Caryl Chessman: una larga pena de muerte

POR José Luis Durán King

En la historia de la pena de muerte en Estados Unidos no ha habido un castigo más severo que el que recibió Caryl Chessman en junio de 1948, a los 27 años, por la comisión de un crimen: dos sentencias de muerte dictadas por el estado de California

Durante 12 años, entre su sentencia y su ejecución, Chessman vivió en la celda 2455 del corredor de la muerte de la prisión de San Quintin, convirtiendo su calvario en uno de los casos más peculiares en la historia legal norteamericana, el cual puede resumirse de la manera siguiente: tres libros de memorias ampliamente vendidos, Cell 2455 Death Row (1954), Trial By Ordeal (1955), The Face of Justice (1957), y una novela, The Kid Was A Killer (1960), además de numerosos artículos y una experiencia sin rival en las leyes estadounidenses.
“Con una energía extraordinaria, Chessman llevó a cabo uno de esos esfuerzos ejemplares de rehabilitación personal, de salvación de sí mismo”, escribió Elizabeth Hardwick en un puntilloso ensayo publicado en Partisan Review, en el momento en que Chessman caminaba hacia la cámara de gas. “Fue esa energía la que lo sacó de la oscuridad para convertirse en noticia para personajes como Albert Schweitzer, Mauriac, Dean Pike, Marlon Brando, Steve Allen, y que desencadenó un motín de estudiantes en Lisbon.”
El caso de Chessman se adaptó en un clásico de las rutinas escénicas de Lenny Bruce, incluso el conservador William F. Buckley Jr. salió en defensa del condenado; el libro Cell 2455 Death Row fue adaptado en 1955 para una película (el contenido autobiográfico fue alterado por Hollywood, pero las características distintivas permanecieron igual); sus obras fueron traducidas a varios idiomas; periodistas de Sudamérica y de Europa viajaron desde sus lugares de origen para entrevistarlo; y muchas canciones populares, como The Ballad of Caryl Chessman de Ronnie Hawkins, fueron entonadas en un intento por salvarlo de la muerte.
Alma en pena
Todo fue inútil, pero el fantasma de Chessman continúa penando en los corredores del sistema jurídico estadounidense. Por ejemplo, su nombre hace todavía algunos años fue mencionado en dos eventos aparentemente sin vinculación entre sí: la ejecución de Tim McVeigh (el bombardero de Oklahoma) y la llegada de George Bush Jr. a la Casa Blanca, un hombre que como gobernador de Texas autorizó la nada despreciable cifra de 153 ejecuciones.
Sin embargo, en otros casos la amnesia rodea al autor de Cell 2455 Death Row. Los pormenores de su caso están profundamente enterrados en los tomos de la historia de la jurisprudencia de Estados Unidos. Asimismo, las antologías Oxford o Norton no contienen siquiera una leve mención a la prosa de Chessman, tampoco ha merecido una simple nota de pie de página en la People’s History of the United States, escrita por el historiador de izquierda Howard Zinn, quien presuntamente realizó una obra en la que los olvidados de Norteamérica son los protagonistas.
Pero se puede decir más: los cuatro libros de Chessman están descatalogados y los escritos inéditos que se sabe que existían en la época de su muerte nunca vieron la luz del día. Quizá en un acto de venganza brutal, el estado de California los destruyó, en un intento infructuoso por destruir al hombre.
¿Se ha vuelto la sociedad estadounidense menos severa, en lo que respecta a los asaltos sexuales, de lo que era en 1948 o 1960? ¿O es un caso específico de amnesia? Al parecer, una verdad ha ganado terreno con el correr del tiempo: Caryl Chessman no fue ejecutado necesariamente por los crímenes de los que se le acusó.
Como el mismo personaje lo apuntó en su libro The Face of Justice, la última de las obras de las que él consideró su “trilogía” y que culminó en secreto horas antes de su cita con el verdugo, él fue ejecutado debido a la incomodidad que causó en Estados Unidos.
“En aquellos días lo que denominé ‘la ley de hule’ prevalecía en el país”, ha opinado George T. Davis, renombrado defensor que fue contratado por un Chessman desesperado en 1955. “No había vuelta de hoja en los casos, debido a que se imponían las confesiones extraídas por la policía. Tampoco había cosas como la Cuarta Enmienda. El policía entraba y salía de los procesos cuando su presencia era requerida. Lo que se extraía de las confesiones quedaba tal cual.”
Así sucedió con Chessman, quien fue forzado a escribir y a firmar una confesión mientras estuvo en custodia en 1948. Más adelante, en numerosas ocasiones, cambió su confesión, pero ya era muy tarde. El estado de California ya había escrito su guión durante el proceso de 1949, endureciendo sus estatutos acerca del secuestro después de que sucedió el rapto y posterior asesinato del hijo de Lindbergh.
“La actitud del estado de California es similar a la actual del presidente Bush”, ha declarado George T. Davis. “Los expedientes son los que valen a la hora de tomar una decisión en torno a la pena capital”.
Chessman, muchos así lo opinan, pudo haber sido inocente de los crímenes por los que fue convicto. Esos crímenes (dos asaltos sexuales) incluían una serie de pequeños robos y dos asaltos. A Caryl se le conoció como “El bandido de la linterna roja”, apodo que derivó de su modus operandi: las parejas de novios de San Francisco eran regularmente “visitadas” por policías extorsionadores que se ubicaban con sus luces rojas detrás de los autos en los que los jóvenes daban rienda suelta a sus pasiones. Las descripciones físicas por parte de las víctimas nunca concordaron con Chessman, además de que éste carecía de antecedentes penales de esa naturaleza.
Un estudio contemporáneo del caso de Chessman realizado por Mark Davidson en The Californian concluyó que “Chessman no fue convicto por violación, ya que en los ataques por los que resultó convicto las víctimas lo convencieron de que el bandido no llevara a cabo el coito. El bandido optó porque le practicaran una felación”.
Lo anterior no significa que Chessman fuera inocente o que se trata de minimizar la pena y el sufrimiento de las víctimas. Por el contrario, sus memorias y su larga década como inquilino del corredor de la muerte ponen en claro que él fue un sociópata irredento. Pero argumentaba convincentemente que era inocente de los crímenes específicos por los que fue condenado a la cámara de gas. “Nunca fui un violador que merodeaba los autos estacionados. Yo sólo fui un asaltante.”
Cambios indiscriminados
El juicio original fue conducido bajo una nube de sospechas y Chessman cometió el error de representarse a sí mismo en la corte. Durante el proceso, la estenógrafa de la corte falleció cuando un tercio de los procedimientos había sido transcrito; los dos tercios restantes de la transcripción fueron hechos por un familiar del abogado acusador, sin la aprobación de Chessman. Este familiar, un alcohólico crónico, hizo cambios indiscriminados e incluso fue incapaz de interpretar su propia letra manuscrita en la lectura final. En resumen, aquello fue un ejemplo del más vulgar travestismo burocrático.
Casi al final del libro The Face of Justice, cuando la muerte se aproximaba nuevamente en 1957, Chessman sostuvo que había “preparado un paquete especial, el cual guardé en un lugar en que no puede ser hallado, editado, suprimido o destruido contra mis deseos. Ese paquete es la evidencia que muestra indiscutiblemente que yo no soy el ´Bandido de la linterna roja´. En el documento nombró e identificó a los verdaderos bandidos de la linterna roja (plural), pues, de hecho, fueron dos. Si los ejecutores ganan, mi paquete nunca se hará público. En caso contrario se hará público exactamente 50 años después del día en que se emita la moratoria que anteceda la cancelación definitiva de la pena capital”.
Caryl Chessman no fue un buen escritor ni mucho menos. Pero fue algo más destacable: un buen pensador cuya claridad de mente y habilidad de plasmar sus ideas y opiniones en la página; no obstante que tenía en contra el acoso, la estupidez y el caos de la prisión de San Quintín supo evocar a los grandes humanistas filósofos. Y la historia de cómo escribió The Face of Justice recuerda un poco a la experiencia de Solyenitzin en el gulag.
El prisionero de la celda 2455 del corredor de la muerte de San Quintín fue ejecutado en 1960. La caja de pandora, respetando sus deseos, permanece oculta, a la espera de que algún día terminé de una vez por todas una era de barbarie y sus secretos puedan ver la luz.
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1 thought on “Caryl Chessman: una larga pena de muerte

  1. Sería cortés, además de justo, mencionar la fuente de la que extrajeron el artículo completo, su enlace original y el nombre del traductor. Es lo que se estila a falta de algo mejor.

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