Dictadores: el poder unipersonal*

POR Luis Ernesto Pi Orozco

La pisada áspera de los dictadores ha quedado fundida por la narrativa latinoamericana, lo que ha generado una amplia galería de estos personajes, con sus circunstancias históricas particulares y los elementos propios de cada país, lo que permite al lector y al estudioso del tema, al menos como testimonio literario, comprender quiénes fueron y qué hicieron aquellos gobernantes para forjar un ejercicio moldeado por su voluntad

La revisión histórica reporta que la situación social de Latinoamérica ha sido propicia para la aparición de dictaduras. A raíz de la independencia de España la prevalencia de intereses criollos conservadores, coloniales e imperiales se superpuso a la vigencia de los propósitos de igualdad y justicia. Los gobernantes liberales que buscaban la concreción de los postulados revolucionarios padecieron los ataques de los grupos oligárquicos y reaccionarios, muchas veces encabezados por otros caudillos populares. Golpes de Estado, y seudolegítimos arribos de gobernantes conservadores al poder, funcionaron para la instauración de regímenes dictatoriales sustentados en la represión.
La tiranía honrada
Como lo establece Alain Rouquié en su esclarecedor ensayo sobre la contextualización y dimensiones de la aplicación del término para nuestra región: “Así, la dictadura en América Latina aparece, efectivamente, como el poder de un hombre que nada puede constreñir y que no está limitado en el tiempo. Duración y personalización de un régimen de excepción son sus dos componentes fundamentales”. Estos es que los rasgos distintivos son la existencia de un dictador y su permanencia dilatada a la cabeza de un aparato de gobierno.
De igual modo, diversas convulsiones sociales como las que fueron producto de la guerra de Independencia y de otras luchas posteriores, dieron lugar al avance popular de caudillos y hombres destacados. Estos personajes concentraron en sus personalidades el anhelo de la población para alcanzar paz y una vida ordenada con bases justas. Muchas de estas figuras se valieron de la situación para iniciar gobiernos despóticos. “Las dictaduras se presentan, entonces, como las autoras del orden, de la nacionalidad, de la prosperidad y, aún más, de una futura democracia”.
Las luchas crónicas por el poder y la inestabilidad de las naciones llevaron incluso a la expresión de posiciones exacerbadas, como la del periodista G. Cosmes derivada de su ideología, pero convalidada por muchos mexicanos cansados de casi 50 años de guerras políticas en su país. Ante la llegada al poder de Porfirio Díaz, Cosmes escribió: “Ya hemos realizado infinidad de derechos que no producen más que miseria y malestar a la sociedad. Ahora vamos a ensayar un poco de tiranía honrada, a ver qué efecto produce”.
Hubo también tratados que justificaron a los gobiernos dictatoriales, como el singular Cesarismo democrático del historiador venezolano Laureano Vallenilla Lanz. En esta “Biblia de las dictaduras” se argumentó a favor de un gendarme necesario para la ordenación y vigilancia de las naciones latinoamericanas, y que un dictador debería fungir como representante y árbitro de la soberanía popular. Democracia personificada y otras extravagancias se asentaron en sus páginas, como esta definición: “Cesarismo democrático; la igualdad bajo un jefe; el poder individual surgido por encima de una gran igualdad colectiva”.
Universalización del discurso
Los elementos aquí mencionados y muchos otros consustanciales a la historia latinoamericana serían fundidos por la narrativa, generándose una amplia galería de algunos de los dictadores más conspicuos.
Destacada significación han tenido estas ficciones, porque en sus páginas se hace una síntesis histórica y se integran nociones de la diversidad de los países del área. Varias obras fundamentales de la literatura hispanoamericana tienen esta filiación.
Junto con los libros de historia las novelas del dictador constituyen –sin perder de vista su esencia artística— la memoria de hechos lamentables del desenvolvimiento de los países latinoamericanos. Asimismo, son el testimonio literario que intenta explicar quiénes fueron y qué hicieron aquellos gobernantes para forjar un ejercicio moldeado por su voluntad.
Importante elemento universal de estos textos es la realidad social y política de los pueblos del área, ya que casi todos han sufrido la dura experiencia de un gobierno dictatorial. Esta situación ofrece a la literatura una trascendencia sobre regionalismos y localismos, ámbitos que necesariamente llevan elementos y circunstancias diferentes.
En la novela del dictador hay una “universalización del discurso” que permite plasmar, en el más amplio nivel, sucesos y acontecimientos particulares que sin embargo tienen vigencia global y correspondencia con cualquier realidad a la que pertenezcan sus lectores del continente. El pueblo protagonista es el latinoamericano y el personaje del tirano, por encima de su filiación específica, encaja con todos los gobernantes de esta estirpe de la galería de nuestros países. Por igual, las formas coloniales e imperiales tratadas pueden contextualizarse en todos los espacios de la división geopolítica.
*Pi Orozco, Luis Ernesto. El dictador latinoamericano en la narrativa. Biblioteca Mexiquense del Bicentenario. México, 2009, 256 p