Drogas, sexo y hadas

POR Opera Mundi
En una sociedad necrófila, como lo fue la victoriana, que rendía culto al acero, la ansiedad por evadirse encontró también un vehículo perfecto en el opio y el láudano, drogas que estaban dirigidas especialmente al consumo femenino, sector que empezaba a integrarse al mercado labora

¿Cree en hadas? No sé usted, pero si esta pregunta se la hubieran hecho a Arthur Conan Doyle, padre putativo de Sherlock Holmes, el detective más racional de la literatura de misterio, habría respondido afirmativamente. Y lo cierto es que tampoco hay que sorprenderse mucho de que Doyle suspirara por un universo risueño de duendes, nibelungos y demás seres fantásticos de los bosques, sobre todo si se considera que el escritor fue parte de una sociedad que respiró una atmósfera mágica y nebulosa donde lo fantástico tenía perfectamente cabida en las dimensiones de la realidad.
Pero toda creencia tiene un principio y en este caso hay que echar la culpa a William Shakespeare, quien con sus obras Sueño de una noche de verano y La tempestad pobló de criaturas traviesas y aviesas la imaginación victoriana, ya de por sí turbada por el consumo excesivo de láudano y opio. De las obras del bardo surgió una temática vasta que con el correr de los años quedó plasmada en óleos, dibujos y acuarelas lo suficientemente grande como para montar hoy día exposiciones en los museos. Y lo más curioso de todo es que los artistas cuyo arte tomó como base las obras de Shakespeare, en vez de inspirarse en los personajes estelares del dramaturgo, como Oberon y Titania, que eran altos, graciosos, de porte clásico, prefirieron centrarse en seres más grotescos y diminutos, personajes que no por simpáticos dejaban de realizar actos sexuales de toda índole medio ocultos en el follaje del bosque.
Magia a ras de suelo
El elemento erótico estuvo presente prácticamente desde el origen de las pinturas de duendes y hadas, tal y como puede apreciarse en las obras de Joseph Noel Paton, quien es más conocido por sus proyecciones sexuales personificadas en seres fantásticos que por los impresionantes retratos que hizo de los dignatarios de la iglesia de Escocia. Sus obras metafísicas tuvieron un enorme arraigo en la sociedad victoriana, que gustaba escabullirse de la realidad con lo que tuviera a mano, que en este caso eran pinturas densamente pobladas por seres que vivían al ras de la tierra, con severos rostros masculinos, y personajes femeninos semidesnudos y con una enorme disposición a ser seducidos por los veleidosos que tenían enfrente, eso sin contar al resto de los habitantes del bosque quienes, escondidos detrás de los arbustos, espiaban las escenas con caras de verdadera satisfacción vouyerista.
Dicha algarabía de la carne sonrojó incluso al afamado escritor y fotógrafo Lewis Carroll, quien tampoco era lo que se dice una perita en dulce, pues gustaba fotografiar a niñas en circunstancias que harían la delicia de cualquier alma pedófila. Carroll se lamentaba de que los pintores de su época dejaran para mejor ocasión temas plásticos como la confrontación entre Oberon y Titania, aunque reconocía la belleza de los desnudos victorianos en los que las hadas, no obstante su condición casi etérea, eran unos portentos de mujeres, suaves y blancas como el mármol, pero inalcanzables a no ser por las fantasías sexuales del público que asistía a las galerías y lugares de exhibición de las pinturas de Paton.
Pero el sexo no es el único elemento perturbador en la plástica victoriana. John Anster Fitzgerald, especialista en imágenes de muchachas que en sus sueños se encuentran clandestinamente con mancebos del bosque, también contribuyó a construir el paisaje de la fantasía, al pintar duendes que habitaban en hongos rojos con enormes puntos blancos, talofitos extrañamente similares a los miquetos alucinantes que nuestra hermosa provincia mexicana produce hasta para exportar. Pues bien, resulta que esas hermosas e inocentes muchachas reposan en un sueño parecido al que produce el láudano.
Es en ese estado de duermevela en el que el artista se da amplio vuelo para describir circunstancias alternativas de la realidad, las que sazona con tumultos de seres grotescos que remiten inmediatamente a los demonios pintados por el pincel maldito de Hieronymus Bosch (El Bosco). En los motivos de John Anster Fitzgerald el infierno ha sido domesticado, ha perdido sus facultades punitivas; ahora lo que sobresale es un universo paralelo en perpetua orgía, delicado incluso, donde los duendes hacen el amor, organizan festines, cazan y duermen entre nidos de ruiseñores.
El dogma fantástico
Así como el delirio por los OVNI distinguió un periodo del siglo 20, alentado en el Estado norteamericano para crear un sentimiento de unidad nacional que se opusiera a la amenaza comunista que provenía allende el mar, el regreso de la tradición de las hadas durante el siglo 19 no fue sólo decorativa. Capturó la imaginación y el espíritu de una sociedad que, antes que todo, estaba dispuesta a “creer”. Los victorianos no sólo fueron encantados por el dogma fantástico sino que se tragaron por entero todo lo que tuviera un dejo de fantasía y magia, fuera esto hadas y duendes o espiritismo, una práctica esta última que tuvo flagrantes opositores como el ilusionista Harry Houdini y fervientes adoradores como nuestro mal avenido y efímero presidente Francisco I. Madero.
Un estudio más profundo de la cultura victoriana arroja un saldo negativo que puede explicar por qué aquella comunidad deseaba a toda costa escabullirse por cualquier medio —literario, plástico o químico— de la realidad. El colorido de la tradición de hadas, duendes y bosques contrastaba con los vicios y horrores de aquel presente, pues no hay que olvidar que ese trozo del pasado británico también fue el escenario de la opresión patriarcal, del racismo y el colonialismo exacerbados, de la explotación inaugural de la infancia, fue, para acabar pronto, el telón de fondo en el que Jack el Destripador mutilara para siempre las entrañas de la historia.
En el libro Strange and Secret Peoples, la catedrática Carole G. Silver señala que el renacimiento de la tradición fantástica en la sociedad victoriana posee poderosas raíces en la literatura, así como en el creciente desarrollo del folklore y la cultura antropológica, este último impulsado por las teorías de Charles Darwin y en el discurso de la alteridad generado por las ideas nacientes de la raza y de la necesidad de hallar una narrativa que, sin importan cuán cruel fuera, ofreciera un alivio a la historia mecánica y vacía del universo industrial victoriano.
En una sociedad necrófila que rendía culto al acero, la ansiedad por evadirse encontró también un vehículo perfecto en el opio y el láudano, drogas que estaban dirigidas especialmente al consumo femenino, sector que empezaba a integrarse al mercado laboral, por lo que era necesario, para su mejor explotación, mantenerlo en estado soñoliento.
Por ello, no resulta extraño que la sociedad victoriana creyera a ojos cerrados en un mundo de hadas, que no era sino el remanente de una época de oro cuyos máximos representantes son los druidas, los cuales fueron expulsados a los bosques a causa de la persecución cristiana. En los druidas, y posteriormente en los celtas, los victorianos atisbaron una raza fuerte y poderosa, clandestina, contraria a los despojos que dejaba a su paso el progreso del industrialismo, el cual trajo consigo, entre otras cosas, una miríada de enfermedades infantiles que se resistían a la explicación y a la cura: espina bífida, fibrosis cística, parálisis cerebral, entre otras.
El horror de las pequeñas muertes no tenía explicación racional, pero sirvió de contexto para que nuevamente el bosque, como lo había hecho anteriormente con los druidas, albergara y protegiera a los seres pequeños ahora colmados de magia y fantasía, luminosidad y características primigenias, representadas éstas en la máxima travesura que el ser humano se permite: el sexo.