Dos cartas de Céline a Mauriac

POR Alfredo C. Villeda

François Mauriac, una de las máximas plumas católicas del siglo XX, no era corto de sarcasmo. Apenas salía del tema religioso, su prosa zahería y muchas veces se ganaba enemistades entre la intelecualidad, lo que poco obstruyó su camino a la Academia Francesa, en 1933, y al Premio Nobel de Literatura en 1952. Un mal escritor, decía el autor de Historia de Jesús, puede llegar a ser un buen crítico por la misma razón que un pésimo vino también deviene a menudo buen vinagre.
  Este filo ponía a Mauriac de forma constante en la polémica en una época en la que abundaban los monstruos del arte en Francia, cuando París era el epicentro del pensamiento y las luces del siglo anterior aún refulgían ahí. En medio de esa fauna sagrada que oficiaba la misa de la intelecutalidad, que pontificaba la verdad de la literatura, de la pintura y aun de la fotografía, este escritor se atrevió a decirles que en América Latina existía un tal Jorge Luis Borges, que había escrito una monumental obra titulada Ficciones, mientras ellos seguían rumiando en los establos del naturalismo.
  Louis-Ferdinand Céline era, mientras tanto, su antítesis. Este otro gran escritor francés, a diferencia de Mauriac, fue condenado más de una vez por actividades de colaboracionismo con los nazis y su pensamiento sobre la religión está en calidad translúcida en una carta que han difundido en semanas recientes en Francia, a publicarse este mes en un libro sobre la correspondencia entre estos dos gigantes de las letras bajo el sello de La Pléiade, obra inédita, por supuesto, en español.
  La misiva, fechada el 14 enero de 1933, es la siguiente en la elemental versión del fusilero:
“Señor:
“Viene usted de tan lejos para tenderme la mano que habría que ser un salvaje para no emocionarse con su carta. Antes de nada le expreso mi gratitud y mi poca admiración por este testimonio de bondad y compasión espiritual.
“Nada, sin embargo, nos acerca, ni nada puede hacerlo; usted pertenece a otra especie, usted ve a otras personas, usted oye otras voces. Para mí, en cambio, Dios es sólo un truco para pensar mejor en uno mismo y no en los hombres, para desertar, en resumen, gloriosamente. “¡Ve cuán vulgar y de barro soy!
“He sido aplastado por la vida y quiero que lo sepan antes de reventar, el resto me vale madre; sólo tengo la ambición de una muerte poco dolorosa y lúcida, el resto es baladí.
“Con toda sinceridad,
“Destouches Céline.”
  Quince años después de esa misiva, desde una prisión danesa, un breve mensaje llega a las manos de Mauriac, cuando ya muchas veleidades propias de colosos literarios habían escrito páginas tras páginas:
“Canalla santurrón, condenado imbécil, hijo de corazón pernicioso.”
La prometida edición del libro que se titulará Lettres, este fin de año, en La Pléiade, pinta suculenta.