Cómo bateó la Academia a Balzac

POR Alfredo C. Villeda
l 5 de noviembre de 1839, a los 40 años, Honoré de Balzac envió una carta al secretario permanente de la Academia Francesa para presentar su candidatura a un asiento vacante en ese recinto, el de Joseph Michaud. Osó argumentar que su vida estaba “consagrada a las letras” y, a diferencia de la mayoría de postulantes de la época, puso a consideración de la inmaculada institución su hoja curricular. La respuesta, el 20 de febrero siguiente, le llegó en forma de sólo cuatro de 39 votos posibles, si bien el novelista ya había declinado al saber que Victor Hugo, El Verso en Persona, también quería esa inmortalidad. El sillón, empero, fue asignado a Pierre Flourens.
Que el lector en las calles del París del siglo XIX no supiera quién era Balzac suena ilógico, pero con un poco de esfuerzo compras la especie. Que los sabios de la Academia lo despreciaran es de escándalo. Más saber, después de develarse en 2008 una serie de cartas de solicitudes de candidatos bateados, que por ejemplo Émile Zola envió 24 cartas con provocaciones como la siguiente: “En el momento en que existe una Academia Francesa, yo debo estar en ella”.
El lector de Balzac sabe que su Comedia humana consta de más de 80 tomos y dos mil personajes. Sabe que el novelista, en ese 1840, hacía más para dar grandeza a las letras de Francia que todos los académicos juntos. Había comenzado una campaña para poner fin a la piratería editorial, ya que sus obras eran copiadas, por lo que fue pionero en materia de derechos de autor. Medio siglo después, el narrador Guy de Mauppasant escribió en Le Gaulois: “Cuando el mayor novelista que jamás haya vivido, el inmortal Balzac, ese atrevido, ese único genio, deseó ponerse bajo la cúpula donde dormitaban los Cuarenta, la vieja se puso a reír como una pequeña loca. ¿Balzac en la Academia? ¡Ja, ja ja! ¡Ciertamente resulta divertido!”
La lectura de la carta de Balzac a la Academia no puede más que sorprender por el tono comedido del monstruo literario: “Tengo el honor de rogarle me inscriba en la lista de candidatos a ocupar el lugar vacante en la Academia Francesa. Los títulos con los que creo poder hacerme de los sufragios son: Le Médecin en campagne, Le Lys Dans la vallée, Eugénie Grandet, La Recherche de l´absolu, Le Livre Mystique y La Peau de chagrin (casi nada, N. del T.). Estas obras no son más que fragmentos de la historia en acción de las costumbres francesas del siglo XIX, empresa a la que me he dedicado desde hace quince años y que requiere mucho trabajo aún para llegar a su fin. Diga a la Academia, señor secretario, que mi principal título es la paciencia y el ánimo de una vida consagrada a las letras, y concédame el honor de remitir mi sincera estima a aquellos de quienes soy su más humilde y muy obediente servidor”. Órale.
A los Cuarenta les valió madre la obsequiosa correspondencia, pero también esos títulos claves de la literatura universal. “Usted, Honoré, es el más heroico, singular, romántico y poético entre los personajes que ha inventado (…) hombre de empresas hiperbólicas y fantasmagóricas”, dijo de él Charles Baudelaire, otro olvidado de la Academia, junto con Téophile Gautier y Gustave Flaubert. Durante las exequias de Balzac, en el cementerio Père-Lachaise, Victor Hugo declaró: “Este filósofo, pensador, poeta y genio ha llevado entre nosotros una vida de tormentas, luchas, querellas y combates, común en todos los tiempos a todos los grandes hombres (…) Él entra el mismo día a la gloria y a la tumba”.
En París hay al menos tres estatuas del gran Balzac. Una es el busto en bronce que se levanta, verde por el efecto corrosivo de la lluvia, en su mausoleo. Las otras dos fueron esculpidas por Rodin y su peculiaridad es que en una el novelista luce abrigado de pies a cabeza, instalada en el bulevar Raspail, y en la otra desnudo. Cuando le preguntaron por qué lo había despojado de su ropa, el escultor respondió: “Honoré es tan grande que no puede andar con ropa de calle, como cualquier hombre de a pie”.
Hace dos días, Simone Veil se convirtió en la sexta mujer en llegar a la Academia (fundada en 1635), una restringida tradición que inauguró Marguerite Yourcenar en 1980, al ocupar el decimotercer asiento, que alguna vez perteneció a Racine. En 1855, cinco años después de la muerte de Balzac, se creó la expresión “Sillón 41” para integrar a los autores que por diversas razones (ceguera, obcecación, hay que suponer), nunca cruzaron esas puertas, entre los que figuran también, por si el lector lo ignoraba, Descartes, Molière, Stendhal, Camus, Proust, Daudet, Rousseau, Pascal, Dumas padre y Nerval.

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