La inadaptada: el enigma Monroe

POR Laura Miller

Le asignaron diversos personajes: rubia tonta, ángel del sexo, niña perdida, diva autodestructiva. Por eso Blonde, la novela de Joyce Carol Oates, eligió el camino de un vertiginoso retrato que atrapa múltiples matices de un mito

“Siempre choco con el inconsciente de las personas”, dijo una vez Marilyn Monroe a un periodista, y ¿acaso no se oye incluso la forma jadeante, asombrada con que seguramente lo dijo, en ese tonito que usaba con frecuencia para hacer sus observaciones más inteligentes?
La Marilyn Monroe histórica se parece a una partícula subatómica, invisible al ojo y mensurable sólo por los efectos que tiene en los objetos que la rodean –en su caso— “el inconsciente de las personas”. Los personajes que le asignaron –rubia tonta, ángel del sexo, niña perdida, cordero inmolado, artista contrariada, diva autodestructiva— son todos ridículamente chatos e incapaces de conformar algo tridimensional. La idea misma de que era esencialmente una incógnita y de que conocerla era imposible porque los demás le imponían sus sueños o porque ella instintivamente los reflejaba, es un cliché, una tesis barata de biógrafo de segunda.
Joyce Carol Oates emprende el camino más audaz para comprender “el enigma, la maldición de Monroe” avanzando directa y francamente a la ficción. Su novela Blonde es grandiosa, caótica y feroz. Es en parte novela gótica, en parte una caleidoscópica novela de ideas, en parte panfleto sórdido sobre los famosos, y casi en ningún momento es menos que fascinante. El logro es digno de mención porque el impacto inmediato y visceral de la imagen de Monroe es un fenómeno tan cinematográfico que desafía la mente introspectiva y especulativa de la literatura.
Diosa en apuros
Las palabras inertes “una mujer bella” significan muy poco, mientras que la cara y el cuerpo de Marilyn, captados por la cámara, son una revelación de dulzura luminosa y disolvente. Por supuesto, una mujer real y evidentemente desdichada vivía dentro de esa maravillosa mezcla de carne y luz, y Oates se propone que Blonde describa la experiencia de esa mujer. Si una novela no puede transmitir la belleza de Monroe, esa fuerza que condicionó profundamente la forma en que se comportaron con ella, sí puede, mejor que cualquier filme, ofrecernos su mundo interior.
En su nota de autor, Oates reconoce que comprimió los numerosos amantes, las crisis de salud, los abortos, los intentos de suicidio y las actuaciones en la pantalla de Monroe y “muestra un grupo selecto y simbólico”. Dos de los primeros representantes de Monroe aparecen combinados en un solo hombre y los nombres de individuos como su primer marido y su masajista fueron cambiados. Oates también llevó los rumores de sus relaciones con Charles Chaplin Jr. y Edward G. Robinson Jr. a un ménage à trois duradero y significativo.
La leyenda más conocida de Monroe la retrata como una mujer inocente y frágil explotada y finalmente aplastada por Hollywood, fábula que ignora alegremente lo que Norman Mailer denominó “un pedigree puro de locura” por el lado materno. La madre, el abuelo y la abuela de Monroe murieron en instituciones mentales y tenía un tío que se había suicidado. Por el lado del padre, hay un vacío; la madre, Gladys, nunca reveló su identidad. Para Oates, la locura de la madre y la ausencia del padre moldearon a Marilyn para la infelicidad y el desastre, pero las depredaciones de los hombres completaron la tarea.
Locura paulatina
La parte más fuerte de Blonde describe la infancia y la juventud de Monroe en Los Ángeles, cuando llevaba el nombre de Norma Jean Baker. Si bien sus matrimonios con Joe DiMaggio y Arthur Miller tienen un carácter trascendente y perturbador, como si fueran actos a la vez íntimos y simbólicos (Oates se refiere a ellos simplemente como “el ex atleta” y “el dramaturgo”), también lo tiene en forma extraña su infancia. La Gladys de Oates es una ex actriz que luego revela películas para “el estudio” (la Gladys histórica cortaba negativos). Cuando Gladys sufre un colapso nervioso, Norma Jean es exiliada a un orfanato y finalmente su madre sustituta la empuja a un matrimonio prematuro que se desmorona cuando el marido, abrumado por la necesidad que ella le demuestra, se alista en la marina mercante durante la segunda guerra mundial. Un fotógrafo la “descubre” trabajando en una fábrica y comienza a trabajar como pin up, tratando de ingresar en el cine.
La descripción que hace Oates de las periferias comunes de Hollywood capta la laxitud siniestra que todavía subsiste en algunas partes de Los Ángeles; es como si la energía de la vida de todos los días hubiera sido absorbida para alimentar la vecina maquinaria de la ilusión. Norma Jean pasa gran parte de su infancia en un bungalow con los postigos cerrados donde Gladys está acostada en la cama sobre una colcha sucia, enloqueciendo paulatinamente, o en el auto de su madre, que la pasea despacio frente a las casas de las estrellas y la fascina con relatos sobre su padre, un misterioso potentado que un día irá a buscarlas a las dos.
Como joven esposa se pierde en “los placeres hipnóticos, repetitivos y rítmicos del trabajo de la casa” en un departamento soñoliento de Mission Hills. Cuando Norma Jean comienza a dar vueltas por las agencias de modelos de poca monta, Oates no necesita describir la serie de salas de espera sombrías donde el polvo se amontona sobre muebles cubiertos con fundas baratas.
Sudor bajo las axilas
La transpiración es una preocupación constante de esta novela y en su primer tercio la mayoría de los personajes aparecen por lo menos una vez con grandes manchas bajo las axilas. Manteniendo la tenue distinción que las separa de sus raíces obreras, para Gladys y Norma Jean estar siempre limpias y frescas resulta a menudo una cuestión difícil; Norma Jean huele la locura de su madre, en su “hedor rancio”. Sus propios periodos, dolorosos y abundantes, aumentan su miedo atormentado “a transpirar y pasar el desodorante un día caluroso y húmedo, el miedo a dar olor, el miedo a manchar un vestido”.
Oates ve a Monroe como una actriz emotiva e instintiva saboteada y torturada por el mundo de los hombres que codiciaban y a la vez despreciaban su cuerpo. Al toparse con una de sus fotos de almanaque, su padre sustituto siente “un deseo punzante y a la vez un profundo asco, como si hubiera mordido algo podrido”; este tipo de reacción confusa persigue a Norma Jean a lo largo de toda su vida. Aunque por momentos sensiblera y sentimental, Blonde es quizá, desde la ficción, el tratado más feroz que se ha escrito sobre el grotesco inhabitable de la feminidad. Nadie encarnó la feminidad mejor que Marilyn Monroe: fabricó un personaje que parecía existir sólo para el sexo y al mismo tiempo ser absolutamente indiferente a él, que poseía un erotismo pasivo y carente de deseo.
¿De qué otra manera complacer una sexualidad masculina que se odia a sí misma y exige que las hembras reciban y arrebaten ese odio como esposas obedientes que limpian después de una parranda violenta de su marido?
Para Oates, esta rapacidad masculina a sangre fría encuentra su punto culminante en dos figuras: John F. Kennedy, que seduce a Monroe y después la trata con desdén, y un agente estatal que parece sacado de una novela de Don DeLillo (y no particularmente convincente), conocido sólo como el Sharpshooter (el tirador certero) que la espía. Pero, dice Oates, aun los hombres que amaron a Monroe, como Miller, la martirizaron con una visión idealizada y por ende truncada del eterno femenino: Marilyn como fuente de simple dulzura en un paisaje envenenado, Marilyn como objeto de redención.
Viejos mitos del cine
Fascinada desde siempre por el erotismo del dominio y la sumisión, Oates hizo remontar este interés hasta el territorio del Gran Guiñol. Escribió novelas donde los personajes centrales estaban basados en el asesino serial Jeffrey Dahmer y la desafortunada moribunda Mary Jo Kopechne, con resultados que muchas veces resultaron histriónicos y metafóricamente sobrecargados.
Con Monroe, en cambio, Oates no puede ir demasiado lejos; su tema es de proporciones de cinemascope, un titán indiscutible de la imaginación mítica estadounidense, o sea que no puede ser ni demasiado vulgar ni demasiado grandiosa. Ese campo de acción que admite cierto kitsch auténticamente terrible (especialmente una metáfora continua referida a los arquetipos cinematográficos bautizados “Príncipe malvado” y “Bella princesa”) también le da la libertad de escribir este pasaje para describir el último filme de Monroe: Los inadaptados: “Tenía una integridad sólida. Los personajes parecían actores destruidos. Caras famosas pero al mismo tiempo no eran ellos. Mirando a Gay Langland, pensabas: ¿No fue una vez Clark Gable? Mirando al acróbata de rodeo golpeado Perce Howland, pensabas: ¡Dios mío! Antes era Montgomery Clift. Eran las personas que conocíamos cuando éramos chicos. Gay Langland era como un tío soltero; Roslyn Tabor, una amiga de tu madre, una divorciada en un pueblo chico… El acróbata de rodeo era un vago, de ojos tristes, flaco y con la cara arruinada. Lo veías al atardecer frente a la estación de autobús fumando y lanzándote miradas: ¡Hey, ¿me conoces?
Eran americanos comunes de los años 50 pero a la vez misteriosos, porque los conocíamos desde hacía mucho tiempo, cuando el mundo era misterioso y hasta tu propia cara, contemplada en un espejo, por ejemplo en la máquina expendedora de cigarrillos de aquella estación de autobús o en el espejo salpicado de agua sobre la pileta del baño, era un misterio que nunca sería resuelto.
Oates también describe Los inadaptados como la única oportunidad en que Monroe pudo expresar en su arte la bronca que podría haberla liberado. Pero incluso ese generoso retrato de Norma Jean resulta extrañamente parcial. Le falta en parte su bronca, sí; pero sobre todo le falta su voluntad. La dificultad de Monroe para tener un hijo fue consecuencia de hasta 12 abortos quizá. Su estrellato, por mucho que llegara a detestarlo, fue el producto de años de lucha decidida y luchó a brazo partido con el estudio por el dominio; tal vez su gran error fue creer que podía ganar el juego, pero de todos modos trató de ganarlo. Sin embargo, la Norma Jean de Oates no busca la cámara: es perseguida por ella. Ese primer fotógrafo “la persiguió por los fuselajes y no aceptaba un no por respuesta”. La licencia poética por la cual Oates utiliza un aborto para representar una docena convierte en una penosa desgracia lo que seguramente fue una política deliberada.
¿Es la autora la que no puede admitir la voluntad de Norma Jean o es la propia Norma Jean? La actriz ya ve su personalidad dividida –contiene a Norma Jean, a la “actriz rubia”, a “Marilyn” y a una lastimosa impostora llamada la Criada Mendiga. Tal vez Oates haya imaginado una presencia, invisible para Norma Jean, dirigiendo todo el conjunto.
¿Afecta la novela de Oates el hecho de que no quede claro si esta venda cubre sus ojos o los de su personaje? No terriblemente. Tanto la Norma Jean de Oates como la mítica Marilyn deben su capacidad para fascinar a su victimización. A veces, la potencia de los ídolos culturales radica en los fantasmas de las emociones exiliados por su simplicidad radical: el afeminado en John Wayne, el pobre tipo en James Dean y la parte de Marilyn Monroe dulce e indefensa que era, después de todo, la que comandaba su alma.
Tomado de: The New York Times. Abril 2, 2000.