Carol Bundy: cabezas de Barbies

POR José Luis Durán King

Sorprendentemente, el apellido Bundy ha estado vinculado a un par de asesinos seriales, Ted y Carol, ésta última también fanática de la mutilación y la necrofilia

A Carol le gustaba presumir que había sido esposa de Ted Bundy, el itinerante asesino pluralista que atravesó Estados Unidos de costa a costa sacrificando mujeres. Carol había estado casada varias veces (a los 35 años llevaba tres matrimonios), pero nunca con Ted. Fue una más de las mentiras de una prominente mitómana. En realidad, si somos más exigentes, Carol estaba muy alejada del tipo de mujer que agradaba a Ted: joven, delgada, estudiante universitaria, cabello largo oscuro, de rostro hermoso. Carol era rubia, obesa, miope y empalagosa con los hombres. Pero había algunas cosas que Carol tenía en común con Ted: en primer lugar el apellido, además de la pasión por mentir, la gula sexual y, lo más importante, el asesinato y la necrofilia.
Aun con todas las evidencias en contra, Carol se consideraba hermosa y agradable. Sólo que había otras opiniones en torno a ella, las cuales conoció al ser detenida. Su equipo defensor optó por hacer a un lado las especulaciones negativas que circundaban a su cliente y orientó el caso a presentar a la mujer como una víctima más de Douglas Clark, el proxeneta particular de Carol, asesino, pedófilo y mutilador, a quien el familiar de una de sus presas lo llamó “cobarde carnicero de jovencitas”. Pero, ¿fue Carol Bundy otra de las víctimas de Douglas Clark o fue la flama que la heroína de Clark necesitaba para tornarse líquida?
Douglas Clark y Carol Bundy representan el colofón de la época dorada del asesinato serial en la ciudad de Los Ángeles, California. Como si se tratara de cruzados en busca del santo grial, el caluroso enclave costero de Estados Unidos convocó en los años setenta a verdaderas potestades del homicidio reiterativo. Ed Kemper, William Bonin y su banda de homosexuales proscritos, de Lawrence Bittaker y Ray Norris, y de, por supuesto, Angelo Buono y Kenneth Bianchi, los brutales estranguladores de las colinas que consideraban a las mujeres artículos que debían tirarse después de ser usados.
Niña de papi
La madrugada del 27 de junio de 1980, Jonathan Caravello trataba de acomodar su auto en el cajón de estacionamiento correspondiente del edificio de apartamentos en el que vivía. Pero había un objeto que le impedía lograr su objetivo. Caravello bajó de la unidad y vio que lo que le obstruía el paso era una caja artesanal de madera. Pensó que era un regalo que algún despistado había olvidado. Con la curiosidad apenas contenida abrió el presunto cofre del tesoro. Un pantalón de mezclilla envolvía el contenido. Hizo la tela a un lado y la sorpresa fue mayúscula: se trataba de la cabeza de una joven. Además del pantalón, al lado de la cabeza estaba enrollada una playera, en cuyo frente tenía vulcanizada la leyenda: “Daddy´s Girl”, la niña de papi.
La policía llevaba una semana buscando la pieza del rompecabezas que faltaba al cuerpo de la prostituta de 20 años, Exxie Wilson, cuyo cadáver decapitado había ido recobrado de un depósito de basura. Los forenses extrajeron de la extremidad una bala, que correspondía al arma que se había utilizado en el homicidio de dos hermanastras, así como de otra dama de la noche llamada Karen Jones. Las autoridades confirmaron así sus mayores temores: estaban enfrentando a un asesino serial. Y no sólo eso: también se trataba de un necrófilo. A juzgar por el semen hallado en la boca de la extremidad, el homicida había conservado la cabeza durante una semana para divertirse en grande.
Pareja ideal
La cadena de homicidios que la prensa bautizó como “los asesinos de Sunset Strip” comenzó a mediados de junio de 1980, cuando unos trabajadores descubrieron el cuerpo de una adolescente en un contenedor de basura. Con menos de un día de diferencia, la policía encontró el cadáver de otra adolescente, ésta con las piernas abiertas, lo que indicaba una actividad sexual con el cuerpo muerto. Ambas jóvenes habían sido asesinadas con un par de balazos en la cabeza.
Con el rescate de un cadáver momificado en el Valle de San Fernando, el número de ascendió a cinco. El 9 de agosto siguiente, el cuerpo decapitado de un hombre dio un giro al caso y de paso condujo a la detención, primero de Carol Bundy –quien había estado vinculada sentimentalmente a Jack Murray (la víctima masculina)– y después de Douglas Clark.
Al parecer, Carol había conversado con Murray, al que le dijo que estaba involucrada en los asesinatos de las chicas. Por temor a que el hombre la delatara, Bundy lo mató y decapitó con la esperanza de que no reconocieran el cadáver. Sólo que muchas personas vieron que Carol salió del bar en compañía de Murray.
Carol Bundy y Douglas Clark integraron una extraña sociedad de asesinos seriales a los que vinculaba el sexo. Durante su amasiato incorporaron prostitutas y niñas a sus orgías. Paulatinamente, la relación se depravó hasta llegar al homicidio, en el que Carol participó como una muestra de lealtad a su hombre. Una vez que sacrificaban a sus víctimas practicaban la necrofilia, y esa era la razón por la que decapitaban a las mujeres, para continuar gozando con las extremidades. Douglas decía que se excitaba utilizando las bocas muertas porque se le figuraban cabezas de Barbies.
Douglas Clark recibió seis sentencias de muerte y actualmente espera al verdugo en la prisión de San Quintín. Carol Bundy fue condenada a 25 años de prisión. No pudo cumplir su castigo: el 9 de diciembre de 2003 falleció a los 61 años.