Henry Ashbee: el modelo Jekyll

POR Opera Mundi

Henry Ashbee, un honorable hombre de negocios victoriano, bien pudo ser el modelo para que Robert Louis Stevenson escribiera Dr Jekyll y Mr Hyde, con la salvedad de que el comerciante era un monstruo moral, devorador insaciable de pornografía

Los mundos ocultos capturan nuestra imaginación. Los criminales en sus bajos fondos y los ciudadanos educados de la alta sociedad con sus secretos oscuros no dejan de intrigarnos. Como mostró el éxito fenomenal Dr Jekyll & Mr Hyde de Robert Louis Stevenson, los respetables victorianos estuvieron siempre bajo sospecha de enmascarar la depravación y la violencia.
Y precisamente un victoriano, Henry Ashbee (1834-1900), pudo haber sido el modelo perfecto de Henry Jekyll. Ashbee fue un próspero hombre de negocios urbano que sirvió como master de un gremio de la ciudad de Londres y cuya casa de campo contaba con 23 habitaciones. Sin embargo, su Edward Hyde aparecía gracias a la pasión compulsiva que sentía por la pornografía. No sólo coleccionó grandes cantidades de material para adultos sino que también escribió copiosamente del tema.
Aunque algunas facetas de la vida de Ashbee permanecen en la niebla, se sabe mucho de él debido a que este conjurado del sexo tuvo a bien escribir un exuberante diario en el que, quizá sin que éste fuera su objetivo principal, reconstruyó la doble vida de un obseso victoriano.
Noble pornógrafo
Ashbee se educó en el seno de una familia de clase media de Hounslow. En 1862 contrajo matrimonio con una joven judía de Hamburgo, cuyo padre incorporó al yerno al negocio de la mercería fina y de la exportación de maquinaria en toda Europa. El matrimonio, que produjo varios hijos, duró casi 30 años, hasta que un día, por razones aún desconocidas, la esposa de Ashbee dejó el hogar para nunca volver.
La seriedad en los negocios se tradujo en prosperidad y prestigio para Henry Ashbee. Pero incluso sus acciones más abiertas tenían un lado secreto. Por cuestiones de negocios, Ashbee viajaba constantemente por toda Europa y hay registros que indican que para 1880 ya había dado la vuelta al mundo. No obstante, en todas partes sus deberes oficiales encubrían su incesante búsqueda de curiosidades sexuales (por ejemplo, alguna vez examinó las anomalías corporales de un hermafrodita de nombre Balzac).
En París –donde el negocio de la familia de su esposa tenía una sucursal–, en Bruselas y en Amsterdam, los epicentros editoriales de los libros indecentes, Ashbee adquirió una gran diversidad de productos eróticos. Su gran colección la dispuso lejos del hogar familiar, en departamentos que él rentaba y donde se entregaba a entretenimientos lascivos en compañía de sus amigos. Dentro de su colección destacaba una bibliografía sistemática de erotismo, toda ella firmada por Pisanus Fraxi, seudónimo de Ashbee.
Ashbee visitó muchas colecciones extranjeras en sus expediciones, mismas que describiría con pelos y señales en sus libros. Su meticuloso catálogo fue tanto preciso como voluntariamente humorístico, además de que no debe dejarse de lado su obsesión por la clasificación exacta. Los factores anteriores dan por resultado que salga a la luz un pequeño mundo, más reducido incluso que el de las hadas: el de los pornógrafos del siglo 19, rebeldes entusiastas que opusieron su lúbrica imaginería a los dictados de la reina Victoria, reina obesa pero sin entrañas que enrojecía de escándalo ante los desnudos, pero a la que la explotación infantil no le quitaba el sueño.
Las investigaciones actuales en torno al universo cerrado de la pornografía en la era victoriana, una de ellas conducida por Ian Gibson, han documentado que Henry Ashbee fue el autor de la obra anónima My Secret Life, 11 volúmenes que fueron impresos por vez primera en Ámsterdam alrededor de 1890.