Panóptico: el vouyerismo punitivo

POR Scout McLemee

Considerada en el siglo 18 por su diseñador, Jeremy Bentham, como una penitenciaría de alta tecnología, el Panóptico tendría la función de monitorear y controlar la conducta de los reclusos. Para el filósofo francés Michel Foucault, las ideas de Bentham fueron algo más que un episodio en la historia punitiva: representan los trastornos circulatorios de la sociedad moderna

Es una fórmula que reproducen algunos de los programas favoritos de la televisión: reúna a un grupo de extraños y grabe electrónicamente cada acción realizada, cada palabra emitida, cada conflicto, la intimidad, y después transmita el pietaje para una audiencia hambrienta de imágenes. Desde The Real World de MTV hasta Survivor y el Big Brother (así como las películas The Truman Show y Ed TV), la frontera que separa la experiencia privada de la identidad pública se evapora frente a tus ojos. Las relaciones humanas son vistas como un deporte de gladiadores. Y nos gusta mirar…
Aunque ese patrón de lo barato, que se ha convertido solamente en programación de la industria del entretenimiento, un hilo puede ser trazado hasta finales del siglo 18, cuando un filósofo británico concibió algo similar a la casa de vidrio del Gran Hermano: la concepción de Jeremy Bentham, que fue utilizada no para el entretenimiento sino como forma de castigo y de control social. Una mirada atenta a las ideas de Bentham contribuye a iluminar algunas de las dinámicas más profundas en uso en un itinerario de 200 años que abarca desde la casa de prisión de vigilancia hasta la casa de la risa del vouyerismo.
Conducta controlada
Durante décadas, Bentham (1748-1832) estuvo obsesionado con el Panóptico (del griego pan, que significa “todo”, y optikos, que significa “de o para ver”). Originalmente concibió su innovación arquitectónica como una penitenciaría de alta tecnología (para el siglo 18), un edificio en el que sus ocupantes podrían estar bajo vigilancia constante, su conducta monitoreada y controlada. El diseño de Bentham fue olvidado durante mucho tiempo, hasta que el teórico social francés Michel Foucault (1926-1984) lo abordó en su influyente obra Vigilar y castigar. El nacimiento de la prisión (1974). Para Foucault, el Panóptico fue algo más que un episodio en la historia punitiva; Bentham, consideraba el filósofo francés, delineó la cianotipia de la sociedad moderna.
En una serie de cartas que comienza en 1787, Jeremy Bentham ofrece un recuento extremadamente preciso de lo que tenía en mente. “La edificación –escribía– es circular. Los apartamentos de los prisioneros ocupan la circunferencia. Puedes llamarlas, si así lo deseas, celdas. Estas celdas están divididas unas de otras, y los prisioneros, para recluirlos y aislarlos de toda comunicación, por particiones… El apartamento del inspector ocupa el centro; puedes llamar a éste, si así lo deseas, la casa del celador”. Las celdas estarían iluminadas noche y día, y así un guardia, sentado en el centro de la edificación, podría monitorear un piso completo con un mínimo de esfuerzo. Al mismo tiempo, las ventanas de la casa del celador estarían diseñadas de tal forma que no pudiera verse el interior desde el exterior.
Después de ser castigado por transgredir cualquier ley, el prisionero aprendería a asumir que estaba siendo observado en todo momento. El diseño también incluía una especie de intercomunicador: tuberías delgadas corrían de la casa del celador hasta cada una de las celdas. Mientras realizaban su trabajo forzado, los prisioneros podían recibir instrucciones desde el centro de control.
Más adelante, el filósofo Michel Foucault denominó al Panóptico “una caja ingeniosa y cruel”. Pese a todo, el Panóptico significó una sustitución de los hoyos infernales húmedos, oscuros y sobrepoblados de la época de Bentham. El siglo 18 se distinguió por la gran aflicción de sus condiciones penitenciarias. Sin embargo, las razones humanitarias no deben contemplarse en la promoción apasionada que Bentham hizo de su Panóptico. El filósofo pasó años –y gastó grandes sumas de dinero– intentando que su proyecto fuera aprobado por el gobierno de Su Majestad George III.
La física de las fuerzas sociales
De joven, Bentham dio tumbos en los estudios. Ni la literatura ni la filosofía le interesaron lo suficiente. Tuvo una experiencia breve como practicante en labores judiciales, aunque pronto esa labor también lo aburrió. Se convenció de que la abogacía –al igual que toda la sociedad británica– era una sórdida mezcolanza de anacronismos, ineficiencias y peculados. No halló evidencias racionales en la base de los conceptos legales. El único principio coherente parecía ser la preservación del status quo. Sólo reformando ésta y aquella ley –pensaba Bentham– sería posible colocar una vendaje fresco en una extremidad gangrenada.
Apoyado por su padre –un abogado próspero y orgulloso del intelecto de Jeremy–, Bentham decidió estudiar leyes. Para organizar el estado de las cosas bajo líneas más progresistas sería necesario repensar los principios básicos de la ley y la moral. Las instituciones deberían ser reconstruidas, pero sólo si los ingenieros comprendían la física de las fuerzas sociales. (Como muchos otros pensadores de la Ilustración, Bentham obtuvo su audacia del gran ejemplo de Isaac Newton, quien fue capaz de expresar la estructura del cosmos con fórmulas del movimiento elegantes y precisas). En uno de sus ensayos –así como en incontables páginas de apuntes y memoranda que apilaba en derredor suyo– Bentham construyó laboriosamente un discurso legal de principios básicos, al que denominó “de utilidad”. Y para determinar la utilidad trabajó en lo que llamó los “cálculos bienaventurados”.
En resumen: una ley o institución podía ser considerada justa si ésta probaba ser útil en la búsqueda de la felicidad. ¿Pero qué era la felicidad? Como individuos somos felices cuando podemos maximizar el placer y minimizar el dolor. A partir de esto, el mejor arreglo social provee “una gran felicidad a la mayor cantidad de personas”, creando tanta satisfacción como sea posible e impartiendo sufrimiento sólo cuando sea absolutamente necesario. Con esos cálculos bienaventurados, Benthan ingresó a la política social.
Después de dos siglos, esas ideas difícilmente pueden parecer originales. Pero en la elaboración de su argumento, Bentham manufacturó dos nuevos términos: “maximizar” y “minimizar”. (Otros conceptos que acuñó incluyen “internacional” y “codificar”). En esa época apenas si un círculo limitado de admiradores utilizó esta nueva jerga bizarra. Bentham finalmente hizo a un lado sus tratados y memorandas y se dedicó a trabajar con esmero en los fundamentos que las generaciones futuras podrían utilizar para reformar a la sociedad.
El destino del Panóptico
Pero con el Panóptico, Bentham sintió que había descubierto una innovación que debía utilizarse correctamente. Tradicionalmente, el castigo era entendido como una retribución para el crimen. La teoría utilitaria demostraba que la venganza socializada sólo se añadía a la suma total de la pena. El castigo sólo podía ser justificado en la medida en que servía para disuadir las conductas criminales, para mejorar el carácter moral del criminal, y/o para extraer algunos valores de del arrepentimiento oculto del perpetrador. El Panóptico, “un molino afilado para extraer la honestidad de los granujas”, como lo denominaba Bentham, debía incorporar las tres características mencionadas líneas arriba.
La última señal de interés por el Panóptico durante la vida de Bentham provino con la publicación del artículo de James Mill Prisons and Prison Reform (1823) en la Encyclopaedia Britannica. (Como discípulo de Bentham, Mill es actualmente mejor recordado por ser padre de John Stuart). A finales de la década de los 1820, los escritos de Mill para la Britannica fueron ensamblados en un libro que, por un tiempo, se convirtió en lectura obligada en algunos círculos de estudio integrados por apasionados jóvenes intelectuales con mentes reformistas. El Panóptico de Bentham fue una noción radical cuya época estaba apenas por venir.
Y después… el olvido. Algunas prisiones se construyeron incorporando elementos del proyecto de Bentham. Pero cuando los criminales fueron expuestos al régimen de la vigilancia continua no se consideró necesario perfeccionar su conducta. Las terribles ideas de avanzada de principios del siglo 19 parecieron, en mus pocos años, simples panaceas de un pensador que redujo la complejidad social a un crudo concepto psicológico.
Para la segunda mitad del siglo 20, en la que el proyecto del Panóptico fue sacado a la luz del día, se consideró que el concepto de prisión debía contemplarse menos como diseño institucional que como una metáfora social. Fue rescatado de los almacenes de la historia por Michel Foucault, cuyas teorías radicales acerca de la construcción de las “ciencias humanas” y sus entrelazamientos con las relaciones de poder y las instituciones sociales han hecho de él uno de los pensadores más influyentes de las últimas décadas.
Empezando con los estudios históricos de manicomios (Locura y civilización) y de la medicina moderna (El nacimiento de la clínica), Foucault cartografió las formas en que las instituciones modernas y los discursos profesionales comparten distinciones –salud y enfermedad, normal y anormal, sano e insano–, que se convierten en la base de las políticas sociales contra aquellos que se desvían de la “norma” (la cual se determina no por la naturaleza sino por la nueva clase de expertos) para ser “encerrados”. Para el momento en que publica Vigilar y castigar, Foucault llevaba investigando algunos años en las condiciones internas del sistema penal francés. Al explorar la historia primitiva de las prisiones tropezó continuamente con la mención del Panóptico. Preparó la publicación de las cartas originales de Bentham de 1787 en una edición francesa, al tiempo que mantuvo vivo el interés por su significado histórico y filosófico.
Una jaula cruel e ingeniosa
Si Bentham diseñó su prisión desde la perspectiva del guardia, Foucault estudió el plan desde el punto de vista del encarcelado. El ocupante de una celda en el Panóptico, Foucault escribió, “es visto, pero él no ve; él es el objeto de la información, nunca un sujeto en la comunicación… La multitud, una masa compacta, una posición de cambios múltiples, donde las individualidades emergen juntas… De aquí el mayor efecto del Panóptico: inducir en el prisionero un estado de conciencia y visibilidad permanente que asegure el funcionamiento automático del poder”.
Foucault consideró que todo esto era de suma importancia, ya que Bentham había creado algo más que un sistema penitenciario. Doscientos años antes de los estudios de Foucault, Bentham criticó las instituciones que fracasaron para satisfacer los criterios de “utilidad” y deseaba remplazarlos con máquinas sociales eficientes que generarían felicidad, como el Panóptico. (Bentham creía que su diseño podía, con algunas modificaciones, servir como modelo para escuelas, fábricas, hospitales, etcétera). Pero, como Foucault lo entendió, el Panóptico ofrecía no un arquetipo para el cambio sino un prototipo que funcionaría a la perfección. La gente del mundo moderno sucumbiría bajo el peso de varias “cargas de inspección”: las ciencias sociales, los establishment médicos y psiquiátricos, y las agencias gubernamentales que convierten a la población en individuos atomizados.
El argumento con que esas instituciones contribuirían a la suma total de la felicidad humana sería, en la perspectiva de Foucault, algo más que una coartada. Ejercerían poder, mantendrían el poder, proliferarían. La noción de la “sociedad panóptica” es algo incuestionablemente aterrador, incluso paranoico: los ciudadanos constantemente vigilados por un ojo invisible, haciéndolos prisioneros en el Gulag de la modernidad. Foucault reconoció algo aún más inquietante y crucial en el diseño del Panóptico: en el proyecto de Bentham, el sistema podría operar incluso sin que nadie estuviera vigilando en la torre, el poder de los guardias radicaba en su invisibilidad.
Con lo que Bentham no contó fue con un arreglo en el que todos estuvieran (o podían estar) tanto en las torres como en las celdas al mismo tiempo. Esto es lo que el mundo empieza a atestiguar actualmente con las cámaras digitales, los monitores de vigilancia, las tecnologías en línea de rastreo, los números de identificación personal (y quién sabe qué más) por todos lados. Incluso Foucault se habría sorprendido al hallar que la sociedad panóptica es reproducida (en miniatura) como entretenimiento televisivo. Y Bentham ciertamente nunca esperó que su innovación arquitectónica se transformara en un parque de diversiones.
¿O sí? En el diseño del Panóptico, Bentham notó que podía haber un espacio vacío entre el área del inspector y las celdas de los prisioneros. “Pueden llamarlo, si ustedes gustan, el área intermedia o anular”, escribió. “¿Qué haremos, entonces, con esa vacuidad?”, se preguntaría en un ensayo ulterior.
La respuesta fue sencilla: “Llénalo con compañía”, apuntó, “si la compañía puede ser inducida a venir”. La admisión puede ser controlada. Y eso podría ser otra utilidad del Panóptico. El proyecto de vender localidades “vinculará el manejo y la observancia de cada regla, lo que puede contribuir a mantener el establishment en un estado de cercanía y limpieza ejemplares, mientras los beneficios contribuirían a paliar los gastos y los problemas de la prisión”.
Tomado de: Lingua Franca.
Traducción: José Luis Durán King.