El desertor

POR Alfredo C. Villeda
Nietzsche solía jactarse de que él decía en un aforismo lo que a otros les tomaba dos tomos. La brevedad, sin embargo, es bienvenida en contextos particulares. Plausible cuando de haikús o de sentencias filosófico-literarias se trata, es reprochable cuando tiene como fin cubrir ineptitud, saldar ilegalidades, manipular tiempos para influir en opiniones o simplemente tirar la toalla. “En cuatro minutos”, tituló el fusilero la portada del 2 de diciembre de 2006 de MILENIO Diario, en la que se daba cuenta de la rendición de protesta exprés de Felipe Calderón, con entrada y salida clandestinas en San Lázaro. A tres años, el comandante en jefe de las fuerzas armadas se comporta como desertor.
Más duró un suspiro que la versión calderónica de quinazo-salinista, al encarcelar a Flavio Sosa, dirigente de la APPO, como primera acción de fuerza, pobre empeño por reivindicar su endeble figura tras la polémica por el magro triunfo en las elecciones presidenciales. Tan breve como un suspiro, se decía, que el líder social, ex aliado del panismo, el tal Flavio, anda vivito y coleando en la nueva fase de protestas en Oaxaca.
Brevedad en todo, pero recriminable, porque el encargo es de seis años, y ahora Calderón, como se documentó aquí hace un mes, rindió la plaza a mitad de la marcha. Cuando anunció el plan para impulsar la lectura, como parte de la entrega de viviendas de interés social, propuso que se incluyera lo que él llamo “una biblioteca básica” de 20 títulos. Debe ser su récord personal de lectura. La estrechez intelectual. ¡Qué tal los 23 minutos de desfile militar que atestiguó desde el balcón de Palacio Nacional por el 20 de noviembre! Quizá sólo se trató de un mecanismo de defensa, una vez que la semana anterior una rechifla, no breve, por cierto, lo censuró durante la inauguración de un estadio en Coahuila.
Mientras se multiplican las pruebas de la entrega anticipada del cargo, de la urgencia por traspasar poderes, de deserción, se entrecruzan otros episodios que no pueden ser soslayados. Luego de rendir la plaza con el reconocimiento del aumento de la pobreza y el desempleo, apoyado en cifras que su secretario de Desarrollo Social se encargó de ratificar el miércoles pasado, los empresarios le revientan su plan fiscal, lo increpan y desafían su investidura. Al tiempo, el Presidente anuncia alza salarial para la tropa de las fuerzar armadas, ascensos a generales y, en un acto inusitado, convoca a una revolución pacífica, en consonancia con los discursos de sus secretarios de Marina y Gobernación, quienes aclaran que todos estamos chupando tranquilos, mientras su jefe es ridiculizado en un pasquín dirigido por el Grupo Reforma.
En la semana con la que comienzan las conmemoraciones de su tercer año de “ejercicio”, Calderón anuncia que “ya es hora de enderezar el rumbo social”, que ahora sí llegó el momento de “erradicar la pobreza”. ¡Tres años después da el banderazo de salida! Y puntualiza que no quiere ser “un presidente más”, lo que indefectiblemente trae a la memoria al célebre ex boxeador La Chiquita González y su no menos famosa sentencia: “No quiero ser un campeón e-mí-fe-ro”. Tal cual. Este tardío llamado del mandatario evoca, también, los combates contra el narcotráfico de finales de su primer año, cuando se reconocía el objetivo de “recuperar las plazas” controladas por los cárteles. Las daba por perdidas desde entonces. Aun así, se ofendieron todos en Los Pinos cuando Jeffrey McCaffrey, ex zar antidrogas gringo, se refirió a un narco-Estado en un documento revelado por este diario.
En este ejercicio de la brevedad, compartido por Calderón (que dadas las señales, ya le anda de desertar, pero por las buenas), los empresarios (que hicieron team back y enviaron la carga contra el mariscal, usando la jerga del futbol americano) y buena parte de la opinión pública, encabronada con más impuestos, menos empleo, más pobreza y menos seguridad, hay que poner atención, entre líneas, a los discursos pacifistas desde Palacio Nacional, los grotescos monigotes de portada de un periodiquito y los manotazos de la iniciativa privada en la mesa, los sueldos prometidos a la milicia y las alertas sobre “crispación”, “rebelión” y “estallido” desde frentes de todo sello. En Honduras, vale apuntar el antecedente, todo empezó con un proyectil (¿piedra, diábolo, bala?) contra el auto en que viajaba Miguel Zelaya. Con un acto así de breve. Tan breve y letal como un aforismo de Nietzsche.
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