Apología de la estupidez

POR Alfredo C. Villeda

Borges decía que la poesía se lee en voz alta. Cuando se piensa en la poesía del propio Jorge Luis, según el fusilero, hay que incluir algunos de sus relatos, más cercanos al primer género que al narrativo por su proximidad en cuanto métrica y gran belleza metafórica. Los cuentos incluidos, por ejemplo, en Historia universal de la infamia. Ninguno de ellos, empero, tendría posibilidad alguna de ser leído en voz alta en un programa de radio mexicano o difundidos con total libertad vía internet de progresar una “ideota” panista para frenar, entre otros temas, lo que consideran “apología del delito”.
Piensa el fusilero en las dificultades en que estará La Voz Universal, Adolfo Fernández Zepeda, quien por décadas ha transmitido en la radio mexicana y es un legendario locutor, al programar aquella rolita titulada “Ma Baker”, en la que Boney M cantaba con tono épico las cuitas de una asaltante en minifalda, que estaba consciente que tenía que morir, por las calles de Chicago. ¿O bastará precisar que el responsable de tal “apología del delito” es el cantor negro, figura musical de los años 70, para estar a salvo? ¿O no hay tos sólo porque la anécdota transcurre en la ciudad de los vientos? ¿O porque el monolingüismo que campea en México hace inofensivos los mensajes de esas cancioncillas en inglés?
Otra vez los panistas exhibiendo sus múltiples carencias en un episodio más de su apología a la estupidez. Es fácil, para quienes nada sabemos de narcocorridos, recurrir a las piezas de Los Tigres del Norte, rapsodas a fuerza de repetición que cantan, entre otras, las glorias de cierto tipo de hampones, los de la especie narco. Los músicos se defienden ante eventuales señalamientos con el argumento de que sólo son cronistas, contadores de historias. Igual, por cierto, que un amigo de ellos, nuestro compañero de páginas y sección Arturo Pérez-Reverte, cuya novela La reina del sur (Alfaguara), más allá de su investigación periodística de la mano del reportero César Güemes por tierra sinaloense, es una trama de aventuras en la que no puede salir mejor librada como heroína su personaje principal.
¿Entonces tambo para Pérez-Reverte, para Güemes, para Alfaguara, para el lector o el crítico literario que recomiendan la novela? ¿Sólo para alguno o algunos de ellos? ¿Para Gandhi, El Sótano o Sanborns por vender el libro? Mi amigo Alejandro Almazán, a partir de esta panista apología de la estupidez, ¿deberá cuidarse la espalda ya no por relatar, en textos periodísticos y literarios, los testimonios que recoge de la especie narco, sino porque puede caerle la Secretaría de Gobernación, en traje de RTC, acusándolo de promotor del crimen y de la violencia? ¿Deberá cambiar de giro de manera intempestiva Elmer Mendoza, mentor del propio Alejandro, so pena de convertirse en un autor clandestino, un apestado que ninguna editorial quiera publicar en adelante para evitarse multas?
Otro gran camarada, Diego Osorno, también se ha dedicado con amplitud al tema narco y sus protagonistas, y de hecho a finales del año pasado presentó su reportaje El cártel de Sinaloa (Grijalbo). Es autor de una crónica sobre las exequias del hijo de Joaquín Guzmán Loera, muchacho abatido en un episodio más de la guerra entre los cárteles. “Las 50 mil rosas para el hijo de El Chapo”, tituló el fusilero esa nota en la portada de MILENIO, y el encabezado y la nota le sirvieron al cantante Lupillo Rivera para su corrido sobre los funerales del malogrado familiar del capo en fuga desde hace nueve años. ¿Quién, pues, estará ante el paredón? ¿El reportero, el editor o el músico? ¿Los tres, cronistas cada uno a su manera? Panista apología de la estudipez en voz alta