Richard Francis Cottingham: caníbal de cuello blanco

POR José Luis Durán King

Nadie sospechaba que el burócrata respetable detrás de una computadora, padre de tres hijos, fuera un mutilador de prostitutas

El 2 de diciembre de 1979, el joven Peter Vronsky llegó a Nueva York, como lo hacía cada 15 días desde que trabajaba como asistente de una productora de películas en Toronto. Su tarea en la urbe de hierro consistía en supervisar el proceso de laboratorio de los filmes en una empresa localizada cerca de Times Square. Vronsky volaba a Nueva York por la mañana, dedicaba el resto del día a revisar los filmes, terminaba por la noche, se hospedada en algún hotel y, a la mañana siguiente, regresaba a Toronto. Por la brevedad de sus estancias, rentaba habitaciones en hoteles de cinco estrellas. Sin embargo, en una ocasión una falla técnica en el laboratorio lo obligó a permanecer una semana en la populosa ciudad estadunidense, por lo que tuvo que alquilar una habitación barata en un “indescriptible hotel de medio pelo en la calle West 42nd, a dos cuadras del río Hudson”. La clientela habitual estaba compuesta en su mayoría por ladrones de poca monta, adictos y prostitutas, la polilla social que se arremolinaba en los anuncios luminosos de las tiendas, cines y espectáculos porno.
En un día de esa semana, después de mediodía aproximadamente, Vronsky llegó al hotel y esperó, lo que le pareció demasiado tiempo, el elevador. Finalmente las puertas se abrieron y, antes de entrar al cubo, un hombre casi pasó encima de él; el individuo tenía una expresión “como de zombie, de treinta y tantos años, con un peculiar corte de cabello y vestido como oficinista”. Sin pedir permiso, el sujeto todavía alcanzó a golpear con una maleta accidentalmente la pierna de Vronsky. Éste no dio mucha importancia al incidente y subió por el elevador.
Antes de llegar al piso solicitado, Vronsky percibió un olor a quemado. En cuanto el aroma se intensificó, el inquilino se percató que algún lugar del hotel estaba en llamas. Era una habitación la que ardía. Cuando llegaron los bomberos, uno de ellos alcanzó a jalar a una mujer que estaba en la cama del cuarto en combustión. Al percatarse que la mujer no se movía, entre la nube de humo el oficial quiso aplicar el método de la respiración artificial. La sorpresa del bombero fue remplazada por el horror: la mujer no tenía cabeza ni manos. Al rescatar el cuerpo de otra mujer en la misma habitación, las condiciones de ésta eran las mismas: estaba brutalmente mutilado.
No siempre se tiene la suerte de toparse de frente con un asesino serial, es como compartir el asiento del Metro con un hombre lobo. Peter Vronsky la tuvo, y la anécdota la narra en su libro Serial Killers. The Method and Madness of Monsters. El homicida en cuestión, el hombre que en su maleta guardaba el producto de su cosecha de una tarde de sexo y sangre, era Richard Francis Cottingham, un monstruo invisible, un don nadie como muchos de nosotros, de 34 años, padre de tres hijos, recientemente separado de su esposa –quien lo acusaba de ser homosexual de clóset—, visitante asiduo de prostíbulos, un individuo aparentemente respetable que trabajaba operando una computadora en una compañía de seguros, donde lo consideraban un empleado confiable y de gran capacidad. Su horario era de 3 de la tarde a 11 de la noche, por lo que sus asesinatos, que fueron seis mujeres, los cometió por las mañanas o durante los fines de semana.
La muerte viaja de prisa
La actividad de Richard Francis Cottingham fue frenética. Es cierto, su primera víctima fue Maryann Carr, una radióloga a la que secuestró en diciembre de 1977 y que fue encontrada muerta en el motel Qualitty Inn de Hasbrouck Heights, Nueva Jersey. Dos años después, a partir del 2 de diciembre de 1979 y hasta mayo de 1980, Cottingham cometió cinco homicidios más, todos en un ritual de mutilación y algunos de canibalismo.
En lo que respecta a las víctimas rescatadas en el incendio del hotel de la West 42nd, la policía nunca halló las extremidades perdidas. Pese a eso se logró identificar que una de las mujeres era Deedah Godzar, nativa de Kuwait, de 23 años y madre de un niño de cuatro meses. La identidad de la otra víctima hasta la fecha es desconocida.
El 4 de mayo de 1980, el cadáver de la prostituta adolescente Helen Sikes fue encontrado en un paraje. La cabeza de la mujer apenas era retenida por un filamento de su cuerpo. Las piernas fueron rescatadas como a 200 metros de distancia; en lo que era una especie de broma macabra, estaban colocadas como si Helen estuviera reposando en una cama.
El cuerpo de la prostituta Shelley Dudley fue encontrado el 5 de mayo de 1980 en una habitación de motel. Había muerto a causa de la golpiza que le propinó su agresor. Las huellas de mordeduras y la ausencia de los pezones eran indicios evidentes de que el asesino había practicado el canibalismo. Diez días después, agentes de la policía acudieron a un hotel céntrico cercano a Times Square. Ahí estaba el cadáver de la prostituta Marie Ann Jean Reyner, quien murió a causa de las diversas heridas que su agresor le propinó con un instrumento punzocortante. Los senos de la mujer fueron mutilados y el asesino incendió la habitación.
El 22 de mayo, el gerente de un hotel de mala muerte, preocupado por los gritos de una mujer en el interior de una de las habitaciones, llamó a la policía; las autoridades llegaron en el momento en que Cottingham pretendía escapar. La mujer había sido brutalmente violada y sodomizada. Sus senos mostraban huellas de mordeduras.
Richard Francis Cottingham fue sentenciado a prisión de por vida, sin posibilidad de obtener su libertad bajo palabra.