Asesinas seriales del siglo 17 inglés

POR Bernard Capp

Antes de los brujos sesenteros Ian Brady y Mira Hindley, y de El Destripador de Yorkshire, hubo casos que despertaron la misma preocupación que hoy sentimos ante los alcances de depravación humana. El siglo 17 inglés fue un terreno pródigo para las flores malignas, con sucesos que nada piden, en crueldad, a los que hoy alimenta al ogro mediático

En un nivel, la convicción de Rosemary West ha trazado una línea bajo la historia inexorable de vida y muerte en la calle Cromwell, en Gloucester. En el otro, el tema permanece abierto de par en par. ¿Cómo, nos preguntamos, puede la gente aparentemente ordinaria cometer tales hechos? ¿Existen, en verdad, los asesinos por naturaleza, o buscamos respuestas en los términos de la alienación social de finales del siglo 20? Seguramente, sentimos, tales cosas nunca pudieron suceder en otros tiempos.
Pero, por supuesto, sucedieron. La naturaleza humana cambia lentamente y podemos encontrar casos de alguna forma paralelos en épocas remotas como el siglo 17, y sin duda más allá. Por una coincidencia extraordinaria, destaca otra pareja de Gloucester que estaba al frente de una pensión barata. El posadero sangriento (1675) describió cómo los restos de siete hombres y mujeres fueron exhumados en el patio trasero de una cervecería en Pultoe, cerca de Gloucester. Era un lugar aislado y sólo unos cuantas personas pasaban ahí la noche, sobre todo comerciantes viajeros. Sin embargo, el negocio prosperó y, después de unos años, la pareja respetable, un viejo soldado cromwelliano y su esposa escocesa, pudieron mudarse a una casa más grande, también en Gloucester. Sólo que en la antigua casona los secretos emergieron. Un herrero ocupó el antiguo local y, al escarbar en el terreno para colocar hornos, tropezó con siete cuerpos, aún vestidos y en etapas diferentes de descomposición. Una de las víctimas tenía un cuchillo oxidado clavado en el pecho. El panfleto con el caso fue escrito antes de que la pareja fuera a juicio y las consecuencias de éste se desconocen. Pero el posadero sangriento y su esposa no fue el único caso.
Las ventajas del veneno
Los asesinatos múltiples y los seriales probablemente no fueron raros en el siglo 17 inglés, aunque la mayoría de los homicidios fueron, desde luego, mucho menos sensacionales. Como ahora, la mayoría se originó por tensiones domésticas y en peleas en cervecerías y tabernas. Los asesinatos deliberados, premeditados, eran raros y los asesinatos masivos es probable que no hayan sido detectados. Las sospechas crecieron rápidamente en 1619, cuando cinco internos del Hospital Bablake, en Coventry, fallecieron repentinamente y otros tres cayeron gravemente enfermos. Se comprobó que todos fueron envenenados con raticida. Con ocho víctimas en un pequeño asilo para ancianos, el dedo de la sospecha pronto apuntó a otro huésped, un tal John Johnson, quien no sufrió los efectos del raticida. Sólo que Johnson murió súbitamente poco después de ser señalado, pero los rumores continuaron. Su cuerpo fue exhumado y examinado, vuelto a enterrar, nuevamente exhumado y, en esa ocasión, abierto, revelando que murió envenenado, administrándose él mismo el veneno. Por tratarse de un suicida fue enterrado en un camino, con una estaca atravesándole el cuerpo, como marcaba la ley. El motivo de los asesinatos de Johnson, se concluyó, fue que deseaba ser el director del asilo.
Un caso aún más espantoso fue descubierto en 1671. Thomas Lancaster de Hawkshead, cerca de Windermere, asesinó a su esposa, padre, tres hermanas, tía, un primo y un criado joven, todos con arsénico. Para desviar la atención, envenenó a unos vecinos también. Fue, como un magistrado declaró, “el acto más horrendo ocurrido en el país”. El motivo fue la avaricia. Como parte de la dote matrimonial, el suegro de Lancaster decidió distribuir algunos pagos en efectivo a los miembros de la familia. En un golpe, le fueron eliminadas sus obligaciones financieras a Lancaster. La tía fue incluida por una cantidad de 24 libras. Lancaster fue condenado en abril de 1672 y colgado con cadenas, con la orden de que el cuerpo permaneciera a la intemperie hasta que se pudriera en el patíbulo.
El asesinato en escalas épicas era difícil que pasara desapercibido. Un asesino más sutil, sin embargo, sabía que el veneno ofrecía una posibilidad razonable de que la jugada sucia no despertara sospechas. En el siglo 17 no había certificados de defunción y la investigación forense era solicitada sólo cuando había razones muy poderosas de sospecha. En muchos casos la muerte repentina abrigaba dudas pero, si no había pruebas, no se llevaba a cabo ninguna acción. En dichas circunstancias, la investigación podía tardar muchos años.
Así, fue registrado que John Lewes, un clérigo disoluto de Lancashire, fue apartado del sacerdocio en la década de los 1630 por ofensas sexuales. “Tenía cuatro mujeres jóvenes, que murieron poco después de que sus dotes fueron gastadas”. Los vecinos sospecharon que esas muertes convenientes no eran ninguna coincidencia, pero carecían de pruebas concretas. El entierro generalmente ocurría pocos días después de la muerte, y dadas las limitaciones forenses de la época, la investigación tenía que ser rápida o simplemente no se realizaba.
Cuando evidencias fuertes emergían en un asesinato, no era inusual que los vecinos alzaran la voz acerca de sus sospechas. El caso de John Cupper de Bitterley, Shropshire, es un buen ejemplo. Cupper trataba a su esposa de forma abominable y aumentó las ofensas cuando comenzó un romance con Judith Brown, a quien él había contratado como su sirvienta. Cuando Hannah falleció repentinamente, los vecinos reportaron sus sospechas a un magistrado local, y una investigación forense determinó que Hannah había sido envenenada con arsénico. En el juicio subsecuente, Cupper y Judith Brown fueron convictos. Cupper fue colgado por el asesinato, mientras que Brown, quien a su vez había asesinado a su amante anterior, fue condenada a la hoguera.
Es asombroso que una vez que Cupper confesó su culpa, los vecinos expresaron sus sospechas de que probablemente también había asesinado a sus dos hijos y a un escocés cuyo cuerpo había sido encontrado años antes en las colinas Clee. Cupper negó esos cargos, y quizá deberíamos creerle, pero indudablemente, algunos asesinatos no fueron detectados. Es seguramente el caso de algunos crímenes, como la brujería, en el que la gente podía ser sospechosa durante años sin que afrontara una acusación formal.
¿Dijisteis asesino serial?
En lo que corresponde a la detección de asesinatos seriales, aquella dependía de largas sesiones de confesión. El caso más famoso de la época fue el de Thomas Sherwood y Elizabeth (Bess) Evans. Ambos provenían de Londres y cada uno habían cometido crímenes antes de unirse, ideando una rutina sencilla en la que Bess ligaba hombres, preferentemente borrachos, en teatros o tabernas, atrayéndolos a un lugar oscuro en el que Tom los robaba. En la tarde del 1 de abril de 1635, Bess recogió al caballero Thomas Claxton; lo atrajo a la parte posterior de una posada, donde Tom lo mató y desnudó completamente. Una lechera encontró el cuerpo a la mañana siguiente. Tom fue detenido horas después del homicidio, cuando intentaba vender un reloj y la ropa de la víctima. Enviados a la prisión de Newgate, la pareja confesó varias muertes. En el otoño pasado habían utilizado el mismo truco con Michael Lowe, y en enero habían asesinado a un comerciante en Clerkenwell Fields. Sherwood también confesó muchas otras felonías y sus nombres sobrevivieron en la memoria popular como figuras arquetípicas del mal.
Elizabeth Ridgway fue un tipo diferente de asesina serial. Fue quemada en Leicester en 1684 por envenenar a su esposo, solo tres semanas después de haberse casado. Tras negar las acusaciones durante el juicio, finalmente el día de su ejecución confesó que, antes de asesinar a su madre, mató, con el mismo método, a un sirviente y a un antiguo pretendiente. La vida de Ridgway parecía transcurrir en calma hasta antes de su matrimonio fatal. Los registros de parroquia de Ibstock, Leicestershire, registran su nacimiento en 1657, siendo la hija de John y Mary Husband o Husbands. Vivió toda su vida en la aldea, buscando a su padre después de la muerte de su madre, ocurrida en febrero de 1681. Trabajó como sirvienta antes de casarse con Thomas Ridgway, un sastre de Ibstock, a principios de 1684. Ridgway, un jefe de familia que mantenía a dos aprendices, posiblemente pensó que Elizabeth era la mujer indicada, pero el matrimonio se vino abajo casi inmediatamente.
Una narración del caso escrita por el reverendo John Newton registra con humor siniestro que la pareja había vivió una aparente entrega total durante aproximadamente tres semanas después de la boda. Una semana después la pareja discutió, por lo que Elizabeth consiguió arsénico en una tarde de compras en Ashby-de-la-Zouch. El día del asesinato, el 24 de febrero, ella se quedó en casa para preparar la cena del domingo, mientras su marido iba a la iglesia. La porción de Thomas Ridgway fue espolvoreada con el veneno, muriendo horas más tarde en medio de una terrible agonía. A pesar de lo repentino de la muerte y algunos cotilleos de los vecinos, el deceso no se investigó, y Ridgway fue enterrado el sábado siguiente.
Dos semanas más tarde, los aprendices sospecharon que Elizabeth ahora trataba de envenenarlos y uno de ellos compartió las suspicacias con su padre, quien de inmediato informó al señor Wolston Dixie, un magistrado local. Dixie ordenó que el cuerpo de Thomas Ridgway fuera exhumado y examinado. El padre del occiso obligó a que Elizabeth tocara el cadáver de su esposo –las consejas antiguas dictaban que el contacto del sospechoso con una persona fallecida en circunstancias misteriosas, ésta se manifestaría de algún modo. Al contacto de Elizabeth, el cadáver de Ridgway, según se dice, comenzó a sangrar. Elizabeth fue enviada a la prisión de Leicester. Durante el juicio, la mujer defendió fuertemente su inocencia, pero el jurado se pronunció, con ocho votos a favor y cuatro en contra, por la culpabilidad de Elizabeth.
El veredicto encendió las pasiones. Algunos pensaron que el caso contra ella era débil, que se sustentaba en la palabra de un aprendiz de 16 años y que ella estaba siendo severamente castigada por su disidencia. Pero el juez rechazó el indulto y envió a John Newton, vicario de San Martín, Leicester, a seguir estrechamente el caso con el propósito de extraerle la confesión. Newton, que elaboró un reporte escrito de sus reuniones, quedó impresionado por el comportamiento banal y desafiante de la mujer.
Durante mucho tiempo ella insistió en su inocencia. En una de las conversaciones culpó del asesinato de su esposo a un hombre apellidado Hinckley quién, según ella, había ido un domingo a cortejarla mientras su marido estaba en la iglesia, y él debió administrar el veneno.
Desvió la atención en otras sospechas que recaían en ella, sobre todo en la concerniente a la muerte, en el verano anterior, de un antiguo pretendiente, un John King, criado de un señor Pager. King había fallecido repentinamente en la casa de Pager, culpando a una cerveza que había bebido en el campo. Thomas Ridgway había estado trabajando ahí aquel día. El hermano y la hermana de Elizabeth le preguntaron sobre esa muerte cuando la visitaron en la cárcel después del juicio. Elizabeth insinuó que su futuro marido había envenenado por celos a King con el conocimiento y consentimiento tácito de ella. Pero cuando Newton volvió al tema, ella negó todo.
No fue sino hasta un día antes de su ejecución que Elizabeth Ridgway declaró su deseo de confesar. Incluso entonces, cuando Newton fue a verla otra vez, la condenada mantenía su postura inicial. La visita de su padre y una señora de buena familia provocaron que la mujer se riera de la situación, aunque declaró que la historia del hombre apellidado Hinckley había sido ficticia. Pocas horas antes de su muerte, Elizabeth aceptó haber asesinado a su esposo. Newton siempre pensó que su don de convencimiento había sido fundamental para el cambio de opinión de la mujer. La ejecución se pospuso varias horas con la esperanza de más confesiones. Un registro de la época señala que antes de su muerte Elizabeth confesó los asesinatos de su madre, un sirviente y el de su antiguo pretendiente John King. El autor de ese registro, aunque anónimo, desplegó un conocimiento íntimo de la comunidad local, al tiempo que proporcionó nombres y direcciones de antiguos aprendices, así como del hermano de Thomas Ridgway.
Nunca conoceremos toda la verdad de la historia de Elizabeth Ridgway. Parece no haber terreno firme para dudar de su confesión de los cuatro asesinatos. Incluso se sospecha que fue el mismo tipo de veneno el que utilizó tanto para su esposo Thomas Ridgway como para su amante John King. Elizabeth se mantuvo desafiante todo el tiempo, rechazando jugar el papel tradicional de los condenados e hizo patente su desprecio por los clérigos que le ofrecieron su apoyo. Hay un giro macabro en la historia. Dos jóvenes hermanos que serían colgados por robo el mismo día dijeron que les propusieron que sólo uno de ellos sería colgado si aceptaban que en el mismo acto se quemara a la señora Ridgway. Ambos rechazaron el ofrecimiento.
Congreso de monstruos
A las personas contemporáneas, como nosotros, nos inquietan profundamente esos crímenes terribles. ¿Eran monstruos o gente insana? ¿O cualquiera puede hundirse en esos niveles de depravación? Los registros publicados, pese a lo limitado de sus fuentes, nos permiten ver cómo la gente de la época procuró contestarse aquellas interrogantes. Algunos crímenes, no obstante su crudeza, no eran tan incomprensibles. Robert Greenway, de Beaconsfield, claramente trastornado, asesinó a su esposa y cuatro hijos en 1708. Una mañana, de repente, comenzó a cantar y bailar, además de que intentó estrangular a su hermana cuando ésta no le aceptó una pieza. Temiendo que el hombre se hubiera vuelto loco, la hermana llamó a los vecinos para que la ayudaran y, cuando ella volvió, Greenway ya había matado a su familia con un tronco de seto. Otros casos confundieron a la gente de entonces y hasta la fecha no tienen respuesta. En 1677, una muchacha de 14 años de Londres, huérfana, envenenó a las dos ancianas que cuidaban de ella. En el interrogatorio, la joven haber envenenado antes a su madre y a una criada. Los crímenes pasaron desapercibidos durante año y medio. No existió un motivo obvio, excepto un desacuerdo doméstico.
El siglo 17 fue una época todavía adicta a los monstruos y a lo bizarro. Esto es aún más sorprendente cuando vemos que los reporteros de la época no cayeron en las explicaciones fáciles sino que, en cambio, buscaron las respuestas a través de la exploración de las circunstancias individuales y sociales. John Newton, quien habló con Elizabeth Ridgway casi diariamente, contempló brevemente la posibilidad de que la mujer estaba loca, pese a que los dos registros contemporáneos consideraron esa posibilidad por el hecho de que Elizabeth admitió haber comprado tres años antes el veneno con la intención de suicidarse. Durante ocho años, según uno de los registros, la mujer había mostrado tendencias autodestructivas, un factor que los psicólogos actuales habrían tomado en consideración. Las razones que adujo para asesinar a su marido parecen lastimosamente inadecuados: la decepción de que ella no pudiera amarlo y el resentimiento que él había almacenado contra ella.
Estos casos del siglo 17 no corresponden exactamente a los equivalentes modernos. Ninguno parece haber sido motivado por impulsos sexuales pervertidos; no hay, por ejemplo, el equivalente a los West [Fred y Rosemary] o a El Destripador de Yorkshire [Peter Sutcliffe] (aunque la violación de menores no fue rara en las postrimerías de Londres de los estuardos). Sin embargo, aquellos episodios despertaron la misma preocupación que hoy sentimos ante los alcances de depravación humana. La gente de aquella época argumentaba que sin la guía paterna y la autodisciplina cualquiera podía tomar el camino hacia la perdición. Nuestros ancestros habrían visto el monstruo ficticio Hannibal Lecter, de El silencio de los corderos, con nuestra propia fascinación atemorizada, pero para explicar horrores reales no necesitaron más que mirar la ilimitada naturaleza humana.
Tomado de: History Today. Marzo de 1996.
Traducción: José Luis Durán King.