Hermanas Dionne: el zoológico de las cinco maravillas

POR José Luis Durán King

Las hermanas Dionne llegaron a este mundo como la mayoría de los infantes: con rostros arrugados, ojos semicerrados y con una gran indefensión. No había mucha diferencia con otros alumbramientos, excepto quizá por ser uno de los casos más renombrados de quintillizas que logran sobrevivir las difíciles condiciones de un parto prematuro y múltiple. Pero las complicaciones en el nacimiento de las hermanas Dionne sólo fueron preámbulo para una existencia marcada por la desolación, la alienación y los excesos de las autoridades médicas que siempre las consideraron parte de un experimento humano.

Tras su nacimiento, dos veces por día, las niñas eran llevadas en brazos de las enfermeras a tomar el sol; en ese momento, miles de personas se congregaban en una galería especialmente construida para ver a las niñas.
El espectáculo, de acuerdo con las crónicas periodísticas del momento, era cautivante. Los visitantes viajaban cientos de kilómetros para observar a las Dionne juguetear en el interior de su zoológico humano, el cual se había adecuado en el interior de un hogar pobre. La visita se complementaba con la compra de souvenirs y tarjetas postales en las que rezaba la leyenda “Nosotros vimos a las quintillizas Dionne”. Por supuesto, los productores de Hollywood ya se habían enterado del caso y con todo esmero intentaban cambiar espejos por oro.
Pocas esperanzas de vida
Las hermanas Dionne –Yvonne, Annette, Cécile, Emilie y Marie— fueron la maravilla de una época. Su nacimiento en la región interior de Canadá fue considerado un milagro y, su supervivencia, un acto de magia. No existían antecedentes similares a las Dionne, sobre todo porque, aparte de ser quintillizas, las niñas eran idénticas una de otra. Las quintillizas, que nacieron con dos meses de adelanto a lo previsto, eran hijas de Elzire y Oliva Dionne, de 25 y 31 años de edad, respectivamente. La niñas vieron la primera luz el 28 de mayo de 1934 en una granja cercana al pueblo de Callander, a menos de 200 kilómetros al norte de Toronto. Frágiles y con escaso peso fueron bautizadas al mismo tiempo ya que no se daban muchas esperanzas de que vivieran más allá de unos cuantos minutos. Elzire, la madre, casi murió en el parto.
Las otras figuras centrales en el drama fueron Benoit Labelle y el doctor Allan Roy Dafoe, un hombre corpulento, infatigable y con gafas. Cuando nacieron, correspondió a la señora Labelle insuflar vida en los pulmones de las niñas, frotando sus cuerpecitos con aceite de oliva y colocándolas en canastillas de palma. En cuanto al doctor Roy Dafoe, éste añadió dos gotas de ron en el agua de las quintillizas para estimularlas. Asimismo, una pequeña cantidad de leche materna fue abastecida por un hospital cercano y, en el curso de las siguientes semanas, un volumen mayor de leche fue colectado en Toronto, empacado en recipientes con hielo y enviados por tren hacia los paladares de las Dionne.
Prácticamente desde el principio, Elzire y Oliva, los padres de las quintillizas, tuvieron dificultades para ver a sus hijas. Una severa jefa de enfermeras se movía por todos lados, limpiando el cochambre de la casa, hablando bruscamente, creando una guardería donde los esposos Dionne eran objeto de regaños y molestias. Los enviados de los medios de comunicación arribaron en legiones y dieron a conocer la historia en todo el mundo. Convirtieron al doctor Dafoe en un héroe, presentándolo como un modesto doctor rural que había llevado a cabo un milagro, un papel que al galeno le encantaba representar. En medio de los embates de la Depresión, el nacimiento de las quintillizas era un acontecimiento optimista y, por lo tanto, bienvenido. Inmediatamente fue promovido como un símbolo de esperanza y no tardó mucho tiempo antes de que las Dionne fueran consideradas propiedad de la nación. Por su parte, Oliva Dionne fue visto como icono de fertilidad, dándose incluso el caso de que muchas mujeres que no podían tener hijos lo buscaran afanosamente.
Un promotor estadounidense con ideas de explotar el suceso pronto entró contacto con Oliva, al que le ofreció un trato. Una de las ideas era exhibir a las quintillizas en un espectáculo de feria. El doctor Dafoe, quien nunca pensó que las niñas vivirían, aconsejó a Oliva a que hiciera dinero mientras pudiera. De esta forma, el padre de las quintillizas firmó un contrato con el que obtendría 23 por ciento sobre cualquier procedimiento relacionado con las niñas y del cual siete por ciento iría a parar a las arcas de un cura local. Cuando la prensa se enteró de la transacción el escándalo no se hizo esperar. Oliva recibió cientos de cartas insultantes, la prensa lo calificó de explotador inescrupuloso y la gente insistía en que fuera esterilizado. La opinión pública, alentada por los medios de comunicación –que retrataba a Elzire y Oliva como campesinos primitivos e ignorantes—, empezó a demandar para que las quintillizas fueran internadas en una guardería, una campaña que también estaba relacionada con los prejuicios contra franceses y católicos.
El gobierno de Ontario respondió ofreciendo a las quintillizas las garantías del Estado. Hubo un amplio apoyo al movimiento y una autoridad gubernamental se sumó a la idea de que las quintillizas fueran propiedad pública al describirlas como “nuestra familia real”. Más adelante, el gobierno de Ontario aprobó una ley que protegería a las niñas hasta que éstas cumplieran 18 años.
Aunque el gobierno puso un alto a la explotación, las Dionne continuaron como las niñas más celebradas del mundo. Aparecían constantemente en portadas de periódicos y revistas, así como en noticiarios. Lo mismo cumpleaños que malestares menores fueron motivo de noticia internacional. El rey Jorge VI y la reina Elizabeth hicieron cita para visitarlas y varios barcos fueron bautizados con los nombres de pila de las Dionne. La industria turística que creció alrededor de las quintillizas salvó al pueblo de la bancarrota en la que había entrado con la Depresión. Se incrementó el número de hoteles en el pueblo, así como el precio de las propiedades. Del mismo modo, el dinero que las quintillizas generaron hizo una importante contribución a la economía de la provincia de Ontario.
El doctor Dafoe se convirtió en una especie de guardián de las quintillizas y uno de los principales promotores de este fenómeno, así como en una especie de vocero oficial para discursos y entrevistas, a las cuales siempre accedía con particular entusiasmo. El nombre de las quintillizas empezó a aparecer en sopas, jabones, pastas dentales, muñecas, desinfectantes y muchos otros productos. Las Dionne, sus guardias y agentes ganaron bastante dinero. Se dio incluso el caso de que el tío de las niñas colocó en el garage de su casa unas cinco bombas de petróleo –por supuesto, con el nombre de sus sobrinas–, lo que le redituó un gran incremento en su economía.
Detrás del hogar de los Dionne, el gobierno construyó una institución para las quintillizas. Consistía en una guardería a la que posteriormente se bautizó con el nombre del doctor Dafoe–, cinco habitaciones y un patio de juego. Meses después se instaló una galería de observación para los miles de visitantes que podían observar, dos veces al día, a las quintillizas. El complejo, que también contaba con estacionamientos y tiendas de souvenirs, llegó a ser conocido como Quintland. A causa del temor a los secuestros, se dispuso una enorme cerca, luces y un policía, además de que las quintillizas eran contadas cuatro veces por hora.
El gobierno, pedagogos, doctores y enfermeras, todos creían estar realizando sus tareas a la perfección. Así, la niñez de las quintillizas fue controlada y protegida a ultranza. Por supuesto, su crecimiento se dio enmedio de una total soledad con respecto a otros niños, estableciendo relaciones sólo con adultos. Durante la infancia y niñez, sus padres fueron relegados a último término. Al matrimonio Dionne se le ordenó no molestar o besar a sus hijas, por lo que nunca asistió a las fiestas de cumpleaños ya que, como apuntó Oliva Dionne, “Para nosotros no representaba ningún honor ser invitados a las fiestas de nuestras propias hijas”.
En un incidente famoso, Oliva Dionne irrumpió a fuerza a la guardería para ver a sus hijas, aunque no se le permitió tomar fotografías, ya que un fotógrafo oficial contaba con los derechos exclusivos para estas tareas. Aunque no era la única prohibición: otro contrato prohibía a los padres aparecer en imágenes abrazando a sus hijas. En cuanto a los otros hermanos de las quintillizas, también tenían prohibido acercarse puesto que, según el afamado doctor Dafoe, aquellos podían ser portadores de gérmenes. También se prohibió la adopción de mascotas.
Finalmente, Elzire y Oliva Dionne decidieron integrar sus hijas a la familia haciendo a un lado al doctor Dafoe. En 1943, las quintillizas de nueve años de edad se integraron a su familia, sólo que en una construcción especial de tres pisos. Pero la felicidad no duró mucho. De acuerdo a las decalaraciones de una de ellas, Cécile, sus padres reñían continuamente: “Nuestros hermanos y hermanas, e incluso nuestros padres, nos daban a entender que éramos la causa de sus miserias”. Por haber crecido como princesas de guardería, las quintillizas encontraban difícil participar en las faenas de la casa y la granja. Su padre parecía frío y distante, incapaz de comprender que estaban arribando a la juventud y que necesitaban conocer a otros muchachos. Pero el dinero, por arriba de todo, fue el factor ponzoñoso. En el libro We Were Five (Fuimos cinco), publicado cuando tenían 31 años, las quintillizas escriben que la nueva casa era el hogar más triste que habían conocido y culpaban a su padre de que confianza y dinero se les escurriera entre los dedos.
Las quintillizas se fueron de la casa al cumplir 18 años y a partir de entonces vieron esporádicamente a sus padres. Poco después de que las niñas abandonaron el mundo cerrado de la guardería, Emilie empezó a sufrir ataques epilépticos; en 1955, a la edad de 20 años, murió durante un retiro en el convento al que deseaba ingresar. El funeral fue un espectáculo público y un golpe devastador para las quintillizas sobrevivientes. Después de esto, las hermanas se mudaron a Montreal, donde Annette, Cécile y Marie se casaron. Annette tuvo tres hijos, Cécile cinco y Marie dos. Ivonne nunca se casó. Cuando Marie y su esposo dejaron Montreal, Ivonne se volvió alcohólica y murió sola en su departamento en 1970. El matrimonio de Cécile terminó en divorcio, así como el de Annette.
Durante más de 30 años, las hermanas han guardado su privacía en San Bruno, una ciudad tranquila a menos de 15 kilómetros de Montreal. Evitaron la publicidad hasta que hace poco aparecieron de manera breve y tímida en un programa de la televisión canadiense. ¿La razón? “Necesitamos el dinero”, explicaron. Cécile dijo que deseaban asegurar su vejez: “Todas nosotras lo necesitamos. Si no lo logramos, continuaremos en nuestro silencio. Me gustaría que fuera de otra manera”. Para sostener su actual situación demandan 6 millones de dólares canadienses por parte del gobierno de Ontario por haberlas explotado durante su niñez. Asimismo tienen pensado publicar una autobiografía con ayuda de un escritor. Ambas acciones, por supuesto, amenazan la privacía que durante muchos años celosamente han buscado.
Hasta el momento se desconoce el destino que habrán de tomar sus peticiones. Lo cierto es que la casa donde ellas nacieron ahora es un museo. Miles de personas continúan haciendo la procesión hasta la construcción para admirar los baberos, vestidos y andaderas, así como la cama donde Elzire Dionne dio luz a las cinco pequeñas maravillas de una época.