Snuff: la muerte, tema de pornografía

POR Scott Aaron Stine

La decadencia del cine de porno suave provocó el auge de cintas que tratan de obtener ganancias extras en una industria, que con la masificación de las videocaseteras domésticas, las cintas de Linda Lovelace se confunden con las de la colección de Walt Disney

El mito de las películas snuff es un ejemplo de las leyendas cinematográficas urbanas. El término snuff, que hace referencia a un género específico de producción en el que los actores son presuntamente asesinados en beneficio de un público selecto de pervertidos, fue acuñado por Ed Sanders en su libro The Family. The Story of Charles Manson`s Dune Buggy Attack Battalion (1976). El concepto se utilizó para describir acusaciones nunca sustentadas de que Charles Manson y sus seguidores podrían haber estado envueltos en la perpetración de dichos crímenes.
Cuarenta años después, muchas personas “que han oído hablar pero que nunca han visto una cinta snuff, insisten en que existe una industria subterránea abocada a filmar muertes y mutilaciones humanas. La idea en sí de rodar una película teniendo como protagonista a personas que agonizan ha causado que todo mundo afirme que la circulación social de los filmes snuff es tan dinámica como el dinero.
Aunque hay decenas de casos de criminales que han filmado sus delitos, generalmente estas cintas son para placer propio de los infractores, muy pocas veces para su incorporación a algún tipo de circuito comercial oscuro.
Para la mala fortuna de los degenerados, las películas porno supuestamente snuff que se adquieren en atmósferas sombrías dejan mucho qué desear en lo que concierne a su producción. No sólo las imágenes tremendistas filmadas “exclusivamente y por sólo una vez” para estas cintas suenan a fraude sino que la ejecución de los “efectos especiales” da pena ajena por su ineptitud. Es decir, el cine snuff no es más que un esquema de gran mercado cuya aureola de clandestinidad arroja ganancias jugosas que ni el cine de porno duro ha soñado siquiera en alcanzar.
La campaña silenciosa que ha desplegado esta industria urbana se basa en la noción de que el crimen sí paga, explotando con ello la curiosidad mórbida de las audiencias a las que el cine pornográfico tradicional ya no hace ni cosquillas.
¿Por qué surgieron las cintas snuff? ¿Fue simplemente la ambición de unos productores que decidieron explotar la obsesión por el mundo de lo macabro? ¿O sólo se trató de obtener ganancias extras en una industria que con la masificación de las videocaseteras domésticas sus películas pasaron a integrar las inofensivas videotecas familiares, donde las cintas de Linda Lovelace se confunden con las de la colección Walt Disney? Quién sabe. Lo cierto es que el morbo funciona y teje sus propias leyendas para regocijo de los productores mercenarios.

Después de Charles Manson

Los orígenes de la industria snuff hay que rastrearlos un par de años después de que Charles Manson se convirtiera en un icono de la cultura pop estadounidense. En 1971, los directores neoyorquinos Michael y Roberta Findlay produjeron en Argentina una película llamada Sacrificio, un filme modesto cuyo costó no rebasó los 30 mil dólares. Aunque muchas fuentes han afirmado que la producción nunca se terminó, los Findlay han asegurado que su película tuvo un principio y un fin de acuerdo con el guión. Sacrificio se estrenó, completita, en octubre de 1975 en sólo tres salas de cine; obviamente, la publicidad más bien fue inexistente.
Sacrificio hizo hasta lo imposible por explotar los aromas que ya para entonces casi se habían volatilizado de los crímenes Tate/LaBianca perpetrados por el gurú Charles Manson, aunque la versión de los Findlay transitó por la vía libre. Pese a la fama incierta que rodeó a Sacrificio, esta es una película más fácil de conseguir que el resto de las filmadas por los Findlay, por ejemplo, The Touch of Her Flesh (El tacto de su carne, 1967) o A Thousand Pleasures (Un millar de placeres, 1968).

Película maldita

Lo que distingue a todas las cintas de los Findlay es que las voces de los actores siempre eran dobladas, tarea para la que los propios Findlay prestaban las suyas. Pese a la producción casi artesanal de Sacrificio, esta película pudo evadir el anonimato a la que estaba condenada desde su primera toma.
En 1972, Allan Shackleton, un ex ingeniero convertido en productor de cine, compró los derechos de la distribución mundial de Sacrificio, misma que se hizo a través de la firma propiedad de Shackleton, la Monarch Releasing Corporation, una casa distribuidora especializada en lo que en el medio se denomina sexoexplotación, es decir, películas que presentan toda la crudeza del acto sexual pero sin llegar a los límites del porno duro. Tres años después, cuando aún intentaba recuperar el dinero de la inversión de Sacrificio, el filme llamó la atención de alguien a quien se le ocurrió que los procedimientos de la película podrían ser más siniestros de la que ya de por sí eran. De esta manera, Sacrificio fue proyectada para públicos exclusivos, argumentando que las atrocidades que se veían en la película eran auténticas.
En diciembre de 1975, Allan Shackleton emplazó una rueda de prensa con el propósito de despertar el interés público. Desafortunadamente para Shackleton, entre los convocados estaba el señor Michael Findlay, quien inmediatamente se dio cuenta de que la cinta referida era la que él había filmado. El director original aprovechó la ocasión y extorsionó a Shackleton, quien a su vez desembolsó una buena cantidad de dólares y de Findlay nunca más se supo nada.
Más adelante, Shackleton, quien demostró ser un excelente publirrelacionista, distribuyó recortes falsos de periódicos que hablaban de los esfuerzos de un fiscal retirado, “Vincent Sheehan”, quien, mediante una organización llamada Ciudadanos por la Decencia, había organizado una campaña contra la proyección de Sacrificio. Éxito rotundo, las críticas en favor y en contra causaron una especie de histeria nacional, además de una enorme curiosidad por ver la película maldita.

Mercado millonario

Pero aquí no termina el cuento. Shackleton decidió invertir otros 10 mil dólares para añadir un poco más de cinta a su filme. Las escenas adicionales se rodaron en un solo día en Manhattan. En ellas se distinguía a un grupo de personas mutilando, desmembrando y posteriormente desviscerando a una dama. En el pináculo del ritual, el camarógrafo desvía su instrumento, aunque el audio continúa grabando las voces del grupo y los gritos de terror de la mujer.
Sacrificio pasó a mejor vida, convirtiéndose en una nueva película, Hype, Hoax and Hysteria Snuff, que se estrenó el 16 de enero de 1976, convocando a cientos de curiosos y decenas de personas que protestaban por la proyección de aquel ultraje. Las salas de cine de Manhattan fueron literalmente tomadas por ardientes feministas, quienes incluso amenazaron con colocar bombas. El caso es que toda la campaña en contra lo único que causó es que los boletos se vendieran como pan caliente. En su primera semana de proyección la película recabó 66 mil dólares.
La controversia finalmente capturó el interés del sistema legal, que forzó a que la cinta incluyera una leyenda que aclarara que durante el rodaje no se había lastimado a ningún ser viviente. De poco sirvió tal advertencia, en la conciencia del público quedó la sensación de haber presenciado un crimen ritual verdadero.
Actualmente, una gran parte de la población de las sociedades industriales está convencida de que las películas snuff constituyen un mercado clandestino multimillonario. Y no sólo eso, la noción ha llegado a ser parte de nuestra cultura y el temor que irradian estas cintas es comparable con el miedo que despertaban en las generaciones pasadas la mención de las brujas, los lobos, el hombre del costal, la madrastra malvada y el nostálgico coco.
Tomado de: Eskeptical Inquirer. Volumen 23.3, Mayo/Junio, 1999.