Saramago contra Dios: episodio tres

POR Alfredo C. Villeda

Ocupado con abundancia en asuntos cristianos, José Saramago (1922) reconoce que saldrá perjudicado en las alegaciones del juicio final, cuando, ya sea por exceso, ya sea por defecto, todas las almas sean condenadas. Si primero fue su versión de El Evangelio según Jesucristo, después puso ante el paredón a la Iglesia y sus ambiciones muchas, terrenales, en Las intermitencias de la muerte. Ahora, cuando había anunciado que se retiraba y sólo publicaría un blog (ya recopilado en un libro reciente, con prólogo de Umberto Eco), reaparece con Caín, su lectura del Viejo Testamento.
Nadie se escandalice si un nutrido colectivo, creyente, tacha de provocador al novelista. Por supuesto que es provocador. Sin justificar la fatwa en su contra, Salman Rushdie también fue incómodo con el contenido del Corán en su obra Los versos satánicos. Los activistas estentóreos que a ojos cerrados censuran los embates religiosos contra la literatura, en su mayoría jamás han leído una línea de sus héroes perseguidos, que, por supuesto, existen. Caín es también una provocación, otra del escritor portugués, en una espléndida pieza narrativa.
Esta novela, publicada apenas en octubre pasado en México, llega cuando su autor había anunciado su retiro después de El viaje del elefante. Ganador de cuanto premio hay en materia literaria, Saramago es autor de novelas, cuentos, poemas, ensayos y cuadernos de viaje. Con el otorgamiento del Premio Nobel en 1998, comenzó ese periplo al que ningún galardonado escapa, y desde entonces no ha dejado pasar la oportunidad para aclarar que él es sólo el recipendario de un reconocimiento a la lengua portuguesa, de Eça de Queiroz a Fernando Pessoa y todos sus heterónimos, estos últimos a quienes dedica su extraordinario libro El año de la muerte de Ricardo Reis.
En Caín (Alfaguara, 2009), Saramago acude a los primeros libros de La Biblia para narrar el origen de la humanidad. La creación de Adán y Eva, con puntual constancia de los episodios de la fruta prohibida y la expulsión del Edén, tras los cuales pone a la primerísima dama, ésta sí, en un erótico flirteo con el querubín Azael:
“Eva se quitó la piel de encima de los hombros y dijo, Usa esto para traer la fruta. Estaba desnuda de cintura para arriba. La espada silbó con más fuerza, como si hubiese recibido un súbito flujo de energía, la misma energía que impelió al querubín a dar un paso hacia delante, la misma que le hizo levantar la mano izquierda y tocar el seno de la mujer. No sucedió nada más, nada más podía suceder, los ángeles, mientras lo sean, tienen prohibido cualquier comercio carnal (…) Eva sonrió, puso su mano sobre la mano del querubín y la presionó suavemente sobre el seno.”
En el pasaje sobre el asesinato de Abel a manos de Caín, Saramago hace hablar a Dios con el fratricida: “Con los dioses eso sucede muchas veces, Porque son, como suele decirse, inescrutables vuestros designios, preguntó Caín, Esas palabras no las ha pronunciado ningún dios que yo conozca, nunca nos pasaría por la cabeza decir que nuestros designios son inescrutables, eso es algo inventado por hombres que presumen de tener un trato de tú a tú con la divinidad”.
En otro capítulo describe a Caín desnudo frente a dos esclavas: “El contacto insistente y minucioso de las manos de las mujeres le provocó una erección que no pudo reprimir, suponiendo que tal proeza fuera posible. Ellas se rieron y, en respuesta, redoblaron las atenciones para con el órgano erecto al que, entre risitas, llamaban flauta muda, y que de repente saltó de sus manos con la elasticidad de una cobra. El resultado, vistas las circunstancias, era más que previsible, el hombre eyaculó en chorros sucesivos que, arrodilladas como estaban, las esclavas recibieron en la cara y la boca”.
En el episodio relativo a la ofrenda de Isaac en sacrificio, escribe: “Es decir, además de ser tan hijo de puta como el señor, abraham era un refinado mentiroso, dispuesto a entregar a cualquiera con su lengua bífida, que, en este caso, según el diccionario privado del narrador de esta historia, significa traicionera, pérfida, alevosa, desleal y otras lindezas semejantes”.
Habla del Señor mismo al que alude más adelante: “Ahora se esconde en columnas de humo, como si no quisiese que lo vieran. En nuestra opinión de simple observador de los acontecimientos, debe de estar avergonzado por algunas de sus tristes actuaciones, como en el caso de los niños inocentes de sodoma, que el fuego divino calcinó.”
La ironía tampoco cesa. Cuando del Arca de Noé habla, arranca así el capítulo 13: “Dios no vino a la botadura. Estaba ocupado con la revisión del sistema hidráulico del planeta”. El diluvio y el impensable por absurdo salvamento de las especies, en dos frases llenas de acidez. Y en el diálogo postrero, en el que Dios reprocha a Caín su talante criminal, este es el intercambio: “Caín eres, el malvado, el infame asesino de su propio hermano, No tan malvado e infame como tú, acuérdate de los niños de sodoma. Hubo un gran silencio”. La guerra, pues, del creador y su criatura, con la puntuación y acentuación propias de un narrador excepcional.