LA BAILARINA

POR Patricia Highsmith

Bailaban maravillosamente juntos, avanzando de un lado a otro de la pista, a los eróticos ritmos del tango, y algunas veces del vals. A la edad de veinte y veintiún años, respectivamente, Claudette y Rodolphe se hicieron amantes. Quisieron casarse, pero su empresario consideró que resultaban más excitante para los clientes si no estaban casados. Así que permanecieron solteros.
El salón de baile donde trabajaban se llamaba El Rendez-vous, ya era conocido entre cierta clientela, como una cura eficaz contra la impotencia de hombres maduros y gastados. Basta con ir a ver bailar a Claudette y Rodolphe, decían todos. Los periodistas, intentando poner un poco de picante en sus columnas, describían su número como sadomasoquista, porque a menudo parecía que Rodolphe iba a estrangular a Claudette. La asía por la garganta, doblándola hacia atrás, avanzaba o retrocedía -daba igual- manteniendo a su presa por el cuello, sacudiéndola de tal modo que su pelo se agitaba furiosamente. El público contenía el aliento, suspiraba y los contemplaba fascinado. La batería de la banda de tres músicos sonaba más alta e insistente.
Claudette dejó de acostarse con Rodolphe porque pensaba que la privación estimularía su apetito. Le resultaba fácil excitar a Rodolphe mientras bailaba con él, para luego abandonarle con un movimiento brusco, haciendo mutis acompañada por los aplausos y, en ocasiones, las risas de los espectadores. Bien ajenos estaban al hecho, de que le abandonaba de verdad.
Claudette era caprichosa y no tenía planes serios, pero empezó a salir con un hombre pansón llamado Charles, de buen carácter, generoso y rico. Hasta se acostó con él. Charles aplaudía con fuerza cuando Claudette y Rodolphe bailaban, él rodeando con sus manos al grácil cuello blanco, ella doblada hacia atrás. Charles podía permitirse el lujo de reír. Se la iba a llevar a la cama luego.
Como sus ganancias iban unidas, Rodolphe habló del tema con Claudette: o dejaba de ver a Charles o él no volvería a actuar con ella. O, por lo menos, no actuaría con las manos alrededor de su garganta, como si fuera a ahogarla en un exceso de pasión, que era lo que venían buscando los clientes. Rodolphe lo decía en serio, así que Claudette prometió no acostarse más con Charles. Cumplió su promesa. Charles se distanció; raras veces se le veía por El Rendez-vous; en esas ocasiones andaba triste y abatido, finalmente, no volvió más. Pero Rodolphe se fue dando cuenta poco a poco de que Claudette estaba viéndose con dos o tres hombres. Empezó a dormir con ellos y el negocio prosperó más que con el rico Charles, quien, después de todo, era solo un hombre, con sólo un grupo de amigos a los que poder traer a El Rendez-vous.
Rodolphe le pidió a Claudette que terminara con los otros tres. Ella se lo prometió. Sin embargo, ellos, o sus mensajeros con noticias y flores, continuaron frecuentando el camerino todas las noches.
Rodolphe, no había pasado una noche con Claudette desde hacía ya cinco meses, pero su cuerpo se apretaba contra el de ella cada noche ante los ojos de doscientas personas… Una noche Rodolphe bailó un tango magnífico. Se apretó contra ella como de costumbre y ella se inclino hacia atrás.
-¡Más! ¡Más! -gritó el público, hombres en su mayoría, cuando las manos de Rodolphe oprimían la garganta de ella.
Claudette siempre fingía sufrir, amar a Rodolphe y sufrir a manos de su pasión durante la danza. Esta vez no se levantó cuando la soltó. Ni él la ayudó, como solía hacer. La había estrangulado, con tanta fuerza que ella no pudo gritar. Rodolphe salió del pequeño escenario y dejó a Claudette allí para que otros la recogieran.
Pequeños cuentos misóginos de Patricia Highsmith
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