De Lawrence Durrell a Alfred Perlès

Querido Joe:
Coincido con usted respecto de las “intenciones” concebidas como un propósito consciente y didáctico de carácter moral o filosófico. Aludo a algo como la gestalt… pues es evidente que nuestro autor crece al mismo tiempo que su obra, y que sus opiniones respecto de su propia envergadura y de su propio sentido se han ampliado y profundizado desde el día que, con Trópico de Cáncer, superó la barrera del sonido y se halló a sí mismo; él mismo ha dicho de Trópico que es un escupitajo, un puntapié en los fundillos del Arte, la Verdad, etc. Y es imposible negar que se trata de un libro destructivo, pero con sentido de fecundación; pero si reconforta e inspira, ello se debe a la exultación que de él irradia… la exultación de quien por sí mismo ha replanteado los valores humanos fundamentales, y que de todo ello ha emergido con una moralidad humana absolutamente propia, fundada en su personal experiencia corporal y espiritual.
   No insistiría ante usted en esta crítica general (usted sabe, yo odio la crítica) si no fuera por el hecho de que estamos analizando obras que no están a disposición del lector, y de que me parece relativamente importante demostrar que Henry no es otro Sade u otro Restif. ¿En qué difiere? Creo importante subrayar que él es esencialmente un escritor religioso… lo cual, por supuesto, es una risible paradoja. Y aquí llego a lo que denominaría la intención fundamental que se encuentra detrás de su empleo de la obscenidad. Ha realizado una conjunción imaginaria entre lo obsceno y lo sacro… lo cual no es precisamente nuevo para Oriente, pero es nuevo y más bien desconcertante para el lascivo Occidente. ¡En Rodas había un santuario de Heracles, y el feligrés sólo podía acercarse profiriendo una letanía completa de obscenidades! En Rozanov leí que el misterio central de la fe judía gira alrededor de una palabra (¿era “milkvah?”. Aquí no tengo libros) que es al mismo tiempo la más sagrada y la más obscena de todas las palabras. Creo que en sus autoconfesiones Henry expresa parte de este terror y este misterio, y sospecho que los tiempos venideros podrán leer Sexus, algunas de cuyas partes son horripilantes, con algo de la paciente ansiedad que demuestran los devotos que visitan esas grandes catedrales indias talladas en la roca, con sus esculturas obsceno-religiosas. ¿No cree que vale la pena señalar este aspecto? Por lo menos quien comprenda la cosa se acercará a la obra alerta y sin prejuicio, y no pensará que se le arrojan insultos y escupitajos… Creo también que este factor explica la pasión del propio Henry por los sistemas religiosos orientales, pues sólo esos hombres santos podrían leer sin prejuicio la aventura espiritual de nuestro amigo, y verían en sus libros una autobiografía espiritual. La existencia de un público japonés no me parece casual.

Arte y ultraje. Correspondencia. Henry Miller, Lawrence Durrell y Alfred Perlès. Ed. La Pléyade, Buenos Aires, 1972.