Ajenjo: la droga victoriana por antonomasia está de regreso

POR Opera Mundi

Ajenjo… la sola mención de esa palabra conjura la imagen de los brumosos salones parisinos, de escritores y artistas reunidos para sorber el popular licor verde en un homenaje decadente a sus respectivas musas. En un rincón bien podría estar Baudelaire persiguiendo su propia sentencia “Estar borracho siempre”. No muy lejos de ahí está Verlaine, ebrio, garabateando furiosamente y, flotando cerca de la puerta, se ve la figura condenada, fantasmal, de Rimbaud, con su brillante carrera poética sofocada por el ajenjo antes de cumplir los 20 años.

Oscar Wilde fue un cliente regular en la imaginaria heure verte, la hora verde, como se conocía a las sesiones de compartir ajenjo en los cafés de fin de siècle de París, práctica compartida por Maupassant, Tolouse-Lautrec, Van Gogh, Gide y muchos más.
Ilegal en Francia desde 1915, el aura del ajenjo persiste hoy día representando ese peculiar encuentro entre la degeneración y el genio artístico. Muchos escritores y artistas creían que los efectos de la bebida eran directamente responsables de su inspiración.
Por todo ese tipo de virtudes que se le asocian, el ajenjo (en realidad, una infusión de alcohol y ajenjo), así como otros gentiles intoxicantes victorianos como el opio y el láudano, han experimentado dese hace ya casi 20 años un lento aunque perceptible retorno a los salones bohemios de Estados Unidos, sobre todo en la costa oeste, la zona más avant-garde de ese país.
En agosto de 1994, la revista Newsweek registró que “en los desvanes y las buhardillas del Pacífico noroeste, los artistas, en busca de inspiración, están desempolvando las drogas que sus antepasados hicieron famosas”.
De acuerdo con las autoridades antidrogas de Estados Unidos, existe un creciente mercado subterráneo de capullos de opio altamente adictivos. Algunos consumidores se inclinan por la modalidad del té, otros prefieren la tintura de la droga, mezclada con alcohol y azafrán, es decir, lo que los victorianos llamaron láudano. El ajenjo, cultivado en casa o importado de Portugal, donde su manufactura es considerada legal, nuevamente se ha visto favorecido por quienes creen que sus efectos son capaces de contribuir al estímulo de la imaginación.
El ajenjo es una mezcla de alcohol, ajenjo y otros extractos de plantas como el hinojo, el bálsamo de limón o el anís. Cuando se mezcla con agua y azúcar adquiere un color verde amarillo opalino y tiene un distintivo: sabor amargo anisado.
Desde la agonía del siglo pasado, el mundo fue envuelto por una nostalgia en torno a los elementos victorianos, la cual prevalece. La moda registró, sobre todo en el último decenio de los noventa, una tendencia hacia el corsé de encaje y talle completo, así como por las botas largas de combate, ahora conocidas con el nombre de grunge victoriano. Corresponden a ese mismo periodo las novelas neovictorianas como The Alienist de Caleb Carr y The Waterworks de E.L. Doctorow, que fueron un éxito rotundo en ese lapso.
Los devotos a las drogas retro –como son conocidos los intoxicantes victorianos ahora redescubiertos— argumentan que, contrariamente al crack o la heroína, los consumidores de los estimulantes vintage se mantienen al margen de la vasta, mortal e ilegal industria de los estupefacientes en la Unión Americana. Las retro son producidas y vendidas entre pequeños grupos, mientras que las fiestas de opio o ajenjo son relajadas, encuentros cerebrales en los cuales los participantes están más cerca de componer un poema que de empuñar un cuerno de chivo.
Confort para el corazón y el cerebro
Las drogas derivadas del opio han tenido desde siempre el apoyo de entusiastas consumidores. Por ejemplo, el ajenjo es citado por Plinio, lo mismo como tratamiento contra las lombrices intestinales que como “un confort para el corazón y el cerebro”. En 1797, Henri Dubied , un capitán del ejército francés, inventó la bebida de ajenjo en un intento por curar su indigestión, notando que, mientras su digestión iba de mal en peor, su potencia sexual se incrementó considerablemente. Su yerno, Henri Louis Pernod, se hizo astutamente de la receta y ahora es recordado por haber fabricado de manera masiva las peores crudas de que se tenga memoria en los anales de la historia francesa.
El poeta inglés Ernest Dowson también subrayó los afrodisiacos efectos: “El ajenjo convierte al inocente en cariñoso”. Aunque también hay que apuntar que el ajenjo se utilizaba para ahuyentar los mosquitos, siempre y cuando se frotara un poco del vacilador líquido detrás de los oídos.
Los primeros doctores estadounidenses consideraron al opio una “medicina propia de dioses”, mientras que escritores como Thomas De Quincey y Samuel Taylor Coleridge hallaron inspiración y alivio en los capullos de la amapola. “Dadme de prisa las llaves del paraíso”, escribió De Quincey. A Wilkie Collins, por su parte, se le hacía tarde por llegar hasta su matraz plateado lleno de láudano, el cual servía para mitigar sus dolencias de artritis, aunque también para alcanzar los efectos alucinatorios que su escritura exigía.
Pero, independientemente de las connotaciones literarias y románticas, tanto doctores como adictos han descubierto que dichas drogas son excepcionalmente peligrosas y en ocasiones letales. Y el que estos estimulantes sean tradicionales no significa necesariamente que hayan dejado de ser ilegales. Bajo las leyes de Estados Unidos cualquiera que se encuentre en posesión de ajenjo, opio o láudano está cometiendo un delito.
Fue a principios de 1708 cuando el alquimista Johan Lindestolophe concluyó de sus experiencia que la Artemistia absinthium causaba “un gran daño al sistema nervioso”. Los soldados franceses instalados en África del Norte popularizaron el ajenjo a mediados del siglo 19 como un remedio contra la fiebre y como una vía placentera de olvidar el clima extremoso de Argelia.
Para la época en que Manet y Degas plasmaron los efectos del ajenjo en sus óleos, la bebida ya había abierto su propio expediente de enfermedades, el “absentismo”, cuyos síntomas incluían alucinaciones, convulsiones, alumbramientos, psicosis, criminalidad y daños cerebrales irreversibles. Para 1913, tanto hombres como mujeres franceses habían consumido la asombrosa cantidad de 10 millones de galones de ajenjo por año.
Dos años después el ajenjo fue prohibido, no antes de que Vincent Van Gogh se suicidara, probablemente abatido por los efectos alucinatorios del hada verde y de que otros mil consumidores hayan escrito su propia historia que, aunque anónima, gira en torno del universo de los paraísos artificiales. La receta sobrevive, sin la base real de ajenjo, en aperitivos como el Pernod y el Ricard.
Así, al mismo tiempo que los neovictorianos de nuestro fin de siglo buscan la inspiración a través de un borroso frasco de ajenjo o que preparan un té de opio mientras encienden la computadora o se disponen a escuchar una de las grandes obras maestras, quizá tengan tiempo de leer (si todavía pueden) las palabras de Leslie Stephen: “Leer la historia de Coleridge sin opio es como contar la historia de Hamlet sin el fantasma”.