“Pobre señor Presidente”

POR Alfredo C. Villeda

Durante treinta ininterrumpidos segundos había estado acodado sobre el escritorio, palpando su cabeza, preocupado. Antes, por la mañana, durante dos horas habló, con intensidad, a unos cuarenta colaboradores. Pero no sólo les había hablado. En dos de esos intercambios, por lo menos, decidió, privilegió, delegó, eligió y ofreció una opinión que iba a ser interpretada de forma inevitable como orden. Pero al final de este ejercicio de autoridad, se sentía infinitamente diluido: era sólo la suma de toda la gente que lo había escuchado, pero cuando estaba solo, ya no era nada… pese a ser conocido como un hombre sin límites, de mecha corta, terminaba por ser uno que ya no existe. Alone in his loneliness.
Aunque se parezca mucho a alguien que el insopechado lector conoce, nadie se confunda. El hombre arriba pintarrejado con la silvestre traducción fusilera se llama Vernon Halliday. Es el editor en jefe del periódico The Judge y es un personaje creado por el gran Ian McEwan en su novela Amsterdam (editorial Vintage). Sólo sucede que en una soledad harto similar suele hallarse ahora aquel a quien el empresario Lorenzo Servitje, jefe del Grupo Bimbo, llamó “pobre señor Presidente” apenas el pasado 13 de febrero, cuando no sólo usó ese tono despreciativo con Felipe Calderón, sino que habló de “los colados vividores” del PAN, de los “bueyes (partidos) con que nos toca arar”, del “analfabetismo económico” de Luis Echeverría, de “la frivolidad” de José López Portillo, de los “parches” de Miguel de la Madrid y Ernesto Zedillo a los yerros de sus antecesores y de los traspiés de Carlos Salinas. Sobre Vicente Fox de plano se abstuvo.
El “pobre señor Presidente”, recordará el extraviado lector que se haya topado con Fusilerías hace dos semanas, rindió ya la plaza. Esta semana se esmeró en dejar claro que él quiere colgarse la medallita del aumento de impuestos sin importarle costos políticos y otras veleidades, y como Vernon Halliday en la novela de McEwan, dio instrucciones a sus colaboradores, autorizó a sus bancadas asumir lo que venga y dio una opinión a los empresarios. Pero a diferencia del personaje literario, la frase de Calderón no fue interpretada como una orden tácita por la cúpula de la iniciativa privada, que desafió al Poder Ejecutivo al grado de impugnar su discurso y, un día después, precisar que el gobernante está “malinformado”, según la transparente frase de Valentín Díez Morodo, líder del Consejo Mexicano de Comercio Exterior.
Los senadores del PAN tampoco se dieron por aludidos y, pese al discurso público calderonista de asumir costos, ellos se amotinaron y por 24 horas generaron la explícita idea de que dejaban solo al “pobre señor Presidente”, quien debió echar mano de su secretario de Gobernación, Fernando Gómez Mont, para sofocar la rebelión en la granja. En la otra granja, la suya, no la de los Tigres del Norte, que mientras priistas y panistas se repartían en pequeñas porciones la infamia fiscal, eran censurados por el Auditorio Nacional. Como si algo le faltara al hombre de Bucareli, que pronto debió atender también ese asunto y enviar un deslinde. Apenas había enviado su boletín cuando la trama se complicó, porque, the very same day, Jeffrey Max Jones, subsecretario de la Sagarpa, lanzó su personal apología del narco sin corrido de por medio, que ya le costó la chamba. “Bien decía Servitje que con estos hay que arar”, pensarán en Los Pinos.
Mientras sigue acodado en su escritorio, Felipe Calderón, no Vernon Halliday, durante otros treinta ininterrumpidos segundos, luego de sofocar la rebelión en su granja, de apechugar los reproches empresariales y de capotear las erupciones de Manlio Fabio Beltrones y Francisco Labastida, Calderón cae en la cuenta de que acaba de citar a pie juntillas a Andrés Manuel López Obrador. No parafrasear o mal citar, como le pasó con Mario Benedetti y Ricardo Arjona, sino citar textualmente a su principal detractor… lo que no le impidió, empero, ir el viernes a Miami a recoger su premio como ¡líder del año!
En medio de la caída libre del “pobre señor Presidente”, el fusilero alcanza a escuchar entre la multitud escandalizada: “¿El Diablo viste de Prada? ¡Horror! ¡Dios nos agarre confesados!” Y de fondo aquella rolita de Toto: Wild dogs cry out in the night.

1 thought on ““Pobre señor Presidente”

  1. Gran post que se podría leer mucho mejor si modificaran el color y el tamaño de la tipografía. Saludos a sus creadores.

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