FAHRENHEIT 451: una obra mal comprendida

POR Amy E. Boyle Johnston

En 1953, Ray Bradbury publicó Fahrenheit 451. Desde entonces su temor era que la televisión destruyera el interés por la lectura. La hipótesis ha sido comprobada. “Nos hemos convertido en gente lectora de historias cortas, o peor que eso: en gente de lecturas rápidas”, aduce el escritor

Cuando los premios Pulitzer fueron repartidos durante un almuerzo celebrado en la Universidad de la Colombia en mayo de 2007, hubo dos menciones especiales. Una de ellas fue para John Coltrane (quien falleció en 1967), el cuarto músico de jazz que ha sido honrado con ese galardón. La otra fue para Ray Bradbury, el primer escritor de ciencia ficción y fantasía que obtiene el galardón.
Bradbury, un residente desde hace mucho tiempo de Los Ángeles, Calif., quien lleva una vida civil activa, que incluso envía cartas al redactor de Los Ángeles Times opinando acerca de las cosas que afligen a la ciudad, no asistió a la ceremonia, argumentando que su doctor le prohibió que viajara.
Pero la verdadera razón, según confesó al L.A. Weekly, tenía menos que ver con los achaques de la edad (cumplió 87 años en agosto de ese año) que con el hecho de que los galardonados sólo asisten para saludar de mano a Lee C. Bollinger, el presidente de la Universidad de la Colombia, y para tomarse la fotografía.
Él quería pronunciar un discurso, pero hizo saber que ahí no se permiten las alocuciones. “Ni un párrafo”, dijo con desdén.
El peligro de los factoides
En su casa amarillo pastel en Cheviot Hills, donde ha vivido por más de 50 años, Bradbury me da la bienvenida en su sala de descanso. Viste la que ahora es su parafernalia casi institucional: una camisa azul con cuello blanco, una corbata de linterna o de gato (el día de Halloween es su favorito) y calcetines blancos.
Bradbury tiene todavía mucho que decir, sobre todo para la gente que no entiende su mayor obra literaria, Fahrenheit 451, publicada en 1953, y que es ampliamente estudiada en el sistema escolar intermedio y donde muchos estudiantes leen por vez primera los nombres de Aristóteles, Dickens y Tolstoy.
Ahora Bradbury ha decidido hacer algunas precisiones sobre la escritura de su obra iconográfica y lo que él realmente quiso decir. Fahrenheit 451 no es, señala firmemente, una historia acerca de la censura gubernamental. No fue una respuesta al senador Joseph McCarthy, cuyas investigaciones inculcaron el miedo y sofocaron la creatividad de miles. Esto, a pesar de que las revisiones, críticas y ensayos realizados durante décadas reiteran el tema de la censura. Incluso, el biógrafo autorizado de Bradbury, Sam Weller, en Las crónicas de Bradbury, se refiere a Fahrenheit 451 como un libro sobre la censura.
Bradbury, un hombre que vive en el centro creativo e industrial de la realidad televisiva y en los dramas de una hora, dice que Fahrenheit 451 es, de hecho, una historia sobre cómo la televisión destruye el interés en la lectura de la literatura.
“La televisión te proporciona las fechas de Napoleón, pero no te explica quién era”, dice Bradbury, resumiendo los contenidos de la TV en una palabra simple que lanza como epíteto: “factoides”. Señala que mientras estás sentado en una habitación dominada por un enorme panel de televisión con pantalla plana sintonizada en Fox News Channel, los factoides desfilan, mudos y lentamente, al fondo de la pantalla.
Su temor en 1953 de que la televisión asesinara los libros, dice, ha sido parcialmente confirmado por los efectos de la televisión en la sustancia de las noticias. La primera plana del L.A. Times informa sobre la recaudación que logró en taquilla durante el fin de semana la tercera parte de la serie de El hombre araña, lo que parece demostrar su hipótesis.
“Inútil”, dice Bradbury. “Te arrojan tanta información inútil, que te sientes lleno”. Se ofusca cuando otros opinan sobre el significado de las historias que él escribió. Una vez, caminando fuera de clases en la UCLA, los estudiantes insistían en que su libro trataba sobre la censura gubernamental. Ahora refuta esa creencia convencional a través del sitio web http://www.raybradbury.com/at_home_clips.html, titulado Bradbury sobre la censura y la televisión.
Existencia babeante
A principios de 1951, Bradbury presagió sus temores acerca de la televisión, en una carta en la que hablaba de los peligros de la radio, remitida al escritor de fantasy y ciencia ficción Richard Matheson. Bradbury dejó en claro que “la radio ha contribuido al incremento de nuestra carencia de atención. Ese tipo de existencia babeante por un producto hace casi imposible para la gente, yo incluido, sentarse y leer una novela nuevamente. Nos hemos convertido en gente lectora de historias cortas, o peor que eso: en gente de lecturas rápidas”.
Señala que el culpable en Fahrenheit 451 no es el Estado, es la gente. Contrariamente a la novela 1984 de George Orwell, en la que el gobierno utiliza las pantallas de televisión para adoctrinar a los ciudadanos, Bradbury profetizó a la televisión como un opiáceo. En Fahrenheit 451, Bradbury se refiere a la televisión como “muros” y a los actores como “familia”, una verdad evidente que cualquier persona puede confirmar en los programas trasmitidos en los que el público llama a los personajes por su nombre de pila, como si fueran familiares o amigos.
La trama del libro se centra en Guy Montag, un bombero californiano que empieza a cuestionarse por qué quema libros para ganarse la vida. Montag termina rechazando su cultura autoritaria para unirse a una comunidad de individuos que memorizan libros completos para preservarlos hasta que la sociedad una vez más tenga deseos de leer.
Bradbury imaginó una sociedad democrática cuya población diversa rechaza los libros. Los blancos rechazan La cabaña del tío Tom y los negros desaprueban Little Black Sambo. El escritor no sólo imaginó lo políticamente correcto sino también una sociedad tan diversa donde todos los grupos son “minorías”. Al principio, la comunidad condensó los libros, editando cada vez más los párrafos que consideraba ofensivos hasta que finalmente quedaron las notas a pie de página que casi nadie leía. Cuando la gente dejó de leer aparecieron los bomberos para quemar los ejemplares.
Desprecio por los intelectuales
La mayoría de los estadounidenses carecía de televisión cuando Bradbury escribió Fahrenheit 451, y aquellos que tenían veían una pantalla de siete pulgadas en blanco y negro. Es interesante resaltar que el libro imagina un futuro de gigantescos escenarios a color, con paneles planos que cuelgan de los muros como si fuesen pinturas en movimiento. La televisión es utilizada para difundir tonterías insignificantes que desvíen la atención y el pensamiento, evitando así cualquier guerra.
Las declaraciones de Bradbury no cayeron muy bien en la industria de la televisión de Los Ángeles, por lo que Scott Kaufer, un guionista de televisión de toda la vida, aduce: “La televisión es buena para los libros y ha hecho que más gente lea simplemente porque los promueve”, a través de programas como This Week y Nightline.
Kaufer dice que desea que Bradbury “tenga la suficiente visión retrospectiva y vea que en vez de matar a la literatura, [la televisión] ha dado un fuerte impulso a los libros”. El productor pone de ejemplo el éxito de Stephen King tanto en televisión como en cine, haciendo notar que cuando Bradbury escribió Fahrenheit 451 se hablaba de otro temor infundado: que la televisión destruiría a la industria del cine.
De hecho, Bradbury se hizo famoso debido a que sus narraciones se adaptaron a la televisión, empezando en 1951 con el programa Out There. Tiempo después tuvo su propio programa en HBO: The Ray Bradbury Theater.
Bradbury ahora pasa la mayor parte de su tiempo en un pequeño espacio en el segundo piso de su hogar, el cual contiene libros y recuerdos. Ahí está el Emmy por The Halloween Tree, un Oscar que perteneció a un amigo que ya falleció, la escultura de un dinosaurio y varios artículos decorativos de Halloween. Antes de la embolia que lo dejó en silla de ruedas, Bradbury escribía en el sótano, el cual rebosa de animales disecados, juguetes, cascos de bombero y botellas de vino de diente de león. Se refiere a sus propiedades como “metáforas”, tótems que encienden la imaginación y ahuyentan los demonios de la página en blanco.
Comenzando en Arizona cuando sus padres le dieron como regalo una máquina de escribir, Bradbury ha escrito un relato corto a la semana desde los años treinta del siglo 20. Ahora dicta sus cuentos por teléfono, cada fin de semana entre las nueve de la mañana y el mediodía, a su hija Alexandria.
Bradbury ha sido siempre un simpatizante de la cultura popular a pesar de sus críticas hacia ella. Aún abriga una desconfianza hacia los intelectuales. Sin definir el término, asegura que una razón por la cual raramente sale de Los Ángeles para viajar a Nueva York es por “los intelectuales” de la ciudad de los rascacielos.
Dana Gioia, un poeta que actualmente dirige el National Endowment for the Arts, y quien escribió una carta de apoyo para que Bradbury fuera galardonado con el Pulitzer, lo comparó con J.D. Salinger, Jack London y Edgar Allan Poe. Otro simpatizante escribió que las obras de Bradbury “se han convertido en una especie de clásicos que los niños leen por diversión y los adultos por sabiduría y cultura”.
Tomado de: LA Weekly News. Mayo 30, 2007.