Poe: su acertijo de 150 años

POR Opera Mundi

Para desafiar a los lectores de la Graham´s Magazine, Edgar Allan Poe propuso dos criptogramas para que fueran resueltos. Transcurrieron más de 150 años para que el propósito inicial se alcanzara

El ojo no entrenado sólo ve una sopa de letras, un amasijo de capitulares y minúsculas. Pero para los entusiastas de los crucigramas y los descifradores de códigos representó uno de los grandes misterios que permaneció 150 años sin resolver.
Como muchos de los enigmas, el texto encriptado tuvo orígenes humildes: fue uno de los dos criptogramas propuestos por Edgar Allan Poe (Boston, 1809 – Baltimore 1849), poeta y escritor estadounidense, para desafiar el ingenio de los lectores de la Graham´s Magazine en 1841.
Sin embargo, a partir de esa fecha el misterio fue impenetrable no sólo para los lectores sino para una gran cantidad de ávidos criptoanalistas. Con el paso de los años, su solución se convirtió en el santo grial del arte, al grado de que los fanáticos de Poe estaban convencidos de que éste se había llevado el secreto a la tumba.
No fue sino hasta el año 2000 que un ingeniero de software de Toronto, Canadá, descifró el código que resolvió el acertijo y, de paso, decepcionó a los simpatizantes de Poe. Éstos estaban convencidos, debido a que el acertijo alimentaba la leyenda, de que el hombre considerado el padre del cuento moderno de detectives había elaborado una broma impenetrable de alto nivel intelectual.
Las cifras se empolvaron durante más de siglo y medio, hasta que un investigador de la obra de Poe, interesado en la inclinación que el escritor tenía por los acertijo, redescubrió dos criptogramas elaborados por el autor de El cuervo. Uno de ellos hablaba de un tal W.B. Tyler, “un caballero cuyas habilidades teníamos en un alto respeto”, escribió Poe en la revista. Así, en un ensayo de 1985, el profesor Louis Renza, del Darmouth Collage English, afirmó que Tyler era en realidad el propio Poe, y que los criptogramas una vez resueltos revelarían un mensaje póstumo de una de las leyendas de la literatura estadounidense.
La evidencia, aunque circunstancial y todavía parcial, reveló lo que siempre había estado a la vista: que gran parte de la ficción de Poe estaba plagada de anagramas y otros mensajes crípticos. Había colaborado, como escritor independiente, con una serie de artículos sobre criptogramas y, una de sus narraciones más famosas, El escarabajo de oro, centraba su solución en una cifra.
En sustento de su teoría, Renza no halló ningún rastro de W.B. Tyler en los directorios de la ciudad de la época, no obstante que se concentró en los lugares en los que el poeta había vivido y en los que podía existir un familiar; Boston, Nueva York, Washington, Richmond, Filadelfia y Baltimore, esta última, ciudad en la que Poe falleció a los 40 años.
El criptoanalista amateur, Shawn Rosenheim, entonces un estudiante de literatura de la Universidad de Yale, se unió a la causa, fascinado por la idea de que Poe podría hablar desde la tumba en caso de que se resolvieran los acertijos. En 1992 obtuvo su primera respuesta. Terence Whalen, profesor de inglés de la Universidad de Illinois, resolvió el primero de los dos criptogramas, para lo cual utilizó signos de puntuación en lugar de letras.
Whalen estaba convencido de que el pasaje decodificado, que hablaba de una “juventud inmortal, ilesa en medio de los elementos de la guerra, el naufragio de la materia y el choque de mundos”, era de Poe. El pasaje fue extraído de una línea de un guión escrito por Joseph Addison en 1713, pero Rosenheim pensaba que Poe seguía siendo el hombre que encriptó el mensaje. Una pista para resolver la segunda cifra probaría, de una vez por todas, que Poe había sido la mente maestra detrás del enigma.
Afición por el juego
El interés en los criptogramas y Poe alentaron a Rosenheim a estudiar un posgrado sobre el tema. Publicó un libro en 1997, The Cryptographic Imagination: Secret Writing From Edgar Poe to the Internet, en el que expuso diversas teorías acerca de la afición de Poe por el juego y las comunicaciones. Pero hasta ahí pudo llegar Rosenheim. Aunque intentó resolver el acertijo por sí mismo, finalmente tuvo que reconocer que la empresa rebasaba sus capacidades.
Con el apoyo del Colegio Williams, Rosenheim dio a conocer una recompensa el 23 de febrero de 1998. El premio por resolver el crucigrama sería de 2 mil 500 dólares. No fue sino hasta que con la ayuda del profesor Jim Moore, cofundador de la empresa Bokler Software, quien diseño un sitio web, Rosenheim pudo atraer la atención mundial.
Meses después, Gil Broza, un ingeniero de software de Toronto, aceptó el desafío. Había conocido el sitio diseñado por Moore cuando buscaba criptografías en Internet. Aficionado a los crucigramas y acertijos, Broza ahora andaba en busca de propuestas más difíciles. Fue así como llegó a Edgar Allan Poe.
Gil Broza nació en Israel en 1973, habla fluidamente cinco idiomas y puede leer otros tres o cuatro, además de que comprende perfectamente la lingüística computacional, por la que recibió su maestría en la Universidad Hebrea de Jerusalén, lo que lo convertía en un candidato idóneo para resolver acertijos planteados en diversos lenguajes.
A Broza le tomó menos de dos meses romper el código, pero no cantó victoria. Partió del principio de que el texto estaba en inglés, ya que la primera cifra resuelta por Whalen estaba en ese idioma, además de que Poe era un escritor norteamericano.
Sabía que frecuentemente, cuando una letra aparece en inglés, la frase de contraparte aparece en el texto. También buscó patrones de palabras, sobre todo palabras de tres letras, que pudieran ser representativas de and, the y not.
Pero el texto era corto –sólo 144 palabras– y el criptógrafo automático que utilizó tendía a oscurecer las palabras completas, sustituyéndolas por otros términos. Fue así como Broza descubrió que, en lo que al idioma inglés se refiere, existían numerosas reposiciones. Había más de 14 letras diferentes para sustituir la “e”, por ejemplo, y sólo dos para la “z”.
Debido a que había más de 150 letras cifradas de forma diferente, Broza intentó elaborar programas computacionales y comparar “palabras” cifradas con palabras reales y extraer de ambas nuevos modelos cifrados. Más adelante buscó en Internet textos on line que tuvieran secuencias de palabras con el mismo número de letras similares al texto encriptado por Poe.
Después de siete semanas de trabajo, Broza estaba a punto de claudicar. Su último intento incluyó sustituir todas las palabras repetidas de tres letras por the, and y not, y siguiéndolas en cada dirección, “dejé que mi mente vagara libremente”.
Fue así como arribó a un patrón plausible. “Tenía la certeza de que Aml debía remplazarse por the cada vez que aparece después de una palabra larga y una vez después de una palabra de dos letras”, detalló Broza en su texto de explicación. Asimismo, si se encontraba con una palabra como **ter***n, que podía significar afternoon, al sustituir aquellas letras se encontraba con la palabra of antes de la segunda aparición de the, lo que le dio la pauta de que iba en la dirección correcta. Aunque también contribuyó a que Broza declinara el crédito intelectual de su hallazgo. “No soy un genio”, dijo, “simplemente llegué primero”.
Desafortunadamente para los seguidores de Poe, las oraciones que conforman el acertijo planteado en el siglo 19 no son de ningún modo las más representativas de la obra del autor de Eleonora y otros textos clásicos de la literatura estadounidense.
Leamos cuál fue el texto que durante más de siglo y medio estuvo oculto como un cadáver en un barril de amontillado:
Fue a principios de la primavera, el calor y el bochorno enrojecían la tarde. Las brisas que parecían compartir la deliciosa languidez de la naturaleza universal estaban cargadas de varios perfumes mezclados de rosas y el essaerne [sic], de bosques y sus flores silvestres. Lentamente inundaron el aire con su fragancia, ofreciéndola a la ventana abierta en la que se sentaban los amantes. El sol ardiente caía de lleno en el rostro ruborizado de ella y su gentil belleza era más propia para la creación de un romance o de la suave inspiración de un sueño que de la realidad actual de la tierra. Tiernamente su amante la miró por arriba de los abundantes rizos, cuando percibió la ruda intrusión de la luz solar rasgando la cortina que él suavemente había interpuesto. “No, no, mi querido Charles”, dijo débilmente ella, “es mejor que usted reciba un poco de sol que mucho de aire”.