La promiscuidad en la evolución sexual

POR Sally Lehrman

La tesis de la fidelidad femenina a cambio de alimento ya no se sustenta. De acuerdo con una nueva ola en la investigación evolutiva, las mujeres que se apartan más del comportamiento común parecen ser las más fértiles y su descendencia la que tiene mayores expectativas de sobrevivir

La conducta “promiscua” es buena para las especies. Al menos esa es la conclusión de una nueva ola de investigación en la evolución sexual y la del parentesco. Las mujeres de todo el planeta han sido desinteresadamente generosas en sus asuntos extramaritales. Y lo han hecho durante mucho tiempo y por excelentes razones. Los antropólogos dicen que la promiscuidad femenina une a las comunidades y mejora el fondo genético.
Más de 20 sociedades tribales aceptan el principio de que un niño puede, e idealmente debe tener más de un padre, de acuerdo con el antropólogo de Pennsylvania Stephen Beckerman. “Cuando uno pone atención empieza a aparecer por todos lados”, aduce Beckerman, quien ha revisado docenas de reportes sobre tribus de Sudamérica, Nueva Guinea, Polinesia e India como coeditor del libro Cultures of Multiple Fathers.
Hace menos de 50 años, las mujeres de la tribu canela, que habita en la amazonia de Brasil, disfrutaban de los placeres de por lo menos 40 hombres, uno tras otro, en los rituales festivos. Cuando era hora de tener un hijo, la mujer seleccionaba su docena favorita o a los amantes que ayudarían a su marido con su importante tarea. Incluso hoy, cuando los flirteos de las damas barí casadas de Colombia y Venezuela resultan en un niño, con orgullo anuncian la larga lista de probables padres.
En otras palabras, la cacareada hipótesis de la fidelidad femenina para conseguir alimento –sacada siempre a relucir por los psicólogos evolucionistas— no se sustenta.
“El modelo de “hasta que la muerte nos separe” de la pareja en posición misionera es solamente una parte diminuta de la historia humana”, afirma la antropóloga Kristen Hawkes, quien ha pasado varios años estudiando los hábitos ancestrales de la tribu paraguaya aché y de los hadza del norte de Tanzania, que se distinguen por una vida amorosa plena. “Los modelos de sexualidad humana son mucho más variables”, aduce Hawkes.
Cazadores y nodrizas
Los estudiantes estadounidenses todavía aprenden que la sociedad humana está basada en el viejo contrato económico entre sexos. Los hombres cazan y las mujeres crían a los hijos. Los padres proveen la comida para la familia y, a cambio, las mamás ofrecen fidelidad y la garantía de la paternidad. Los hombres –que producen millones esperma— son donjuanes empedernidos, dotados de relativamente pocos huevos que requieren de una inversión importante, tienden a ser exigentes y tímidos. Por lo tanto, los hombres son propensos a repartir su semilla lejos y ampliamente, mientras que las mujeres se enfocan a encontrar la semilla perfecta.
Los antropólogos aducen que la evolución ha dado un empujón de hombro a las mujeres hacia la promiscuidad y la aventura sexual. En algunos primates bien estudiados, las hembras muestran una tendencia poliandra cuando se les brinda la oportunidad de apartarse. Las que más se apartan del comportamiento común parecen ser las más fértiles y su descendencia la que tiene mayores expectativas de sobrevivir. Pindonguear por ahí parece haber ayudado a nuestras madres ancestrales a equipar a sus pequeños para el éxito, lo que sería algo así como el equivalente sexual de leerles un cuento cada noche o matricularlos en el club de ajedrez después de clases.
Las mujeres tienden a hacer cosas que están asociadas con el bienestar de sus hijos”, dice Hawkes.
Padres múltiples
En contraste con el modelo sexual para alimento, los apareamientos múltiples añaden muy poco a la diversidad genética. Hawkes explica que las hembras enganchan a varios machos por seguridad, más que por otro beneficio. Un fuerte vínculo emocional de la madre con más de un compañero provee una mano extra protectora en tiempos de peligro.
Un incentivo económico promueve la infidelidad femenina en la sociedad barí. De todos los niños barí, quienes tienen más de un padre tuvieron más posibilidades de sobrevivir durante la edad adulta, fortificados por pequeños obsequios de pescado en tiempos de escasez. Los padres múltiples también ayudan a asegurar la salud de los hijos. Ya que un padre es necesario para soplar humo de tabaco sobre el cuerpo del pequeño si él o ella cae enfermo, entre más voluntarios potenciales haya es mejor.
Las damas barí mayores ríen en silencio y se dan codazos entre sí cuando hablan de una vida llena de amantes. Pero el placer no fue sólo de ellas. Los hombres se beneficiaron también. Resulta que los varones barí no viven mucho tiempo. La tribu venezolana sufre los embates de la malaria y la tuberculosis y, hasta 1960, era continuamente atacada por latifundistas, compañías petroleras y granjeros de la región. La mayoría de las víctimas han sido los varones en edad reproductiva. “Uno sabe que si muere, hay otro hombre que tiene una obligación residual de preocuparse por al menos de uno de los hijos”, explica Beckerman. “Contemplar la otra opción o incluso dar la bendición cuando tu esposa toma un amante es el único seguro que puedes comprar.”
Incluso los psicólogos evolucionistas, férreos defensores del modelo carne-por-fidelidad, han comenzado a reconocer las ventajas del comportamiento “promiscuo” de la mujer. El psicólogo David Buss, de la Universidad de Texas, da mayor crédito a lo que él denomina “el seguro de compañero”, un suplente de reserva en caso de que el compañero masculino no sobreviva.
La aprobación social de la infidelidad no implica, sin embargo, una correspondiente devaluación del matrimonio. “Ellos son muy, muy fieles”, explica Paul Valentine, coautor, con Beckerman, del libro Cultures of Multiple Fathers, cuando se refiere a los curripaco, que viven en la frontera de Colombia y Venezuela. La tribu cree que la concepción es un proceso que requiere mucho trabajo, y los hombres están prestos para tomar el crédito de sus obras conjuntos.
Variedad y estabilidad
Datos fisiológicos apoyan la teoría de que las mujeres han estado durmiendo por ahí durante siglos. Para comenzar, los hombres han evolucionado para competir en la extensión reproductiva de su compañera. Los machos humanos tienen testículos grandes que producen mucho semen, sobre todo cuando se reúnen con sus mujeres después de separarse. Su esperma incluye dispositivos que bloquean en lugar de llevar la bola. Las hembras cooperan cuando ellas quieren –más con sus amantes que con sus compañeros—, de acuerdo con un estudio. Las mujeres conservan ligeramente más esperma después del orgasmo, y en las convulsiones de la excitación pueden incluso retener a los nadadores vírgenes por la cerviz y en el útero, de acuerdo con la sexóloga británica R. Robin Baker.
Por su parte, David Buss echa la mayor parte de la culpa a la pasión por los arquetipos. Lo esencial, según él, es que el esperma es barato y los huevos son caros. Cita sus propios estudios de 1993. Las mujeres le respondieron que les gustaría quizá hasta cinco compañeros durante su vida. Los hombres, en varias encuestas, contestaron de 18 hasta mil. Seguramente, ambos sexos tenían en mente estancias de una sola noche.
Ambos pueden tener un compañero para toda la vida. Pero los hombres tienden hacia la variedad y las mujeres generalmente apuntarán a lo estable, al proveedor serio, argumenta Buss. “Las mujeres tienen altos estándares en su mayoría; los hombres están dispuestos a disminuir a lo mucho 10 por ciento en lo que respecta a sus compañeras de corto plazo”, abunda Buss.
Los antropólogos no están seguros. Algunos dicen que el énfasis de la monogamia femenina tiene más que ver con factores socioeconómicos que con instintos evolutivos.
Los encuentros extramaritales eran una forma de vida para los canela, hasta que llegaron los forasteros. “Los amantes múltiples era sólo una parte de su vida. Era una recreación, como competir en carreras. Todo estaba concebido con un espíritu de alegría y diversión”, expresa William Crocker, del Instituto Smithsonian, quien ha estudiado a la tribu brasileña desde 1957. Cuando una mujer era embarazada por su marido, salía en busca de al menos cinco “padres” para su feto. Cada cantidad de semen, creían, contribuía a que el bebé tuviera una variedad de rasgos deseables en los amantes elegidos: habilidades sexuales, belleza, talento en la oratoria, facilidad para el canto y, naturalmente, ser un buen proveedor.
Crocker aduce que las costumbres sexuales de los canela comenzaron a desaparecer después de la llegada de los comerciantes, quienes trajeron consigo machetes, hachas, platos y recipientes, introduciendo la idea de la propiedad exclusiva. Los misioneros llegaron después. Los evangelistas, que arribaron a principios de los años 70 del siglo pasado, tradujeron la Biblia al dialecto canela e hicieron su parte para desterrar la intimidad sexual de la tribu.
Si los antropólogos tienen razón, la monogamia bien puede ser contraevolutiva o una adaptación a la vida moderna. O quizá la familia nuclear siempre ha sido más un ideal que una realidad.
Tomado de: AlterNet. Julio 22, 2002.
Traducción: José Luis Durán King