Si, soy una PERRA ¿y?

POR Kate Figes

Por siglos, la definición de perra fue endosada a las mujeres sexualmente promiscuas. Después, cuando la mujer adquirió más poder durante el siglo 20, el adjetivo se expandió hasta incluir otras connotaciones. Ahora los hombres tienden a llamar perras a las mujeres de las que no pueden obtener lo que desean

Es más lo que une a hombres y mujeres que lo que los separa, pero cuando aparecen los estereotipos negativos, las mujeres triunfadoras doblan las manos. Las mujeres son “mandonas” y al crecer se vuelven “quejumbrosas”, mientras que los hombres de todas las edades son “autoritarios” y “líderes naturales”. Que los hombres se reúnan para beber está considerado una interacción social positiva o un “asunto de trabajo”; pero cuando las mujeres hacen lo mismo entonces son “chismosas”. Pero el estereotipo que más odia la mayoría de las mujeres es el de “perra”. Hay hombres perros también, por supuesto, sólo que en su caso son catalogados como maquiavélicos (con una palpable aura de respeto) o aclamados por su ingenio mordaz. La actriz Bette Davis lo resumió así: “Cuando un hombre da su opinión, es un hombre; cuando una mujer opina, es una perra”.
Por siglos, la definición de la palabra perra fue endosada a las mujeres sexualmente promiscuas. Después, cuando la mujer adquirió más poder durante el siglo 20, la definición se expandió hasta incluir otras connotaciones. Ahora los hombres tienden a llamar perras a las mujeres de las que no pueden obtener lo que desean. Así, si una mujer cancela una cita, es una perra. Si asciende posiciones más rápido que él, es una perra. Si se convierte en su jefa y echa abajo las ideas de él, es –ya podrán adivinarlo– una perra.
Asociaciones actuales del argot subrayan el hecho que, para algunos, la idea de llamar perra a una mujer es sólo un término despectivo. Los motociclistas “montan perras”, pero sólo cuando su propia moto no está disponible. Entre los adictos a la heroína, la arteria mayor para inyectarse es conocida como “su perra”. Ese tufo de pelo pequeño, poco atractivo que algunos hombres dejan crecer debajo de su labio inferior es conocido como perra, presumiblemente porque es una vaga remisión a los genitales femeninos.
Gracias por el cumplido
Dado que todas son connotaciones negativas, no debe sorprender que la mujer sienta miedo de ser llamada perra. De hecho, pienso, que es algo que debemos celebrar. ¿Por qué? La revista feminista estadounidense Bitch explica en su sitio web: “Cuando es utilizado como insulto, perra es un epíteto dirigido contra las mujeres que ofrecen sus puntos de vista, que tienen opiniones, no se avergüenzan de expresarlas y no se sientan a sonreír incómodamente si son impugnadas u ofendidas. Si ser una mujer que se expresa es ser una perra, aceptaremos ese cumplido, gracias”.
El sitio web Heartless Bitches International está de acuerdo, anunciando en su página de bienvenida que Bitch [perra] significa [por sus siglas en inglés] Being In Total Control Honey [Tener el Control Total Cariño]. Es un signo de fuerza y honestidad en la mujer.
Después de todo, miremos algunas de las mujeres que han sido llamadas perras. Michiko Kakutani, la feroz crítica del New York Times, ha sido acusada por el establishment literario masculino de ser “rara” y una “feminista” que deliberadamente apalea a escritores como Norman Mailer simplemente porque es un autor masculino. Casi podemos leer la palabra perra entre líneas, ¿no es así? Pero Kakutani es una periodista ganadora del premio Pulitzer que se ha dedicado a la literatura. Sus reseñas son apreciaciones honestas más que adulaciones a los autores increíblemente bien conocidos, algo que tiende a hacerse mucho de este lado del Atlántico. Es difícil creer que Kakutani sufra ese tipo de crítica sólo por dar su opinión como lo haría un hombre.
Las perras provocan escalofríos porque desacatan las buenas maneras y hablan con la verdad. Feministas como Germaine Greer y Julia Burchill sobresalen en el arte debido a que desafían con sus argumentos al decir lo que realmente piensan de otras personas, incluso cuando sus postulados ofenden. Ahí está Joan Rivers, una de las mujeres vivas más alegres, que se ha hecho de un prestigio salvando a otras mujeres famosas, casi siempre salvando sus apariencias. Lo que ella dice odiar es la deshonestidad, los pretextos, que esas mujeres nieguen haberse hecho cirugías cosméticas. Y lo que podría ser considerado crueldad se mitiga por su propia desaprobación: “Me hubiera gustado tener una gemela y así poder ver cómo luciría sin cirugía plástica. Mi mejor control natal ahora es dejar las luces prendidas”.
Qué tipo de perra es usted
Muchas de nosotras estamos aún tan doblegadas por los estereotipos convencionales de cómo la mujer debe ser –desinteresada, amable, entregada a otros, tranquila y solidaria–, una buena chica esencialmente, que la verdadera chica interior es negada. Si nos insultan ponemos la otra mejilla y no decimos nada. Encontramos difícil competir o pedir aumento de sueldo porque no estamos seguras de merecerlo. Se supone que no debemos gritar o enfadarnos frente a las injusticias que afrontamos como mujeres. Nos convertimos en la perra, la chica mala, cuando queremos más, cuando no estamos preparadas a hacer lo que tenemos que hacer y cuando ser escuchada es más importante que ser linda. Ese es un sentimiento liberador. Si tememos ser etiquetadas como perras, seguimos buscando la validación de los hombres y de sus condiciones más que de las nuestras.
Por supuesto, hay una diferencia enorme entre la perra “fuerte” de la que estoy escribiendo, la mujer que felizmente se burla de los estereotipos convencionales femeninos, y la perra “débil”, cuya personalidad procede de la vulnerabilidad y que manipula a otros para sentirse más fuerte. Las adolescentes fingen ser perras cuando se sienten vulnerables y perrear a lo pendejo es común en nuestras escuelas. Esto es raramente detectado debido a que puede ser muy sutil, pero cuando las mujeres perrean desde una posición de envidia y vulnerabilidad eso puede tener efectos devastadores, como lo hemos visto en la casa del Big Brother. En nuestra cultura abunda ese tipo de perreo débil y las chicas tienen poca guía sobre cómo desprenderse de ese estereotipo feo y malo para ser una perra fuerte y buena que enfrente el mundo con coraje.
Perrear puede ser inteligente, con más ingenio e ironía que sarcasmo. Es también más sutil que el instrumento obtuso del insulto. Joan Crawford alguna vez presumió que su primer marido, Douglas Fairbanks Jr, la introdujo a las grandes ligas, mientras que su segundo esposo, Franchot Tone, la enseñó a expresarse bien, junto con palabras como “metáfora” y “transferencia”. Cuando escuchó eso, Jean Harlow respondió: “Y ella le enseño a él palabras como “brincar” y “coger”.
Piensen en todas esas perras fantásticas que se han ido antes que nosotras, desde Jane Austen, Margot Asquith y Eleanor Roosevelt, hasta la extraordinaria rivalidad verbal entre Bette Davis y Joan Crawford. Katharine Hepburn, Tallulah Bankhead, Lauren Bacall y Greta Garbo fueron mujeres fuertes, inspiradoras, que rotularon con fuego grandes líneas en la pantalla como: “¿Por qué soy tan buena interpretando perras? Yo creo que se debe a que no soy una perra”, dijo Bette Davis, preparando un golpe perfecto. “Quizá ése es el por qué la señorita Crawford siempre interpreta damas”.
La vida sería extremadamente aburrida sin esas mujeres o los personajes que crearon, Davis como la veterana del cine Margo Channing en All About Eve o Crawford como Crystal en The Women. En la literatura están Emma, las Bingley Sisters y Becky Sharp, personajes femeninos que impresionan porque presentan a las mujeres como realmente son: astutas, calculadoras y verbalmente diestras. Una saludable malevolencia destella debajo de la fachada de chica buena. Tomen de ejemplo a Mae West, quien escribió la mayoría de su material al tiempo que era un símbolo sexual. En su lista de las 15 “Cosas que nunca haría” (que incluyen cocinar, hornear, coser y tomar el hombre de otra mujer) dice sentir pena por las mujeres débiles, buenas o malas. “Una mujer debe ser fuerte tanto en la bondad como en la maldad”.
Tomado de: The Guardian. Enero 26, 2007.
Traducción: José Luis Durán King.