¿Quién puso al marino y su familia?

POR Alfredo C. Villeda

Si ha de creerse el discurso de los secretarios de Marina, Francisco Saynez, y de Gobernación, Fernando Gómez Mont, a propósito de los calamitosos sucesos después del abatimiento de Arturo Beltrán Leyva, el primer preocupado por su seguridad y la estabilidad del gobierno debiera ser el presidente Felipe Calderón. No, como pudiera suponerse, por la amenaza que representa el narcotráfico. No. Más bien, por una amenaza, también de dimensiones atroces, pero dentro de sus propias filas.
Porque si ha de creerse el discurso de estos funcionarios, resulta que la disciplina ya se relajó en las fuerzas armadas. Porque, según ellos, los marinos hacen lo que se les da su gana y en medio de un operativo de la más alta prioridad y peligrosidad, una vez ejecutado, un grupo de élite de ese grupo simplemente decidió irse por la libre, encuerar al capo recién cazado, sacarle el dinero del pantalón, las joyas de dedos y cuello, y montar un espectáculo para ser fotografiado y después difundido como escarmiento para el narco y como mensaje de triunfo. Como Depredador exhibiendo al aire el cráneo de Alien después de su batalla postrera.
Resulta, así, que ese grupo de marinos de élite se manda solo, a juzgar por los deslindes al día siguiente de la balacera en la que también pereció uno de estos muchachos de Saynez, un contramaestre tabasqueño. Pronto salió Gómez Mont a deplorar las “humillantes” fotografías del caído Jefe de jefes y a reivindicar el arrojo de la Armada y su exitosa operación en Cuernavaca. No es política oficial tomar esas fotos y preparar esos montajes, dijo el titular de Gobernación, al tiempo que todos sus escuchas volvían la vista hacia uno de sus compañeros de gabinete, Genaro García Luna, que en el foxiato hizo de las recreaciones un éxito mediático: los rescates de las hermanas de Thalía y del entrenador Rubén Omar Romano, y la captura de la banda de Los Zodiaco y de la francesa Florence Cassez, que motivó hasta un roce internacional del que no se ha escrito la última palabra.
Después la Marina se pule para dar un merecido, pero a la vista imprudente homenaje póstumo a su contramaestre caído. Lo del acto público es lo de menos. La familia de ese hombre estaba marcada desde que difundieron su nombre. Pero esos inocentes y los marinos de la tropa que sigan cayendo habrán sido puestos por el alto mando que dio la torpe orden de crear la escena con Beltrán Leyva abatido. Bastaba ver las imágenes para adivinar una sed de venganza, para especular una ansia de exhibir superioridad, para ver con claridad un mensaje al narco: “te madreo y te humillo”. ¿Esperaban, acaso, que el clan de El Barbas, La Barbie y asociados, en este caso Los Zetas, se cruzaran de brazos a llorar la muerte de su líder, a lamentarse con tan infamantes fotos, a pedir a la Virgen por la suerte de Ramón Ayala (recién liberado por enfermedad, capaz se les muere en la casa de arraigo) y Los Cadetes de Linares?
No, no tiene problemas el Presidente con la indisciplina de las fuerzas armadas. No al menos a partir de este episodio. Porque es obvio, natural, que aquí el grupo de élite siguió indicaciones al pie de la letra. Porque así como ejecutó con precisión el operativo, después de una persecución de meses desde altamar, como informó MILENIO con oportunidad, así cumplió con las órdenes de sus superiores. Y los narcos son invisibles. Esa es la ventaja del predador en la ley de la selva. Así que sólo tuvieron que esperar a que se retiraran los dolientes, los invitados, los oportunistas y los marinos asistentes a las exequias en Tabasco, para ir con toda calma a aniquilar a los familiares del contramaestre. Él y su familia fueron puestos por el mando que ordenó el montaje en Cuernavaca.
La cadena de imprudencias, sin embargo, no tiene fin. Ahora eslabonan otra torpeza. En acuerdo con las autoridades de Morelos, que deben estar hasta el cuello en el asunto dados los múltiples casos de colusión con el narco detectados y ya en proceso, que son públicos, ahora apuntan a los civiles que trabajan en el servicio forense. Más insólito. Esta versión da más poder a las autoridades municipales para tomar decisiones pasando por encima de los marinos de excepción ahí instalados después de su afortunada cacería. No sólo eso, sino que incluso le ponen adscripción y número, cinco, a los CSI Cuernavaca. Como si faltara poner a otro inocente en la mira de los sicarios vengadores del Jefe de jefes, ¡ahora señalan a cinco más!
Las fotos no son clandestinas. Fueron autorizadas. Tanto así que fueron distribuidas por dos agencias internacionales. La decisión periodística de publicarlas pasaba por tamiz variado, pero las imágenes estaban en todas las redacciones. Algunos diarios las recogieron en portada, otros en interiores, otros las desecharon. Pero uno de esos argumentos para no considerarlas, lo consigno a partir de una charla entre editores de varios medios esa noche, era el efecto de represalia que la difusión iba a tener contra la tropa. Los narcos, empero, fueron más allá. La pregunta ahora es hasta dónde.