Junkie Wonders: drogas y literatura

POR John Lanchester

La heroína fue el primer sintético de uso comercial surgido en 1897. Sus descubridores, Felix Hoffman y Arthur Eichengrun, habían hallado también, dos semanas antes, la aspirina. Por algunos años, la heroína pudo adquirirse sin receta médica, mientras que la aspirina requería prescripción

Cuando Oscar Wilde dijo que J.M.W. Turner había inventado los ocasos, el autor de El retrato de Dorian Gray estaba bromeando, aunque no tanto. Wilde se refería a que Turner había hecho de los ocasos un tema de arte y, por lo tanto, la gente podía ver, hablar y pensar de los ocasos bajo una nueva perspectiva. Gracias a Turner, todos nosotros ahora vemos las puestas de sol de forma diferente. En el lenguaje de la teoría crítica contemporánea –a menudo un dialecto bárbaro y en ocasiones útil– Turner inventó el “discurso” de los ocasos.
Es en este sentido que Marcus Boon, en su estudio The Road of Excess, dice que Thomas De Quincey, con la publicación en 1821 de Confesiones de un opiómano inglés, “inventó el concepto recreativo del consumo de drogas”. Más precisamente, De Quincey inventó el discurso de la utilización recreativa de las drogas: la forma total de pensar acerca del consumo de drogas como un pasatiempo y un escape a lo que Baudelaire, en su escrito sobre las drogas de 1858, denominó “paraísos artificiales”. Lo más hermoso de la frase de Baudelaire es la manera en que condensa tres ideas en sólo dos palabras: que las drogas son un “paraíso” porque, por ejemplo, te hacen sentir bien; pero que el paraíso es falso; y que, en cualquier caso, el paraíso es un lugar de donde uno es expulsado. Las drogas pueden ser divertidas, pero arruinan la vida de las personas. Eso todos lo sabemos.
Los 189 años desde la publicación de De Quincey han sido testigos de una gran expansión en la farmacopea, especialmente desde 1862, cuando la compañía Merck empezó a producir cocaína. (Uno de sus primeros clientes regulares fue un ambicioso joven doctor vienés llamado Sigmund Freud, quien argumentaba, entre otras cosas, que “dosis repetidas de coca no producen deseos compulsivos de utilizar estimulantes posteriormente; por el contrario, uno siente cierta aversión a la sustancia”. Sí, por supuesto, Herr Freud.)
La diamorfina, mejor conocida como heroína, fue el primer sintético de uso comercial surgido en 1897. Los hombres que la descubrieron, Felix Hoffman y Arthur Eichengrun, habían descubierto también, dos semanas antes, la aspirina. Por algunos años, la heroína pudo adquirirse sin receta médica de por medio, mientras que la aspirina requería prescripción. Por ejemplos como el anterior, los ironistas profesionales adoran la historia de las drogas.
Después aparecieron los barbitúricos, comenzando con el veronal en 1903; luego las anfetaminas, que se colocaron en el mercado con el nombre de benzedrina, en 1932. La cannabis se volvió sumamente popular en cuanto la Prohibición comenzó, en 1919; el primer intento por prohibir el peyote sucedió en 1921 (el hecho de prohibir es un excelente parámetro de la popularidad de las drogas); el LSD, contribución de Albert Hoffman, hizo su presentación social en 1947; el PCP, mejor conocido como “polvo de ángel”, irrumpió en el mercado como un anestésico con el nombre comercial de sernyl, en 1959, aunque logró una gran convocatoria entre los jóvenes hace apenas unos años; el MDMA, también conocido como éxtasis, comenzó a consumirse en los años setenta, aunque diluyó más cerebros durante los noventa.
Más recientemente, drogas como el GHB (una versión sintética de la gamma-hydroxybutyrate, un químico existente de manera natural en el cerebro) y la ketamina (un derivado del PCP utilizado como anestésico animal) han contribuido con su imaginería en las conciencias de los pobladores urbanos del mundo. Por cierto, la ketamina es una droga muy popular en el universo de los raves y de la música electrónica, pues alcanza la sinergia exacta con las percusiones del sistema de sonido para producir repentinos “K-holes”, es decir, apagones de conciencia en la pista de baile.
La farmacopea anterior se refiere sólo a unas cuantas de las drogas cuyo uso está considerado ilegal y no a los tranquilizantes y antidepresivos que diariamente son prescritos a diestra y siniestra por los plomeros del alma para que los ciudadanos cumplan con sus respectivos roles sociales con más o menos atingencia. ¿Cuáles son esos tranquilizantes y antidepresivos? Los hay de todos colores y hermosas etiquetas, aunque sus nombres comerciales no puedan ocultar sus peores intenciones: valium, prozac, xanax, seroxat, activan y librium, entre otras maravillas.
Fábrica de ensoñaciones
Nadie pone en duda que la era moderna ha sido un periodo heroico en lo que corresponde a invención e ingestión de farmacéuticos. Y los escritores, muchos de ellos, han sido verdaderos entusiastas de aquellas fábricas de ensoñaciones líquidas o sólidas, aspiradas, tragadas, inyectadas o fumadas, y las han tomado en cantidades industriales. ¿Y dónde están los resultados literarios? “Psicodélico” significa “manifestaciones mentales”. Pues bien, ¿dónde están esas manifestaciones? ¿Dónde están las obras físicas que han llegado hasta nosotros como resultado de esta expansión explosiva de la farmacopea, de esta transformación sin precedentes impulsada por los aceleradores químicos de la mente? ¿Han ayudado las drogas para que alguien escriba de manera sorprendente y diferente a como escribía ese mismo individuo sin la aportación de los alcaloides?
Jean-Paul Sartre ofreció una respuesta tentativa a las interrogantes arriba planteadas en los años sesenta, cuando escribió su bloque de pensamientos denominado La crítica de la razón dialéctica. Sartre, consumidor de toda la vida de café, bebedor fuerte, en esos momentos freía su cerebro con coridrane, una forma de anfetamina que se mezcla con aspirinas. El filósofo utilizaba la coridrane en primer lugar para cortar de tajo la modorra que le causaba el consumo de barbitúricos que utilizaba para que le ayudaran a dormir y, en segundo, para mantenerlo despierto en el escritorio para culminar su Crítica. “Para explicarlo brevemente”, le dijo a Simone de Beauvoir, “en la filosofía, la escritura consiste en el análisis de mis ideas; y un tubo de coridrane significa que esas ideas serán analizadas dos días después de ser engendradas”.
En estos días escuchamos un sinfín de referencias relacionadas con el abuso de las drogas, pero muy poco que tenga que ver con el uso, es decir, con esa actitud pragmática que tiene que ver con nuestra química corporal, en la que las drogas son simples estimulantes de la productividad. Tal es la manera en que Sartre trató con ellas y muchas son las obras del filósofo galo que fueron escritas bajo la influencia del speed, incluyendo El idiota de la familia, que es un estudio de cinco volúmenes en torno a Flaubert, y Saint Genet, obra acerca de los escritos de Jean Genet.
Sartre es probablemente un pésimo comercial para hablar del efecto de las anfetaminas como ayuda a la composición, pero eso no significa que sea el único escritor que ha utilizado el speed como catalizador y musa de su obra. De 1963 a 1964, Philip K. Dick, bajo la influencia de la metanfetamina semoxydrina, escribió 11 novelas de ciencia ficción, junto con un gran número de ensayos, cuentos cortos, además de que a uno de sus matrimonios se fue al diablo. Pero si usted se empecina en restarle méritos al corpus literario del señor Dick, autor, entre otras obras, de esa maravilla llamada Sueñan los androides con ovejas eléctricas, entonces hablemos de Graham Greene, quien bajo los dictados de la benzedrina escribió, como producto de sus “viajes” a México, El poder y la gloria, esa novela soberbia de atmósfera paranoica y amenazante.
Sobredosis de blasfemia
El escritor más fino que utilizó el speed sistemáticamente, sin embargo, fue W.H. Auden. Tragó benzedrina cada mañana durante 20 años, de 1938 en adelante, balanceando el efecto del primero con el barbitúrico seconal cuando deseaba dormir. (También mantenía un vaso con vodka al lado de la cama, para “remojarse los labios”, en caso de que despertara por la noche). Auden tomó una actitud pragmática hacia las anfetaminas, considerándolas como un “implemento de servicio” en la “cocina mental”.
Auden parece haber sido incuestionablemente el único de los grandes escritores en utilizar de forma vasta drogas como fuente directa de energía para su trabajo. Él representa la apoteosis de una aproximación utilitaria a las drogas; contrariamente a lo que sucede con el alcohol, bajo cuyos influjos es casi imposible escribir, no obstante que una gran cantidad de escritores requieren de un buen trago antes de escribir y de muchos mientras escriben.
Pese a todo, el caso de las anfetaminas es atípico, ya que la mayoría de las veces los escritores consumen drogas no tanto porque deseen más productividad sino porque simple y sencillamente desean elevarse o, en palabras de Rimbaud, “perturbar sistemáticamente” todos sus sentidos. Si da la apariencia que ellos son más atacados que el resto de las personas es porque, quizá, los escritores toman drogas que los ayudan a aprehender ideas que más adelante usarán, es decir, quedarán plasmadas y serán legibles. Para observar un poco más de cerca este tipo de utilización de las drogas y sus consecuencias literarias vayamos con el más prominente de nuestros opiómanos: Thomas De Quincey.
Nacido en Manchester en 1785, De Quincey fue un estudiante brillante quien, pese a todas sus ventajas intelectuales aparentes sobre el resto de sus condiscípulos, fue expulsado primero de la Escuela de Gramática de Manchester y después del Colegio Worcester de Oxford; le tomó diez años en el periodismo y una serie de artículos para alcanzar sus Confesiones. Entonces tenía 36 años. Él sabía que era especial, pero no había hecho mucho para probarlo excepto tomar grandes cantidades de opio: arriba de 320 gramos al día, lo que su biógrafo, Grevel Lindop, llama “una dosis oral fuerte pero no excepcional”. (Me quito el sombrero ante usted, señor Lindop). Lo tomaba en forma de láudano, disuelto en alcohol, como la gente solía tomarlo en el siglo 19. En cierto sentido, su consumo personal de opio fue su símbolo de distinción antes de escribir sus famosas confesiones.
Las Confesiones se explayan sobre los horrores del opio en una forma en que el lector está tan cerca que siente quemarse. Su autor vaga por diversos lugares, ve cosas que nadie ha contado y su libro pretende ser una advertencia sin moral de por medio. Todo lo contrario: la sobredosis de blasfemia que corre por las páginas de las Confesiones es tal que a partir de entonces aquella se volvió un común denominador en las obras escritas por autores adictos. Por un lado, los escritores exhiben el horror de la droga; por otro, obtienen placer de su propia voluntad por transgredir, y los lectores entran, queriendo o no, a ese juego perverso. Hay ahí un nosotros y ustedes. “Nosotros podemos celebrar el hecho de que todos somos bajo nuestra piel químicamente similares” (por lo que la literatura junkie es una de las más esnobistas) y “ustedes son incapaces de llegar hasta este punto”.
Cambiar una llanta bajo el agua
La mayoría de los escritores adictos adopta la anterior mixtura de advertencia y jactancia. Y lo cierto es que los suyos no son malos libros, aunque algunos de ellos, incluyendo las Confesiones de De Quincey, tienen un status de clásicos que no está plenamente justificado. Junkie de William Burroughs, por ejemplo, fue publicada por primera vez, bajo seudónimo, en una edición pulp doble con Narcotic Agent de Maurice Helbrant. El horrible tono cuadrado y miserabilista de Junkie está más cercano a las advertencias ñoñas de las guías de padres que del panegírico que invita al lector a experimentar con las drogas derivadas del opio.
La diferencia entre Burroughs y De Quincey va más allá de lo simple temporal. Burroughs es más obvio en su narrativa, de hecho ésta principia donde De Quincey sólo evoca. La similitud, mientras tanto, radica en que ambos no sólo eran adictos a los opiáceos sino que los dos sintieron en su momento que las experiencias derivadas del consumo de drogas heroicas eran motivo suficiente para escribir un libro. En este par de escritores, pese a todo, hay un gran respeto por la solemnidad. Lejos están, por decir algo, del tono desacralizador de Ann Marlowe, quien en How to Stop Time dice: “Hacer el amor drogado es como cambiar una llanta bajo el agua”.
También es pertinente señalar que, pese a que se ufanen de lo contrario, tanto Burroughs como De Quincey no estaban lo suficientemente limpios de sus respectivas adicciones al momento en que publicaron sus libros. Burroughs, se sabe, continuó recurriendo a la metadona hasta su muerte, sucedida en 1997. Pero en este caso en particular, lo que sucedió con William Burroughs después de escribir Junkie es menos importante de que lo que vivió –incluida por supuesto la muerte de su esposa, ocurrida como consecuencia de un juego perverso– antes de ser escritor.
En fin, al echar una mirada panorámica a lo que se ha escrito sobre drogas, uno se ve tentado a decir que, en conclusión, no hay mucha tela de dónde cortar. Paraísos artificiales, Bright Lights, Big City, Almuerzo desnudo, The Basketball Diaries, Las puertas de la percepción y Trainspotting. No es una mala lista, pero no se puede pretender que las drogas hayan legado a la literatura de un nuevo canon de mejor escritura. El efecto de las drogas y la cultura de las drogas trasminaron con mayor fuerza el universo de la música popular. Pero esta es otra historia que a mí no corresponde contar y prefiero esperar que alguien tome el turno al bat.
Tomado de: CondéNet.
Traducción: José Luis Durán King.

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