CENICIENTA

Del libro Transformaciones, Anne Sexton
Traducción: Patricia Rivas

Siempre lees sobre esto:

el plomero con doce hijos
que gana la lotería irlandesa.
De limpiar excusados a millonarios.
Esa historia.

O la nodriza
una dulce golosina de Dinamarca
que capturó el corazón del hijo mayor.
De cambiar pañales a vestidos de Dior.
Esa historia.

O el lechero que surte a los millonarios
huevos, crema, mantequilla, yogurt, leche
en un camión blanco parecido a una ambulancia
y que se mete a bienes raíces
y hace un dineral.
De la homogeneización a los martinis en el desayuno.

O la camarera
que va en un camión cuando este choca
y gana suficiente con el seguro.
De estropajos a Bonwit Teller.
Esa historia.

Una vez
la esposa de un hombre rico estaba en su lecho de muerte
y le dijo a su hija Cenicienta:
Sé devota. Sé buena. Entonces sonreiré
desde el cielo en el borde de una nube.
El hombre se casó con otra mujer que tenía
dos hijas, bastante bonitas
pero con corazones de barajas negras.
Cenicienta era la sirvienta.
Dormía todas las noches a un lado de la chimenea
y deambulaba por ahí parecida a Al Jolson.

Un día, el padre trajo a casa regalos de la ciudad,
joyas y túnicas para las demás mujeres
y la rama de un árbol para Cenicienta.

Ella plantó esa rama en la tumba de su madre
y creció un árbol donde se posaba una paloma blanca.
Cada vez que ella deseara algo
la paloma lo arrojaría como un huevo al suelo.
El pájaro es importante, queridos, así que escúchenlo.

Después llegó el baile, como todos saben.
Era un mercado de matrimonios.
El príncipe buscaba una esposa.

Todas, menos Cenicienta se preparaban
y comentaban acerca del gran evento.
Cenicienta suplico ir.
Su madrastra arrojó un plato de lentejas
en las cenizas y le dijo: Recógelas
en una hora y entonces irás.
La paloma blanca trajo a todos sus amigos;
todas las cálidas alas de la patria vinieron,
y recogieron las lentejas en un instante.
No, Cenicienta, dijo la madrastra,
no tienes ropa y no sabes bailar.
Eso pasa con las madrastras.
Cenicienta fue al árbol en la tumba
y grito fuerte como una cantante de gospel:
¡Madre! ¡Madre! Tórtola mía,
¡Envíame al baile del príncipe!
El ave dejo caer un vestido dorado
y unas delicadas y menudas zapatillas de oro.
Quizá un paquete muy pesado para un ave común.
Y ella fue. Lo cual no es una sorpresa.
Su madrastra y sus hermanas no la
reconocieron sin la ceniza en su rostro
y el príncipe tomo su mano inmediatamente
y no bailó con nadie más.

Cuando cayo la noche ella pensó que era mejor
regresar a casa. El príncipe la encaminó
y ella desapareció en el palomar
y aunque él tomó un hacha y lo rompió,
se había ido. De regreso a sus cenizas.
Estos acontecimientos se repitieron durante tres días.

Fue entonces, que el príncipe decidió
cubrir los escalones del palacio con cera para zapatero
y el zapato de oro de Cenicienta se quedó pegado ahí.
Ahora podría encontrar a quién le quedara,
dar con la extraña bailarina y quedarse con ella.
Cuando llegó a casa de Cenicienta las dos hermanas
se sintieron encantadas porque tenían hermosos pies.
La mayor fue al cuarto para tratar de ponerse la zapatilla
pero el dedo gordo era muy grande así que simplemente
se lo cortó y se la puso.

El príncipe se la llevó cabalgando hasta que la paloma blanca
le dijo que mirará el chorro de sangre que fluía.
Eso sucede con las mutilaciones.
No pueden sanarse como por encanto.
La otra hermana se cortó el talón
pero la sangre habló como habla la sangre.

El príncipe empezó a cansarse.
Empezaba a sentirse como un vendedor de zapatos.
Pero hizo la prueba una última vez.
Esta vez Cenicienta calzó la zapatilla,
como una carta de amor en un sobre.

Las dos hermanas asistieron
Al banquete de bodas
a hacer lisonjas
y la paloma blanca les sacó los ojos.
Dos sombríos huecos
como si fueran cucharas soperas.

Cenicienta y el príncipe
vivieron, ellos dicen, por siempre felices,
como dos muñecos en un estuche de museo
sin la molestia de los pañales o el polvo,
sin discutir jamás por el cocimiento de un huevo,
sin contarse nunca la misma historia dos veces,
sin llegar a la mediana edad.

Sus queridas sonrisas fijas en la eternidad.
Típicos Gemelos Bobbsey. Esa historia.