Coral Eugene Watts: el fabricante de pesadillas

POR José Luis Durán King

Este soñador irredento asesinó a por lo menos 13 mujeres y nunca dejó evidencias de sus delitos; purgó sentencia por allanamiento de morada y estuvo a punto de quedar en libertad

Los sueños comenzaron cuando él tenía 12 años. Eran imágenes de mujeres… de mujeres asesinadas, de mujeres a las que él asesinaba. Los sueños eran tan reales que en ocasiones el forcejeo lo tiraba de la cama. Poco a poco, el oleaje de los sueños humedeció las playas de la realidad. Coral observaba a las mujeres, las asediaba, las miraba con sus ojos llenos de maldad. Los impulsos dieron paso a la acción y a los 15 años el soñador comenzó primero a golpearlas, después a estrangularlas. Nunca las violó y rara vez las mutiló. La satisfacción provenía de los actos de cazar y atacar. Nadie sabe exactamente cuántas fueron, pero los registros apuntan que acabó con la vida de aproximadamente 100 mujeres.
Coral Eugene Watts purgó una condena de 25 años (de 60 a los que fue condenado) en la unidad Clements del sistema estatal de prisiones de Texas. Pese a que admitió ser el verdugo de 13 mujeres, diez de ellas de Houston, Watts estuvo en la cárcel no por homicidio sino por allanamiento de morada. Posiblemente sea el único asesino serial negro que habitó en el sistema federal de prisiones de Estados Unidos
Hombre reservado
Harriett Semander suspira cuando habla de su hija, estrangulada, maniatada y abandonada en una cuneta por Watts. Lori Lister aún solloza cuando recuerda la noche que se ocultó en un armario para evitar que Coral Eugene la asesinara. El capitán de la policía de Ann Arbor, Michigan, Paul Bunten, rememora con amargura los años que dedicó a la captura del homicida. Watts, por su parte, no contó a nadie sus hazañas, tampoco hablaba de sus planes a futuro. Siempre rechazó las entrevistas y la correspondencia con sus abogados era escasa y siempre relacionada con el progreso de su caso. La comunicación con su familia fue mínima y en la prisión no hizo amigos.
De hecho, Coral Watts nunca fue un individuo extrovertido. Su vida fue oscura, alumbrada fugazmente por destellos de normalidad y violencia. Cuando su familia supo de la cadena de homicidios múltiples pensó que la policía había aprehendido al hombre equivocado. Una de sus ex esposas declaró que jamás sospechó de él, no obstante que Watts abandonaba la tibieza de la cama para ir a matar.
La extraña motivación de Coral Eugene Watts quizá comenzó en su infancia en Killeen, Texas, donde nació el 7 de noviembre de 1953. Para el doctor Harley Stock, psiquiatra forense de Fort Lauderdale, Florida, quien examinó a Watts, “los asesinos seriales no nacen en la edad adulta. Todo proviene de la infancia”. Sin embargo, la historia personal de Coral Eugene fue muy distinta del resto de los asesinos seriales, cuyas infancias rebosan de hechos traumatizantes. Watts creció en el seno de una familia relativamente integrada. Estuvo al cuidado de sus padres y de su abuela cuando Sharon Yvonne Watts, madre de Coral, decidió divorciarse y empezar una nueva vida. En casa de la abuela, Coral gozó de una amplia libertad en compañía de sus primos. Continuamente incursionaba al bosque de Virginia occidental, donde aprendió a cazar conejos y a desollarlos, una actividad que le proporcionaba un gran placer.
Pero Coral fue un niño diferente en otros sentidos. Fue de lento aprendizaje, pero se esforzaba en los estudios e invertía varias horas al hacer sus tareas. A los ocho años padeció meningitis, fue hospitalizado y perdió un año escolar. La enfermedad le causó una fiebre extremadamente alta y los doctores temieron que el cerebro del niño se hubiera dañado. Al incorporarse a la escuela nada fue igual. Sobresalió en las actividades deportivas, aunque las pocas habilidades que poseía para las otras materias se perdieron totalmente.
Individuo peligroso
El 24 de junio de 1969, Watts repartía periódicos en un edificio de departamentos cuando se detuvo y tocó en la puerta de Joan Gave, una joven que él había visto en la ruta de reparto. Al abrir, Gave recibió muy malas noticias: Coral la golpeó en el rostro repetidamente. Cuando la joven se repuso del sorpresivo ataque gritó con todas sus fuerzas y el agresor huyó. Minutos después, Watts regresó al edificio y terminó de repartir los periódicos.
Al día siguiente, la policía detuvo a Watts. Fue enviado a la Clínica Lafayette, un centro de psiquiatría forense de Detroit. Entre otras cosas, Coral Eugene dijo a los doctores que soñaba constantemente que golpeaba a mujeres, incluso que las asesinaba. Cuando los psiquiatras le preguntaron si aquellos sueños lo perturbaban, Coral dijo que no, “me siento mejor cuando tengo uno”.
“Este paciente es un joven paranoico que está luchando por controlar sus poderosos impulsos homicidas”, estableció la evaluación de la Clínica Lafayette. “Es un individuo peligroso”. Efectivamente, lo era, y en los siguientes seis años Coral Watts pondría todo su empeño para demostrarlo.
En 1974, mientras estudiaba en la Universidad de Michigan Oeste, la policía sospechaba que Watts atacó en promedio a una mujer cada dos semanas. Por ejemplo, entre el 25 de octubre y el 12 de noviembre de ese año, dos mujeres jóvenes fueron asaltadas y golpeadas, y una tercera, Gloria Steele, fue asesinada. Watts purgó un año de cárcel, pero no se le culpó del homicidio de Steele.
Después de procrear un hijo con Delores Howard, una novia de la adolescencia, Coral Eugene contrajo matrimonio en 1979 con Valeria Goodwill. El matrimonio duró sólo seis meses y Valeria decidió romper por lo sano cuando se dio cuenta que el deterioro en la mente de Coral avanzaba rápidamente. Además de las pesadillas de su esposo, por las que incluso amanecía en el suelo, el hombre se volvió descuidado, dejando ropa sucia, basura y trozos de comida en el piso. En una ocasión corto en trozos pequeños las plantas de ornato del hogar.
Una presa elusiva
Valeria Goodwill dice que su esposo de repente se levantaba y salía de casa. “Simplemente se subía al auto y se marchaba, horas y horas”, señala. La policía cree saber a dónde iba Coral Watts. Entre octubre de 1979 y noviembre de 1980 al menos 14 mujeres fueron atacadas, ocho de las cuales fallecieron, en el área de Detroit, en Windsor, Ontario y Ann Arbor.
El 15 de noviembre de 1980, dos patrulleros vieron a un hombre que desde su auto molestaba a una joven. Los agentes pasaron junto al conductor y éste aceleró. Los policías presintieron algo y ordenaron al hombre que se detuviera. La licencia del conductor estaba suspendida y el periodo legal de las placas del carro había expirado. Dentro del auto la policía halló diversos objetos pero nada que inculpara a Watts. El agente Paul Bunten sabía que Coral Watts era el asesino al que había estado buscando en los últimos años, sólo que no pudo probar nada.
La lista de mujeres asesinadas fue en aumento. Lori Lister estaba emplazada para ser la siguiente víctima. Watts la vigilaba mientras ella estacionaba su auto, bajaba de él y caminaba hacia su edificio de apartamentos. Lori se apresuró, pero Watts fue más rápido. La atrapó antes de que subiera las escaleras. La mujer pudo zafarse y corrió hacia su departamento. Antes de sacar las llaves, la compañera de Lori, Melinda Aguilar, abrió la puerta. Ambas entraron, sólo que Watts también lo hizo. Lori se refugió en un armario y vio cómo su amiga era maniatada con el cinturón de un abrigo.
Todo sucedió en minutos. Un vecino que había atestiguado la escena llamó a la policía. Melinda Aguilar, maniatada y todo, saltó desde el balcón para salvar su vida al momento en que las patrullas arribaban. Coral Eugene Watts fue arrestado en un patio trasero mientras intentaba huir.
Pese a que Watts confesó varios homicidios, la policía no pudo hacer nada, al no contar con testigos ni evidencias que lo vincularan con los asesinatos. El 3 de septiembre de 1981 fue sentenciado a 60 años de prisión por allanamiento de morada e intento de homicidio. Para entonces se le vinculaba con 40 asesinatos, incluyendo algunas víctimas en Texas y una cifra que aumentaba en Canadá.
En 1989, la Corte de Texas de Asuntos Criminales redujo la convicción de Watts al demostrar que el tubo con que golpeó a Lori Lister no estaba considerado un arma letal. Un año después la petición de libertad fue interpuesta pero le fue negada. De no haber muerto de cáncer en próstata en septiembre de 2007, Coral Eugene Watts hubiera estado en posibilidades de salir de prisión este año (2010), lo que lo hubiera convertido en el primer asesino serial de la historia que lograra su libertad bajo palabra.

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