Gary Evans: el anticuario

POR José Luis Durán King

Gary Evans era el perfecto asesino. Tuvo que confesar el homicidio de ocho personas para que la policía resolviera varias desapariciones que tenía pendientes

A principios de 1977, en una de las innumerables ocasiones en las que estuvo en la cárcel por el delito de robo, Gary Evans trabó amistad con David Berkowitz, el único elemento preso de una sociedad de asesinos conocida como el “Hijo de Sam”. Ambos, acompañados, de otros dos internos, organizaron un grupo de levantamiento de pesas al interior de la correccional Clinton, del cual Evans era el mentor. Meses después de esta feliz convivencia, Berkowitz fue transferido a la correccional Sullivan. Nunca más Evans y Berkowitz volvieron a verse, terminando así la relación homosexual entre los dos internos. Sin embargo, la amistad continuó mediante un generoso intercambio epistolar.
Lo que Berkowitz ignoraba es que el amor de Evans no era sincero. Evans era un estafador y ladrón de gran monta, especialista en obras de arte y antigüedades, ya fueran pinturas, joyas, esculturas e incluso documentos. Precisamente, las cartas de Berkowitz –un homicida de renombre internacional que alguna vez dijo que sus actos criminales fueron dictados por los ladridos de un perro eran un manjar suculento para Evans, quien siempre tuvo en mente venderlas en el mercado de la memorabilia oscura que ha crecido a la par de los predadores pluralistas. Hasta la fecha, no está muy claro por qué Evans nunca comercializó las misivas que le enviaba periódicamente Berkowitz.
Fruto de suelo enfermo
Gary Charles Evans nació el 7 de octubre de 1954 en Troy, Nueva York. Fue hijo de Roy Evans y Flora Mae Lee, una pareja que castigaba a su hijo a la menor provocación y de manera brutal. En ese contexto, era un paso casi obligado que el progenitor violara a su hijo cuando éste tenía ocho años. En cuanto a la señora Mae, la mujer estaba mentalmente enferma y en varias ocasiones intentó suicidarse. Al divorciarse de Roy en 1968, comenzó una colección de cuatro maridos antes de encontrar el amor con una lesbiana. Gary Evans, testigo mudo de los vaivenes sentimentales de su madre, tenía 17 años.
Ya para entonces, Gary tenía un camino recorrido como individuo solitario que conseguía el alimento mediante el robo a los traficantes de drogas de la zona. Paulatinamente su existencia diaria se convirtió en un itinerario de entradas y salidas de reformatorios. A mediados de los años setenta conoció a dos jóvenes, Michael Falco y Timothy Rysedorph, con quienes trabó amistad. Los tres alquilaron un departamento y comenzaron a estudiar el tema de la joyería y las antigüedades. Para combatir el aburrimiento y satisfacer sus necesidades sexuales, Falco de vez en cuando llevaba al departamento algún animal para practicar la zoofilia.
Las horas de estudio de los jóvenes tenían un propósito específico: traficar con piezas robadas, lo que significaba conocer perfectamente no sólo la obra en cuestión, sino también su comercio en el mundo de los objetos robados y, por supuesto, el precio. Sin embargo, el robo y comercialización de piezas robadas tenía sus gajes: antes de ser aprehendido definitivamente, Evans visitó 15 veces la prisión por delitos relacionados con las joyas y las antigüedades.
Los amigos no son para siempre
La sociedad de Gary Evans y Michael Falco duró aproximadamente 15 años, periodo en que cometieron varios delitos y compartieron el botín. El 16 de febrero de 1985, después de robar un mercado de pulgas en East Greenbush, Falco desapareció de la vida pública. Evans dijo a sus conocidos que su compañero se había mudado a California. Lo cierto es un desacuerdo entre los socios se resolvió cuando Falco dormía: recibió varios disparos en la cabeza. Su cuerpo fue envuelto en una bolsa para dormir y arrojado en un pantano de Lake Worth, Florida, a donde los ladrones habían huido.
En 1988, Evans regresó a Troy, Nueva York, después de pasar tres años en la prisión por el robo de 12 mil dólares. Rápidamente se hizo de un nuevo socio, Damien Cuomo, con quien planeó el asalto de una joyería, cuyo propietario era Douglas J. Berry, de 63 años. El 8 de septiembre de ese año, Evans y Cuomo ingresaron a la joyería. No contaban con que Berry dormía en la parte posterior del local. Cuando el hombre se levantó a ver qué sucedía, fue recibido por varios disparos hechos por Gary Evans.
Cuatro meses después del asesinato de Berry, Damien Cuomo desapareció. Evans mantuvo una discreción imperturbable que no sólo convenció a la novia de que Cuomo se había marchado a otra ciudad sino que contribuyó a que él y la mujer iniciaran un amasiato de varios años.
La vida en común convenció a la mujer de que Evans era un tipo peligroso, por lo que decidió separarse de él en 1997. Asimismo, acudió a las autoridades a declarar que sospechaba que Evans tenía que ver con la desaparición de Damien Cuomo. La policía se puso en movimiento y logró detener al individuo el 27 de mayo de 1998. La acusación contra Evans era bastante endeble y los agentes no tenían muchas esperanzas de que el sospechoso declarara. Sin embargo, el 18 de junio, Evans decidió vaciar el saco y confesó el asesinato de Cuomo y de otras siete personas, lo que lo convirtió en un candidato ideal para morir ejecutado.
Cuando el 14 de agosto era trasladado del condado de Rensslaer a una corte de Albania, Evans logró romper un cristal del vehículo y saltar por la ventana. Cayó desde una altura de casi 60 metros en las orillas del río Hudson. Cuando su cuerpo fue rescatado, los agentes vieron que la llave de las esposas estaba clavada en la nariz de Evans, mientras que una navaja de afeitar estaba profundamente insertada en uno de sus muslos.

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