Marilyn Monroe: peor de lo que se pensaba

POR Lori Leibovich

La tragedia ordinaria de Marilyn Monroe continúa fascinando al público, quizá porque era, como el biógrafo Taraborrelli la describe, “un soldado valiente en una batalla devastadora dentro de su propia mente”

En 1961, Marianne Kris, la psiquiatra que trataba a Marilyn Monroe, estaba convencida de que su famosa paciente coqueteaba con el suicidio. Así que hizo lo que la mayoría de los psiquiatras en ese tiempo habrían hecho: decidió ingresar a Marilyn a una clínica psiquiátrica. Sabiendo que a Monroe le aterraban los sanatorios de enfermedades mentales –su madre estuvo encerrada en uno de ellos gran parte de su vida y su abuela murió en una de esas instituciones—, Kris le dijo a Monroe que iría a un hospital privado de “descanso y relajamiento”. Fue con esos engaños que Monroe ingresó al Hospital Payne Whitney de Nueva York el 5 de febrero de ese año, donde, al arribar, fue escoltada por un pasillo en la que había varias habitaciones con puertas de acero: al llegar su turno fue forzada a entrar a un cuarto acolchonado con ventanas con barrotes. “Estoy encerrada con toda esta gente loca.”, Monroe escribió a sus maestros de actuación Paula y Lee Strasberg. “Estoy segura de que también terminaré loca si permanezco en esta pesadilla. Por favor, ayúdenme”.
Este episodio, bien conocido por los seguidores de Marilyn, es relatado otra vez en la nueva biografía bestseller La vida secreta de Marilyn Monroe. El autor, J. Randy Taraborrelli, escribe que Payne Whitney, una interna que visitó a Monroe después de que ella trató de tirar la puerta del baño de su habitación, le dijo, “Estás muy, muy enferma, muchacha. Y lo has estado por mucho tiempo”.
La biografía de 541 páginas de Taraborrelli se basa en una década de investigación e incluye citas de los archivos liberados en 2006 por el FBI gracias al Acta de la Libertad de Información, acotaciones hasta entonces inéditas que se remontan hasta 1950. Aunque el autor en su introducción promete descubrimientos “explosivos” y “reveladores”, en realidad no hay mucho, de no ser que presenta a una Marylin obsesiva como ninguna otra persona. En vez de eso hay una profundización en la tragedia ordinaria de una mujer que continúa fascinando, a la que Taraborrelli llama “un soldado valiente en una batalla devastadora dentro de su propia mente”.
Caso psquiátrico
Monroe murió de una sobredosis en 1962. De acuerdo con algunas estimaciones se han publicado más de 300 libros de ella, y escritores prominentes como Norman Mailer, Gloria Steinem y Joyce Carol Oates han intentado encontrar algún tipo de significado en su corta vida. ¿Fue una víctima de Hollywood o sólo era verdaderamente feliz cuando era perseguida por los fans y posaba para las cámaras? ¿Fue Norma Jean la niña desamparada en busca de amor y aprobación o fue Marilyn, “el romance de todo hombre con Estados Unidos”, como Mailer lo propuso, o ambas mujeres torturaron al mismo tiempo su psique? ¿Hizo que nosotros (o los Kennedy o el FBI) la matáramos o se mató a sí misma?
Taraborrelli hurga en las primeras relaciones de Norma Jeane Mortenson, incluyendo la de su madre, Gladys Baker, una esquizofrénica paranoide. También presenta pruebas que sugieren que, en su tardía adolescencia, Monroe comienza a escuchar voces, además de que creía que alguien la seguía. ¿Esto significa que su psicosis probablemente precedió su ascenso meteórico a la fama y su caída en la drogadicción? ¿Es esto interesante? Haciendo a un lado el aspecto romántico, flagelante de la narrativa, leemos que “nosotros” el público insaciable, la arruinó. De hecho, no resulta sorprendente, dada su historia familiar.
El libro no investiga en lo que para mí es la parte más interesante de la enfermedad mental de Monroe: la relación poco ortodoxa que la actriz sostuvo con Ralph Greenson, el psiquiatra que la trataba en el momento de su muerte. Greenson era un analista brillante que trató a varios actores famosos (Vivien Leigh, Frank Sinatra, Tony Curtis) y escribió el texto seminal La técnica y práctica del psicoanálisis. Greenson creía que su paciente, atormentada por haber sido abandonada de niña, buscaba pasar tiempo con una familia estable, feliz. Por eso ella eligió la familia más cercana al alcance de su mano, ella misma. Después de una y en ocasiones dos sesiones diarias en su oficina privada de Santa Mónica, Marilyn a menudo acompañaba a la familia Greenson a cenar o sólo a estar ahí; asistió a fiestas con ellos (una vez estuvo en el cumpleaños de la hija del psiquiatra y enseñó a los invitados a bailar twist) y, de acuerdo con Taraborrelli, en una ocasión pasó la noche en la casa familiar de Greenson.
Figura paterna
Taraborrelli, quien ha escrito biografías de Michael Jackson y Elizabeth Taylor, entre otras, es más mesurado con Greenson que muchos otros cronistas de Monroe, algunos de los cuales han sugerido que fue directamente responsable de la muerte de la actriz. “En los años 50 y 60 todos los tratamientos de vanguardia de las enfermedades mentales estaban siendo probados”, escribe Taraborrelli. Los métodos de Greenson fueron rotundamente criticados por sus colegas, y él fue despreciado por la mayoría de los amigos de Monroe, muchos de los cuales pensaban que Greenson era un Svengali que manipulaba a la frágil actriz. “Estás viendo mucho a ese tipo”, le dijo Pat Kennedy Lawford, un amigo cercano de Monroe. “¿Te tiene bajo un encantamiento o algo así”, le preguntó, de acuerdo con una de las anotaciones de Taraborelli.
Greenson era en verdad territorial con su paciente. Contrató a un ama de llaves, Eunice Murray, en la casa de Monroe en Brentwood, a quien le ordenó atender a la actriz y que le reportara cualquier comportamiento peligroso o sospechoso de la estrella. Incluso el psiquiatra intervino en los pormenores de los negocios de Monroe. Cuando estuvo a punto de ser despedida por la 20th Century Fox por desaparecer varios días durante el rodaje de la película Something’s Got to Give, Greenson personalmente garantizó al director que Monroe llegaría directa y puntualmente a trabajar. (Greenson no pudo cumplir su promesa, debido a que Monroe estaba muy deprimida y drogada en esa época, por lo que finalmente fue despedida).
Confesiones de una estrella
Quizá el ángulo más fascinante en la relación Greenson-Monroe fue revelada en agosto de 2005, cuando The Angeles Times publicó un reportaje de primera plana sobre el descubrimiento “de unas grabaciones secretas” que Monroe presuntamente hizo para Greenson poco antes de su muerte. La transcripción de esas cintas las entregó al Times un ex fiscal de Los Ángeles, John W. Miner, quien participó en la investigación de la muerte de Monroe. Miner, ahora en sus 90 años, dijo que Greenson le permitió escuchar las cintas y tomar apuntes, con la condición de que nunca revelara su contenido. Miner mantuvo su promesa por 30 años, pero fue obligado a hacerlo público en un intento por limpiar el nombre de Greenson después de que un biógrafo lo acusó de recetar un medicamente para dormir que resultó ser fatal al combinarse con el Nembutal que ya estaba en el sistema de la actriz.
Las transcripciones rebosan de confesiones con potencial para aparecer en los titulares de los periódicos, incluyendo la de que Marilyn tuvo una relación lésbica con Joan Crawford, y la admisión que el sexo con su ex marido Arthur Miller era sólo “más o menos”, además de su intención de romper con su amante, el entonces ministro de Justicia de Estados Unidos, Robert Kennedy. Pero más allá de esos detalles jugosos, lo que las cintas demuestran más profundamente es que la relación de Marilyn con su analista era extraña, complicada y, al parecer, llena de amor. “Después de que me invitaste a tu casa… he pensado cómo sería si yo fuera tu hija, en vez de tu paciente. Sé que no podría suceder mientras yo sea su paciente, pero después de que me cures, tal vez podrías adoptarme”, narra la mujer que pasó su vida entera en una búsqueda consciente e inconsciente por sustituir al hombre que la había abandonado antes de que ella naciera.
Pero hay algo más extraño. Si Marilyn veía a Greenson como una figura paterna, éste fue un papá que la enseñó cómo tener “el mayor placer que existe”, un orgasmo. “Dijiste que cuando hiciera exactamente lo que me dijiste que hiciera tendría un orgasmo y que después de que lo hice me sentí tal como era yo, y que tendría orgasmos con mis amantes”. Claramente, el de ellos fue un caso de transferencia y contratransferencia corriendo hacia la locura.
Personalidad limítrofe
Greeson fue acusado de tratar a alguien que era intratable, una paranoica esquizofrénica borderline (su diagnóstico), una suicida a la que podía procurarle medicamentos sólo vendidos con receta a los que ella era adicta, pero que de ninguna manera era necesario recluirla en un hospital para enfermos mentales. En las notas sobre el caso de Monroe a las que Taraborrelli hace referencia, Greenson escribe que sentía que debía impedirle “que se comprometiera una vez más, ya que no lo sobreviviría por una segunda ocasión”.
La “verdad” de la relación de Marilyn Monroe con su psiquiatra Ralph Greenson continuará siempre abierta a la interpretación. Greenson murió en 1979 y mientras que sus papeles están almacenados en una colección especial en la Universidad de California Los Ángeles, la mayor parte de los documentos relacionados con la terapia de Monroe han sido sellados hasta 2039. Indudablemente, Greenson cruzó todos los límites en su tentativa por ayudar a Monroe, y pudo incluso haberla dañado.
Siempre estamos buscando el villano para explicar la trágica vida y muerte de Marilyn Monroe. Culpamos a la maquinaria de hacer famosos que es Hollywood, a los esposos equivocados, a los Kennedy y a Ralph Greenson también. Pero no hay villanos en esta historia triste. En el corazón de la historia hay algo mucho más simple: una chica muy, pero muy enferma.
Tomado de: Shine. November 24, 2009.
Traducción: José Luis Durán King.