la tarea con gusto, aunque no por ello dejó de preguntar el por qué de la peculiar encomienda del senador; éste contestó que la susodicha ave había demostrado tener “valores familiares”, al practicar la monogamia y la heterosexualidad.