Isola: el secreto rubio de Oscar Wilde

POR Frederick Berger

El comienzo de la caída para Oscar Wilde sucede en 1895, después de triunfar con su obra teatral La importancia de llamarse Ernesto. A partir de entonces sufrirá los embates del marqués de Queensberry, el padre de Bosie, un joven vampireso, que, junto con Isola, la hermana de Wilde, constituyeron los dos amores del artista.

El 30 de noviembre de 1900, tres años y medio después de haber salido de prisión, Oscar Wilde finalmente sucumbió al ajenjo y a la sífilis. Murió a los 46 años en condición de expatriado, empobrecido y paria, en su lecho de muerte se convirtió al catolicismo, último refugio desesperado para los poetas homosexuales, desde Paul Verlaine hasta Jean Genet.
No obstante, en sus momentos finales Wilde apretó en su mano no un crucifijo ni tampoco una Biblia sino un sobre curiosamente decorado en el que estaban escritas las frases “Mi cabello de Isola” y “Ella no está muerta sino dormida”. Asimismo, el sobre contenía un rizo dorado de la cabellera de su amadísima hermana, muerta por escarlatina a la conmovedora edad de nueve años, cuando Oscar no era sino un mozalbete de 12. Él había adorado a su hermana y representó en su vida “un rayo de luz que danzaba alrededor de la casa”. Isola fue su inextinguible amor y éste, junto con su inconsolable pena, lo que guió el curso de su existencia hasta su trágica muerte.
La crudeza y profundidad de estas cicatrices emocionales se determinaba al abrir el sobre que un Wilde agonizante cargaba como un talismán. En él se muestra un par de sortijas unidas por una guirnalda, una que rodea la “O” inicial de Oscar, mientras que la otra rodea la “I” de Isola, junto con una lápida en la cual están talladas las letras O e I. Los símbolos representan el anhelo de unirse en la muerte a su amor de cabello ensortijado.
Seguramente esa cercanía sobrepasa la que puede considerarse como apropiada para una relación de hermana y hermano, relación que lo obligó a hacer largas y frecuentes visitas a la tumba de la niña y que lo movió a componer una elegía cuando tenía alrededor de 20 años: Requiescat: “Tras una huella ligera, ella está cerca bajo la nieve; habla quedamente porque puede oír cómo crecen las margaritas. Todo su brillante y dorado cabello, como barnizado de óxido, ella tan joven y bonita, reducida a polvo. Toda mi vida está enterrada aquí con un montón de suciedad sobre ella”.
Oscar se volvió una tumba viviente, receptáculo de los restos de su amada, cuya presencia dentro de él se convirtió en una vida por sí misma, una animadora del suave planeta de su ser. Sus reiterados intentos de vivir íntimamente con Isola expresan, a pesar de ser ligeramente velados, el deseo prohibido de un hermano por su hermana, por una niña muerta. Esto se manifiesta en forma de varios poemas concernientes a jóvenes doncellas y, muy frecuentemente, a sus muertes, poemas como Madonna mia, Charmides y Burden of Itys.
Tan profundamente afectó Isola a su adorado mediante la magia de su belleza angelical y sus seducciones, que ninguno de los contactos amorosos de Oscar –desde la sifilítica “dama de la noche” que le contagió la enfermedad en Oxford en 1878 hasta su amada novia de 1884, Constance Lloyd, pasando por los registros de lascivos y salvajes adolescentes que le introdujeron a la actividad homosexual en 1886— puede compararse a su primero y único amor verdadero. Con excepción de su indomable madre, la poeta nacionalista irlandesa convertida después al socialismo, Jane Francesca Elgee, cualquier objeto digno de su pasión y devoción, incluyendo a sus queridos pero segregados hijos Cyrill y Vyvyan, tuvo que permanecer a la sombra de un fantasma y fue éste la esbelta y pequeña sombra cuyas risas, lágrimas y caricias aún resonaban en la mente de Oscar, convirtiéndose así en su musa perenne, al tiempo que se erigió como su principal destructora.
Un fantasma recorre Canterville
Deprimido por los salpullidos crónicos, las fiebres y las indisposiciones causadas por la sífilis que había contraído a los 20 años de edad por su contacto con una prostituta, Wilde escribió el cuento El fantasma de Canterville en 1887, después de una renovada lucha contra la enfermedad. Es la historia de un espectro abandonado que vaga por una vieja mansión tras haber perdido todo deseo de seguir adelante. Para terminar con esa situación, el etéreo solicita la ayuda de una mujer joven y rubia, Virginia. A pesar de que está espantada, la muchacha siente simpatía por el fantasma y acepta llorar por los pecados y el alma del aparecido, porque sólo así el fantasma puede ser aliviado de su interminable tormento, su decaimiento interno y de su espíritu declinante.
La compasiva chica guarda claras reminiscencias con Isola, mientras el abandonado fantasma es Oscar, vestido con sábanas blancas, anhelando morir y reunirse con su amada. Además del cumplimiento simbólico de su obsesión por el luto, la historia parece sugerir una atracción erótica cuando el fantasma besa a Virginia con “labios que quemaban como fuego” y, entonces, la conduce de la mano a una enorme y oscura caverna dentro de la casa. “Un amargo viento sopló alrededor de ambos, mientras ella sentía que algo intentaba bajar su vestido”.
Ésta bien podría ser la confesión de un oscuro y bien atesorado recuerdo sobre cómo comenzaron los mimos hacia una mujer tentadora; la emoción y la vergüenza que amenazaron con consumirlo como una flama consume el aliento de la vida. Temeroso de que a causa de su transgresión, fuera ésta real o imaginaria, se hubiera derivado el fallecimiento de su hermana, el dramaturgo se sintió merecedor y deseoso de recibir la aniquilación. De ahí su búsqueda en burdeles de travestis y fumaderos de opio desde París hasta Argelia, al tiempo que se preguntaba si alguna vez encontraría una atmósfera lo suficientemente decadente y alucinatoria para duplicar la melancolía ambarina de una maravillosa pero enterrada infancia. Y si hubiera hallado una joven de cabellos dorados lo suficientemente bella y delicada para duplicar la forma y personalidad de una maravillosa pero muerta y enterrada jovencita, quizá hubiese encontrado una razón para seguir viviendo.
El joven de cabello color miel
En su novela El retrato de Dorian Gray, publicada en 1890, Wilde escribe: “El romance vive de la repetición, cada vez que uno ama es como si fuera la única que lo ha hecho. Podemos tener en vida sólo una gran experiencia de lo mejor y el secreto de la vida es repetir esa experiencia tan seguido como sea posible”. Esta máxima de amor iba a rendir frutos en una medida mayor que los más exuberantes sueños de Wilde y vendría a confirmar la creencia prevaleciente en la comunidad del arte decadente, en el sentido de que poetas y hechiceros son uno solo.
No había transcurrido un año desde que el autor, entonces de 37 años y situado en la cima de la gloria literaria, enunciara estas palabras mágicas y proféticas cuando fue presentado con un joven de 22 años del que el poeta se enamoró perdidamente. El joven en cuestión era Lord Alfred Douglas, hijo de la marquesa de Queensberry, quien apenas se veía mayor que un mozalbete, debido a su frágil constitución, su apariencia y temperamento afeminados. Nadie desde Isola había ejercido mayor influencia sobre Wilde y fue en éste, su “chico de cabello color miel”, que Wilde encontró a su amor largamente perdido, la luz de su vida tan cruelmente destruida un cuarto de siglo antes. Era un pasaje perdido en el tiempo y ahora reclamado, traído intacto de las neblinas y las hojas secas de la infancia, tan fresco como la azucena de Pascua cubierta por el rocío matinal.
Casi toda la importancia que Wilde daba a este joven aristócrata, a quien afectuosamente llamaba Bosie, era por las sorprendentes reminiscencias que guardaba con Isola: la alta y rubia belleza, la delicadeza de su cara y su cuerpo elegante y andrógino, la malicia con la que importunaba, la jovialidad propia de un niño, los furiosos accesos de cólera y la llorosa contrición que seguía a esos arranques. Todo eso repercutió en el más grande ingenio del siglo 19, el cínico extraordinario que conquistó Inglaterra.
A pesar de que Wilde solía dominar a sus amantes usando un sarcasmo sádico, en su relación con Douglas él asumió el lugar de víctima. Tomó el papel de la fuerte naturaleza del dominado que cede ante un dependiente aparentemente más débil. Wilde amaba a Bosie profundamente, a pesar de que era tratado con humillaciones que se veía obligado a soportar, o quizá, por lo menos en parte, debido a ellas.
En una carta que más tarde fue usada contra él en el juicio por ofensas homosexuales, Wilde escribió: “El más querido de todos los chicos. Tu carta fue deliciosa, fue para mí como vino blanco o tinto. Pero estoy triste por nuestra suerte. Bosie, no debes hacerme escenas. Me matan las escenas, rompen la hermosura de la vida. No puedo verte, tan griego y gracioso, distorsionado por la pasión. No puedo escuchar tus labios fruncidos diciéndome cosas horribles. Debo verte pronto, tú eres elemento divino que deseo, el elemento de gracia y belleza”.
Wilde comenzaba a entender, en términos no del todo claros, después de haber recorrido un camino de lujuria sembrado de calamidades, que un hombre joven raramente es gentil con un hombre mayor que le adora. No obstante su reputación de notorio pederesta y aun a pesar de que se sentía atraído por Bosie, era la aparente reencarnación de su hermana (muerta en 1867, mientras que Alfred Douglas nació en 1869) lo que le impedía copular con su joven Lord y contagiarle la sífilis que antes, tan traviesamente, había transmitido a otros. Palabras de amor, el calor del abrazo amoroso y “la locura de los besos” parecen ser los límites a los que llegaron Wilde y Bosie. Tan lejos como llegó con su ídolo original y más preciada posesión: Isola.
Tal como el espíritu de la chica de cabello rizado había inspirado su morosa e introspectiva poesía inicial y sus cuentos, llenándolo con un deseo de destrucción, en la misma manera el chico de los rizos dorados le inspiró para crear sus más populares y lucrativos trabajos, una serie de cuatro obras exitosas y resonantes, que aseguraron a ese plebeyo irlandés un lugar en el firmamento junto con la nobleza inglesa.
La vida, con la forma de una vivaz almeja se ofrecía una vez más a él con toda la promesa de su risa y de sus lágrimas. Las maneras femeninas de Bosie, desde sus comportamientos veleidosos hasta sus llantos interminables, desde la charla incesante hasta el silencio absoluto, desde su histerismo pueril y grotesco hasta sus horribles paroxismos de rabia; los aires de efebo y los aniñados coqueteos con la moda. Todo eso le proveyó de invaluable material para sus comedias teatrales El amante de Lady Windermere (1892), Una mujer sin importancia (1893), Un marido ideal (1895), y La importancia de ser atento/La importancia de llamarse Ernesto (1895).
Bosie fue, en efecto, la fuente y sustancia de esos trabajos dramáticos, la clásica encarnación del chico como “filósofo de piedra” y la musa. “Él es todo mi arte ahora”, dice el pintor de El retrato de Dorian Gray, refiriéndose a la influencia del joven Dorian, sus maneras atractivas, y su belleza bajo la cual residía su capacidad para crear arte verdaderamente excepcional. Fue una observación mediante la cual Wilde ocultaba el hecho real de que un jovenzuelo tenía una fuerte influencia sobre su propia habilidad artística.
El sodomita
De esta manera, Oscar Wilde, el dandi perfumado con margaritas, se elevó al más alto estrato de la sociedad británica. Estaba en el centro de la fiesta, entre las grandes damas, los predadores sociales, compitiendo por la indulgencia de quienes podían entregarle en propia mano las llaves del reino. Dado que el poseedor de su cuerpo y su mente era nada menos que el más atractivo y fascinante hijo de la nobleza, el propio Lord Alfred Douglas, desde el punto de vista de Wilde –nublado por una intoxicante mezcla de vanidad y triunfo—, el escritor prácticamente estaba casado con la familia real.
En realidad, sus admiradores constituían una legión que se componía de todas esas mujeres frenéticas, hambrientas de amor, al igual que esos salaces poetas tan devotos de los jóvenes a los que recibía graciosamente en su suite del Hotel Savoy en Londres. Pero era la devoción a un joven en particular, Bosie, la que lo orillaba a buscar el éxito con tal ansiedad. Sólo de esa forma podría tener los fondos necesarios para mantener junto a él a un joven exigente y pendenciero. Sin embargo, esa mutua atracción, señalada por la fidelidad, no significaba una relación exclusiva, ya que los celos no existían entre ellos. Ambos gustaban de recorrer los barrios pobres en busca de vagabundos, trabajadores, estudiantes, soldados y prostitutas, a lo que llamaban “celebrar con panteras”.
En algún momento de esa frenética búsqueda de fama y fornicaciones, Wilde quedó suficientemente desilusionado con sus conquistas para hacer una pausa y reflexionar en torno al teatro del dolor y el burdel de tristeza del que provenía, sabiendo que existía un pequeño resguardo bajo la nieve, el cual había estado buscando y que no era sino el amor al incesto y a la muerte que le provocaba la niña de sus deseos. Continuamente se refería a Bosie como “mi niño”, por su apariencia dócil, sus labios rojos, su nariz respingada, grácil cuello y por sus ojos azules y cabello rubio, rasgos en los que Wilde adivinaba el fantasma pálido de Isola. Y fue en las manos de alabastro de un joven afeminado donde el dramaturgo permitió que se cumpliera su destino trágico.
Cuando corría el invierno de 1895, aún sonando en sus oídos las fanfarrias de su producción teatral más celebrada, La importancia de llamarse Ernesto, Wilde se asomó desde su fama mundial al precipicio oscuro cuya profundidad sepulcral le remitía a la promesa de reunión con su amada muerta, la muerte de un mártir en nombre del amor erótico profesado hacia el mismo sexo y un lugar eterno en el corazón de Bosie.
Empujado a la orilla del abismo por las incesantes peticiones de Lord Alfred para que silenciara a su intolerable e irascible padre, el marqués de Queensberry, Oscar vio la cara del destino frente a él obligándolo a aceptar sumergirse en el olvido. En la guerra contra el corruptor de su hijo, el marqués acusó públicamente a Wilde de “asumir una pose de sodomita”, a lo que el escritor, en su último acto de ironía, respondió alegando difamación, a pesar de que era bien sabido que los amantes gustaban de ostentar su pasión hacia el otro, así como hacia las panteras con las que solían festejar. Enfrentar el poder político de Lord Queensberry fue un acto temerario de coraje porque, a pesar de la popularidad y genio brillante de Wilde, no podía encarar a un adversario aliado con la moral victoriana, la cual estaba lista y ansiosa de caer sobre él.
En el transcurso del juicio, a pesar de que Wilde era el promotor de la demanda, su papel de acusador fue modificado abruptamente y pronto se encontró a la defensiva como víctima de un espectáculo antihomosexual organizado para destruirlo absolutamente y para siempre. Jóvenes practicantes de la prostitución fueron llevados para testificar acerca de las tendencias sexuales de Wilde y presentaron a la asombrada corte una interminable letanía de infamias, burla de ritos matrimoniales con chivos vestidos de novias, sesiones de besos entre cinco jóvenes desnudos, en fin, de encuentros íntimos que dejaban residuos de semen, excremento y vaselina en las sábanas en habitaciones utilizadas por el acusado en los hoteles Savoy y Bristol. Todos los testimonios fueron obtenidos por los fiscales con el fin de presentar un caso demoledor contra Oscar Wilde.
Regalos hechos por Oscar a sus numerosos compañeros, cartas de amor a Bosie robadas por un chico al que se chantajeaba y pasajes de El retrato de Dorian Gray fueron utilizados como evidencias. Todos fueron poderosamente incriminantes con el hombre que había sido marcado para la erradicación por el implacable Queensberry. Wilde no podía negar quién y qué era y aprovechó la ventaja de su situación totalmente desesperada para pronunciar un discurso en defensa “del amor que no se atreve a decir su nombre”. Acorralada por su hábil y audaz oratoria, la sala de la corte respondió con atronadores aplausos y por breves instantes hubo un sentimiento de compasión y entendimiento del papel del homosexual en la sociedad. Sin embargo nada podía detener las ruedas de la justicia británica y el 25 de mayo de 1895 Oscar Wilde fue encontrado culpable de “actos indecentes” y fue sentenciado a dos años de trabajos forzados en confinamiento solitario.
Para alguien tan arraigado a la conversación y en búsqueda permanente del arte y la belleza, el castigo representó una virtual sentencia de muerte de la que emergería con el espíritu absolutamente quebrado, despojado de su energía creadora y enloquecido de lujuria hacia los peligrosos jóvenes descarriados. No hubo resurgimiento de su carrera literaria, no más escándalos profusamente publicitados, no hubo venganzas contra las infamias cometidas contra él. Si su muerte se debió a la sífilis o fue suicidio con un estilete proporcionado por algún golfillo, es un detalle irrelevante, dado que fue la última actuación, la del acusado, la que permaneció ante el mundo como la impresión más vívida, una imagen que iba a perdurar y resonar, para sobreponerse a sí misma en el proceso de creación de un mito.
Un adorable suicidio
Una vez que cumplió su sentencia, mientras vivía en París a salvo de la chusma inglesa, Wilde confió a un antiguo amigo a qué se debía su retiro de la escritura: “Escribía cuando no conocía el significado de la vida, ahora que lo conozco no tengo nada más qué escribir. La vida no puede escribirse, sólo puede ser vivida. ¿Quieres saber un secreto? Te lo diré: estaba contento en prisión, porque encontré mi alma ahí”. Sí, y esa alma estaba acompañada de la de Bosie, que era el alma de Isola. Después de una vida de búsqueda, Wilde había encontrado, por fin, su verdadero ser en los más bajos fondos de la muerte.
A pesar de los lamentos de autocompasión de De profundis, una exhaustiva descripción de su amor y su obsesión por Bosie, en la que lo acusa de provocar su caída, se mantiene el hecho de que Wilde lo consideraba “el más dulce de todos los chicos” y “el más amado de todos sus amores”, el que lo impulsó a profesar una gloriosa pasión que el propio Wilde calificó como un “largo y adorable suicidio”, él sabía, a pesar de que expresara lo contrario, que las cosas no podrían haber sucedido de otra manera.
En ningún lugar se expresa mejor el arrobamiento y el abandono a la aniquilación en manos de un perverso adolescente que en Salomé, escrita diez meses después del primer encuentro con Alfred Douglas. En el relato modificado de la historia bíblica de la muerte de Juan el Bautista, con todos los rasgos eróticos y estéticos propios del gusto del escritor, Wilde imaginó a un joven exquisito y seductor disfrazado como la princesa Salomé, que en realidad era un tributo a Isola y a Bosie.
En la misma forma que la apasionada e impetuosa Salomé, que amó y deseó tanto al hombre que ayudó a destruir, Bosie derramó lágrimas amargas por su amado, deseando besar los labios del que yacía bajo tierra. En su lamentación, el personaje dice: “Los misterios del amor son mayores que los misterios de la muerte”, lo que significa que el amor inmortal profesado hacia su pequeña Isola, un amor que lo levantó de la muerte para probar que la pena nacida del amor es la emoción humana más suprema que fortifica tanto al poeta como al profeta, sin importar si es un santo o un pecador.
Tomado de: Gotham.
Traducción: Jorge Cisneros Morales.