Patti Smith y Robert Mapplethorpe: dos extraños niños católicos

POR James Parker

En un competido escenario artístico, Patti Smith y Robert Mapplethorpe se conocieron, alentándose, luchando juntos por hacer cada uno su carrera. Ambos llegaron, pero el genial fotógrafo falleció prematuramente

Yo diría que hace tiempo alguien hizo por los católicos los que Steven Beeber, de Heebie Jeebies at CBGB’S en 2007, hizo por los judíos. El rock punk, explicaba Beeber, especialmente el punk rock de Nueva York, es un asunto judío –en apoyo a la discusión que él defendía en torno al ingenio de Lenny Bruce, la poética de Lou Reed, la dialéctica de los Ramones (créanme, había una) y la compleja y fabricada libido de Blondie. Tranquilo, Beeber, hubo otra identidad socio-religiosa trabajando en la contracultura de los años 70 en Nueva York: Patti Smith y Robert Mapplethorpe, quienes, como Jim Carroll y Andy Warhol, eran tribalmente católicos. (Por supuesto estaba el sufrido Jack Kerouac, el abuelito de todos ellos, con sus visiones sacramentales). Y después de leer Just Kids, las memorias de Patti Smith sobre la vida que compartieron ella y Mapplethorpe en busca de sus respectivas vocaciones, uno se da cuenta de que hubo algo más que una coincidencia.
¿Puede alguien golpear a Patti Smith por esto? Me imagino a un profesor de pelo cano o un iluminado dentro de 300 años, al que sus estudiantes curiosos le piden que resuma el fenómeno del siglo 20 conocido como rock´n´roll. “¿Rock´n´roll?”, el maestro dirá, agradecido. “Bueno, no puede haber una pregunta más sencilla, afortunadamente para nosotros. Comienza y termina con Rock´n´Roll Nigger”.
Y como en el rock,n´roll sólo en este ámbito es posible un libro como Just Kids, incluyendo una aparición de Gregory Corso (“Gregory enciende un cigarro y lee de mi pila de poemas abandonados, yendo a la deriva, dejando una pequeña quemada en el brazo de la silla. Yo derramo un poco de mi Nescafé en ella”). El libro es un acto de recordar al modo agustiniano, cercano a La montaña de los siete círculos de Thomas Merton o a la Historia de un alma de Thérèse of Lisieux. El lenguaje es solemne, cada palabra sopesada y el humor es devoto, incluso si los santos y mártires de Smith son una pandilla de quemados herejes románticos. Arthur Rimbaud, en particular, es un consuelo sobrenatural para la joven Patti cuando ella lucha contra las duras costumbres de los años 60 en el sur el Jersey. “Rimbaud poseía las llaves de un lenguaje místico que devoré pese a que aún no lo comprendía totalmente. Mi amor no correspondido por él era tan verdadero para mí como cualquier cosa que ya hubiera experimentado. En la fábrica donde yo trabajaba con un grupo iletrado de mujeres rudas, fui acosada en su nombre”.
El desprecio por Morrison
Al llegar a Manhattan en el verano de 1967, sin un centavo para conseguir abrigo, Smith conoció al joven Robert Mapplethorpe, todo encanto. Los vincula un collar persa de 18 dólares. Smith lo compara a un homóplato, incitando a que Mapplethorpe le pregunte si ella es católica. “No”, responde Simith, “sólo me gustan las cosas católicas”. Mapplethorpe, un ex monaguillo, confiesa que él amaba balancear el incensario. Y así comienzan dos décadas de camaradería espiritual Smith y Mapplethorpe, embriones en Nueva York, se enamoran. Vagan por el underground durante varios años, y mientras Smith lucha con su poesía y canciones, “meditaciones sobre la muerte de Mayakovsky y rumias sobre Bob Dylan”, Mapplethorpe lucha principalmente contra él mismo. Mirando una noche a Jim Morrison hacer lo suyo con The Doors, Smith se siente, no transportada sino inesperadamente sobria, “en un estado de híperconciencia fría”. A partir de ese anonimato, ella aprecia a Morrison, lo comprende. “Sentí un parentesco, pero también un desprecio por él”. Esto fue años antes de que ella descubriera que ella misma era una estrella de rock, aunque Just Kids está lleno de este tipo de augurios.
Mapplethorpe hace cosas, dibuja, persigue sus obsesiones: el ocultismo, las revistas gay. En un aletargado domingo por la tarde toma un hierro y lo incrusta en la ingle de una Madonna. Descubre la fotografía más o menos al mismo tiempo: la lente de la cámara es ajustada a partir de entonces con su marca registrada de pesado erotismo, de reverencia a la carne. Una noche, Smith llega a casa y lo encuentra en las garras de un mal viaje de LSD, “mirando fijamente un espejo oval, flanqueado por una fusta negra y la máscara de un diablo que él había pintado meses antes… El diablo le estaba ganando, adormilando con morfina sus pasos, como si fuese una máscara distorsionada con sangre roja”.
Smith, mientras tanto, toma confianza, elige músicos, trabaja hacia su propia pieza inaugural de blasfemia. “Jesús murió por los pecados de algunos, pero no por los míos”: la primera línea de Caballos de 1975 (con la foto de portada de Mapplethorpe). Ella lo llama “una declaración de existencia”. Y Rimbaud y Corso y Mayakovsky y la prosodia de Bob Dylan, y los temblores borrachos de Jack Kerouac, y los susurros de una infancia de rezos con su “pequeño torrente de palabras”, todo es unido al fin en su estilo, sus “babeloquios”.
Robert Mapplethorpe murió de sida en 1989, lo que condujo a Smith a un profundo semi-retiro y a su matrimonio con Fred Sonic Smith, ex-guitarrista de MC5. Uno siente en momentos en Just Kids una preocupación real por la aceleración destructiva que había alcanzado la vida de Mapplethorpe y que quizá había puesto en peligro su alma. Los dos, sin embargo, fueron amigos hasta el final. Amigos apasionados, lo cual es realmente la imagen definitiva de este libro sombrío y encantador: dos extraños niños católicos, abandonados en el mundo, tratándose el uno al otro con ternura heroica, con generosidad heroica.
Tomado de: Barnes and Noble Review. Enero 19, 2010.
Traducción y edición: José Luis Durán King.

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