El texto perdido de Nabokov

BY Geordie Williamson

Tras varios amagues de destrucción, el manuscrito El original de Laura, obra inconclusa de Vladimir Nabokov, finalmente se publicó. El resultado fue peor de lo esperado: la novela no aporta ni hiere la reputación de uno de los grandes escritores del siglo 20

La historia de la última novela de Vladimir Nabokov es ricamente operística. Marcada por vueltas de tuerca en el argumento e inversiones repentinas, interrumpidas por arias de tormentos deliberados, la narración de cómo la obra final, inconclusa, del escritor más grande de mediados del siglo 20 llegó a ser publicada, ha alcanzado un volumen que amenaza con ahogar la melodía frágil que la inspiró. Después de leer el trabajo póstumo, un cínico puede decir que ése era el efecto intencionado.
De acuerdo con el biógrafo Brian Boyd, Nabokov apenas había completado Look at the Harlequins! en 1974 cuando la idea de una ficción fresca llegó a él. Esa obra, tentativamente titulada “A Passing Fashion”, fue interrumpida por una enfermedad, aunque continuada con vigor renovado en los primeros meses de 1975. Para febrero, Nabokov recordó en su diario: “La nueva novela está más o menos completa”. Consistía en 54 tarjetas de media carta escritas a mano, notas adicionales y dibujos, y ahora se llamaba The Original of Laura.
Nabokov decía que la historia estaba completa en su cabeza y que sólo necesitaba transcribirla. Lamentablemente, intervinieron otras obligaciones y enfermedades más serias y, cuando el escritor falleció en julio de 1977, la novela, aunque ya avanzada, permanecía incompleta. Previendo esa posibilidad, Nabokov había pedido a su esposa, Vera, que quemara la obra. Pero la inquebrantable mujer, quien ya alguna vez había salvado el manuscrito de Lolita de la incineración, no pudo perpetrar esa petición.
Después de la muerte de Vera en 1991, el hijo de Nabokov, Dmitri, quedó cómo el único ejecutor del estado literario de su padre. En las décadas siguientes, Dmitri mencionó ocasionalmente el tema de la obra inconclusa. Asimismo, de vez en cuando se refería a varias cuartillas resguardadas en una bóveda bancaria de Suiza, a la vez que proporcionaba detalles del contenido. Incluso permitió a algunas personas examinar partes del texto. Entonces, en una entrevista en 2008, Dmitri anunció que mientras Laura era “una cosa hechizante, era también “una espina terrible”. Admitió que jugaba con la idea de “ser un hijo respetuoso y destruir el manuscrito”.
Morir es divertido
Fueron las protestas mundiales las que provocaron que la amenaza aparentemente se difuminara. El original de Laura sería publicado definitivamente. Sin embargo, la tinta apenas se estaba secando en el contrato de publicación, cuando Ron Rosenbaum, el periodista y autor responsable de comenzar la campaña de reposición del manuscrito, cambió de parecer y preguntó públicamente si no debía ser destruido.
Aunque Dmitri tuvo que sumergirse en muchos de los cambios que Rosenbaum hizo en el corazón de El original de Laura, todo este libro tardío y noblemente producido refleja una gran incertidumbre. Desde su introducción autodefensiva hasta la elaboración de su formato físico (las tarjetas del manuscrito original son reproducidas encima de la transcripción de cada página), el texto habla de un interés al que los lectores respondieron con ambivalencia.
Como la página de estudios de un viejo maestro, sólo algunos detalles han sido bosquejados para una agudeza necesaria. El resto es parcial, tentativo, sombreando una blancura vacía. Algunas imágenes son necesariamente reproducidas o suprimidas por el lápiz del autor: el ojo no es conducido sino desviado entre viñetas desoladas.
El original de Laura contiene la relación entre un corpulento aunque elocuente y dotado académico, Philip Wild, y su promiscua esposa, Flora. Esta mujer, mucho más joven, delgada y de frialdad hermosa, ganó el corazón del anciano rico por una semejanza accidental con un antiguo amor, Aurora Lee. Pero sus infidelidades desde entonces han sido reveladas en las páginas de una clave romana escrita por una amante, en la cual ella aparece como un personaje llamado Laura.
Mientras Flora comparte su casa, gasta su dinero y ocasionalmente se rinde a los avances de él, también deja a Wild muchos de sus propios dispositivos que, dentro del contexto limitado de la narrativa, parece incluir las mentiras en la cama, realizando ejercicios mentales que demuestran ser capaces de disolver su cuerpo físico. Como algunos “neurotrasmisores imperiales” de la mente, el psicólogo experimental cree que él ha enseñado al pensamiento a “mimetizar”… un espantoso mensajero que lleva mi orden de autodestrucción a mi propio cerebro”. Será el suicidio hecho placer, de ahí el subtítulo de la novela: “Morir es divertido”.
Sólo una obra fetiche
Aunque, en verdad, estos fragmentos representan sólo una sombra incluso de las obras tardías notablemente débiles y desmayadas de Nabokov. El orgullo de un amasiato revelado por una novela acrisolada en una gran ficción fue utilizada por el autor en Cosas transparentes en 1972, mientras que el masoquismo matrimonial nos regresa a la ficción de la era Berlín de Risas en la oscuridad. Los tropos están cansados, el lenguaje es atonal y llano, y el sentido de una gran imaginación en picada es confirmada por la información de que el temible padrastro de Flora se llama Hubert B. Hubert, una carta muy lejana del sórdido pretendiente de Lolita.
Hay algo: estos apuntes son las fantasías de la convalecencia de un hombre enfermo. El deseo de cortar las partes ofendidas de un cuerpo disfuncional es común entre el anciano y el enfermizo, y cuando, en una sección titulada “Intermezzo médico”, Wild aprende que abriga un tumor en su próstata, que fue extraído directamente del historial médico de Nabokov. (Él tenía un adenoma benigno extirpado en 1975), continúa en la novela, en un periplo que Boyd llama una recuperación lenta y agónica.
En su introducción, Dmitri Nabokov alcanza el más alto registro para justificar el proyecto: para él, esto representa un acto de descubrimiento pleno que colocará varios bulos seudoacadémicos sobre la vida privada de su padre, y es también un vistazo sobre aquellas “mentes menores” que tomarían del viejo mago sus palabras literales sobre la necesidad de destruir el manuscrito. Sin el genio centelleante de su padre, la actuación no convence a nadie y cae como polvo.
El original de Laura no herirá la reputación de Vladimir Nabokov –es un objeto fectiche, una curiosidad que será colocada en las ofertas de libros de enero— y no aporta nada nuevo sobre uno de los grandes escritores del siglo 20.
Tomado de: The Australian. Noviembre 28, 2009.
Traducción: José Luis Durán King