AVATAR es Julio Cortázar

Avatar (James Cameron, 2009) es muchas películas. Si se prefiere, más bien es una serie de fragmentos de múltiples filmes. Avatar es el espectáculo total que fue en su momento Terminator (1984), del mismo realizador. Es la ambiciosa y taquillera Titanic (1997), pero también la sombría Aliens (1986) y la revolucionaria Matrix (Wachowski Brothers, 1999). Avatar es James Cameron de visita tocando la puerta de sus aficiones, contemporáneas la mayoría, y de dos o tres lecturas, de entre las que surge diáfano el relato “La noche boca arriba”, porque Avatar es, también, Julio Cortázar, con sus ojos felinos y su talla descomunal.

Atrapado en sus libros de la antigua India, Arthur Rimbaud acudía a la tradición hindú de los avatares para explicar su frase “Je est l’autre”, “Yo es otro”, mientras que su paisano Guy de Maupassant fue más oscuro y llegó al límite del desvarío con su portentosa nouvelle El Horla. Esos personajes asoman por doquier en la nueva superproducción de Cameron, sobre un ex marine inválido (Sam Worthington) que suple a su hermano, un científico víctima de la delincuencia común, para viajar a un planeta en el que hay una veta codiciada por la raza humana.

El joven lisiado, comisionado a infiltrarse en las tribus locales a través de un avatar hecho a semejanza de los indígenas, pronto se ve involucrado con ellos y da la espalda a sus pares. “Todo por una cola alienígena”, resume el general a cargo del operativo para desalojar a las comunidades del sitio elegido para la explotación del valioso recurso. Porque el ex marine, en efecto, se enamora de la hija del jefe del clan nativo.

Sigourney Weaver es por un momento, sólo por un momento, la teniente Ripley de la saga Alien (Ridley Scott, 1979), para reconvertirse con su discurso ecologista y humanitario en Dian Fossey, la conservacionista asesinada en Ruanda a la que dio vida en el filme Gorillas in the mist (Michael Apted, 1988). La secuencia de fotogramas ya conocidos prosigue con la persecución de una pantera al avatar, adaptación, casi réplica, de una admirable escena de Apocalypto (Mel Gibson, 2006), con todo y el discurso, más adelante, de una Pocahontas extraterrestre que debe matar a los felinos para salvar la vida del terrícola invasor. Cuando su prometido la sorprende con el extraño rescatado, aparecen los rostros rudos y rapes apaches que ya habíamos visto en The last of the mohicans (Michael Mann, 1992).

Los monstruosos robots utilizados para la ofensiva contra los nativos y las cápsulas para conectarse a los avatares son idénticos a los ejércitos y a los dispositivos de Matrix Revolutions (Wachowski 2003), mientras que los combates en medio de la jungla, en los que figuran enormes bestias similares a extintos saurópodos, invocan las memorables batallas recreadas por Oliver Stone, a lomo de paquidermos, en Alexander (2004). A propósito de reptiles prehistóricos, los gigantes voladores amaestrados por los na’vi, la tribu nativa de Avatar, son los pterodáctilos de Jurassic Park III (Joe Johnston, 2001).

En este ir y venir el ex marine, entre su presente humano de inválido, y su existencia paralela en el cuerpo de su avatar alienígena, surge la pregunta inevitable: “¿Cuál es la realidad?” Mientras el personaje toma partido por los nativos, por algo más que “una cola”, ya ha decidido también instalarse ahí con su cuerpo paralelo, al que sí le sirven, por cierto, las piernas.

Ahí, en ese punto de reflexión, se esconde el cuento “La noche boca arriba”, de Cortázar, en el que un motociclista, en el siglo XX, sufre un accidente, y mientras es trasladado en una ambulancia tiene desvaríos en los que se ve colocado en una piedra de los sacrificios de las guerras floridas. Cuando el pedernal se cierne sobre su pecho, sabe que le basta abrir los ojos y ver el rostro de los paramédicos, operación repetida durante el trayecto al hospital, pero entonces cae en la cuenta que ya es imposible.

La punta del arma se aproxima y él sólo recuerda haber ido montado en un gran insecto que zumbaba bajo sus piernas antes de ser atrapado por los guerreros rivales. Basta ver el rostro triangular, los ojos felinos y la gran talla del avatar, decíamos líneas atrás, para encontrar al autor del relato bosquejado, el gran cronopio, en este millonario homenaje de Cameron a sus aficiones fílmicas y literarias.