Charles Perrault: cuentos de monstruosa fantasía

POR Jamie James

La mayoría de los cuentos de Charles Perrault tienen un final feliz, aunque generalmente después de que uno o más personajes han muerto de una forma horrible o han pasado mucho tiempo en reclusión

Aunque no hay forma de demostrarlo, al menos es discutible que el cuento de hadas europeo ha sido la fuente para los entretenimientos más populares que cualquier otra tradición de narrativa, más que la tragedia griega, la Biblia, Las Mil y Una Noches e incluso las obras de Shakespeare. El mundo encantado ha inspirado varios trabajos como La Cenerentola de Rossini, La Bella Durmiente de Tchaikovski, Cinderefella de Jerry Lewis y Dentro de los Bosques de Stephen Sondheim. Los personajes animados de Disney, que matizan el terror y realzan el romance, han tenido una influencia profunda en la formación (muchos opinan que en la deformación) de la mente de los niños de todo el mundo.
Y donde los cuentistas van, los críticos los siguen de inmediato, hilvanando interpretaciones ingeniosas de cada paja teórica que flota por ahí: freudianos, junginianos, marxistas, cristianos, feministas, posmodernistas, nombre usted los que quiera.
Género breve y moralista
La mayoría de los cuentos clásicos fueron familiares a las madres y abuelas europeas cientos de años antes de las primeras versiones escritas en italiano por los fabulistas Gianfrancesco Straparola (publicadas en 1550) y Giambattista Basile (1636).
Sin embargo, la colección que tendría el impacto más amplio y perdurable fue la del cuentista francés Charles Perrault, publicada en 1697, la cual estableció el género breve y moralista que más adelante explotarían los hermanos Grimm y Hans Christian Andersen.
Perrault era un iconoclasta, un rebelde contra la tiranía de la educación clásica del siglo 17, por lo que intentó demostrar que los mitos basados en los cuentos populares europeos podían tener una atracción profunda y duradera similar a las historias de los griegos y romanos.
Los padres que leen cuentos de hadas a sus hijos saben cómo aterrorizarlos. La mayoría de esas narraciones tienen un final feliz, aunque generalmente después de que uno o más personajes han muerto de una forma horrible o han pasado mucho tiempo en reclusión. La gente que no los ha leído desde que eran niños apenas creerán que dichas historias, impactantes y espantosas, están permitidas para los jóvenes. Padres que quieren casarse con sus hijas, ogros que cenan niños pequeños y un asesino serial que mata a sus prometidas y esconde los cuerpos en una cámara sereta, son algunos ejemplos de narraciones.
Y ese es exactamente el por qué la seducción de los cuentos de hadas nunca ha desaparecido. Los niños son adictos a la emoción que libera su imaginación atroz, y no tienen ningún interés en teorías que les expliquen por qué son así. Sólo un niño puede escuchar la historia de Caperucita Roja y verla directamente, ver lo que “sucede más allá” de la narrativa. No necesitamos a Freud para que nos explique que hay poderosas corrientes sexuales en la historia de una niña que termina en la cama con un lobo travesti que la asombra por el tamaño prodigioso de varias partes de su anatomía.
La realidad atroz
El teórico más influyente del cuento de hadas moderno fue Bruno Bettelheim, quien propuso la tesis en Los usos del encantamiento (1976) de que los cuentos de hadas son psicodramas fantásticos que refuerzan los miedos reales de los niños y culminan con la tranquilidad de que todo estará bien al final, cuando crezcan. La mayoría de los niños de Estados Unidos mata sus demonios y satisface su apetito de mutilaciones con historietas y videojuegos, pero en la época de Perrault los niños europeos tenían sus experiencias directas con los horrores descritos en los cuentos de hadas. Durante el reinado de Luis 14, Francia fue devastada por las hambrunas; así, la historia de Pulgarcito, en la que los padres abandonan a sus pequeños hijos para morir en el bosque debido a que no hay suficiente comida para todos, no era algo bizarro ni una monstruosa fantasía, sino una realidad plausible.
A diferencia de otras grandes tradiciones narrativas, los cuentos de hadas han sido abordados como fenómeno antropológico más que como literatura. No existe un texto definitivo de las historias principales; los libros leídos por la mayoría de los niños son recuentos modernos, frecuentemente tamizados para proteger la sensibilidad de los padres. No importa cuántas veces hayamos escuchado los cuentos, seguiremos por mucho tiempo hechizados por las hermanastras de Cenicienta y deleitándonos por los trucos ingenuos del Gato con Botas para engañar al ogro.
Aunque mucho del encanto de las versiones de Perrault descansa en la descripción de la vida durante el reinado del Rey Sol, los cuentos de hadas dan para todo y la cabaña rústica de la abuela de Caperucita Roja pudo ser uno de los tiempos de un ballet pastoral de Versalles y los ogros la nobleza latifundista que vivía en sus magníficos castillos y que se hacía atender por niños durante sus partidas de té. Pero fue precisamente ese lustre gálico el que domesticó el salvajismo del mundo encantado en una forma que Disney más adelante emularía con el optimismo sentimental genuinamente americano.
Tomado de: The Los Angeles Times. Diciembre 13, 2009.
Traducción: José Luis Durán King.