Líneas evolutivas del infanticidio

POR Martin Daly y Margo Wilson

Durante casi 20 años, Martin Daly y Margo Wilson, psicólogos de la Universidad Hamilton, Ontario, recabaron datos de asociaciones gubernamentales y altruistas. Una de las conclusiones que arrojó su estudio fue la de que un hijo adoptado en edad preescolar tiene 60 veces más probabilidades de ser una víctima del infanticidio que un hijo biológico

En 1971, Sarah Hrdy, graduada en Harvard, viajó al noroeste de India para estudiar a los monos que la harían famosa. El periplo había sido estimulado por una serie de lecturas que Hrdy había hecho de las investigaciones del ecologista Paul Ehrlich acerca de los peligros que entraña la sobrepoblación. Los documentos de Ehrlich tenían como objeto de estudio a los humanos y Hrdy intentaría aplicarlos en unos monos conocidos como hanuman, que son considerados en India una especie sagrada, y alimentados y cuidados por la gente. Viven cerca de las aldeas en manadas marcadamente densas y, en apariencia, esta densidad ha causado entre los animales una conducta patológica extremadamente violenta. Por ello no es de extrañar que abunden los reportes de muertes de cachorros en manos de adultos masculinos.
Sarah Hrdy llegó hasta el deforestado y seco Monte Abú, donde comenzó su recolección de datos. Pronto tuvo la impresión de que los motivos que la habían impulsado a realizar la travesía eran equivocados. “Ahí estaba, viendo a esa gran cantidad de animales, con las crías jugando por todos lados, utilizando a los robustos machos como trampolín, jalándoles incluso las colas, ante la tolerancia más completa por parte de éstos. Los machos parecían enfadarse de vez en cuando, pero nada que evidenciara una hostilidad patológica hacia los cachorros. Aparentemente los problemas se presentaban cuando aparecía un macho llegado fuera de la manada”, apuntó Hrdy en su bitácora.
Los hanuman de Abú están distribuidos en dos grupos. En el primero, un solo macho –raramente dos— vive con varias hembras y las crías de éstas. Las cachorras, cuando crecen, permanecen en la manada; los machos cachorros, ya crecidos, se unirán a otro grupo, a una pequeña banda de machos exclusivamente.
Ocasionalmente, algún cachorro macho ya desarrollado permanece en su manada original, aunque tiene el inconveniente que más adelante sufrirá los ataques, ya sea de las hembras del grupo, de los machos adultos de otra manada o de pandillas mixtas que le harán cambiar de opinión. Al ser expulsado el macho de su manada natural, uno proveniente de otro grupo ocupará su lugar. Hrdy atestiguó un sinnúmero de tomas de posesión y también se percató de que los nuevos machos a menudo perseguían a las crías de la manada, sobre todo a las que habían sido engendradas por machos anteriores. Gran parte de esos cachorros desaparecían. Hrdy desconocía el destino de las crías, pero la gente de los pueblos circundantes a Abú le informó que eran asesinadas por los machos adultos. Poco después de tomar posesión, los nuevos machos se apareaban con las hembras.
“Me di cuenta de que necesitaba un nuevo modelo explicativo”, apuntó en su momento la investigadora. Su nuevo modelo llegaría a ser, dentro de la biología contemporánea, una de las hipótesis más famosas de la conducta animal. No había nada de patológico en el infanticidio de los monos hanuman, Hrdy sugirió. Todo lo contrario, obedecía a un sorprendente sentido de equilibrio: mientras las hembras hanuman alimentan a sus crías no pueden concebir; cuando dejan de amamantar, están listas para el apareamiento.
En la sociedad hanuman, donde la permanencia de un macho con su harén se reduce a aproximadamente dos años, el tiempo es oro. Después de todo, para la supervivencia de cualquier progenie, ésta debe ser destetada antes de que un nuevo macho, siempre potencialmente infanticida, aparezca en el horizonte. Visto de esta manera, el infanticidio podría actuar como una estrategia de adaptación evolutiva para que la paternidad engendre la mayor progenie propia posible.
En los casi 40 años que han transcurrido desde que Hrdy asombró al mundo con los resultados de su estudio, los naturólogos han reportado casos de infanticidio entre un amplio rango de animales. Algunos ahora argumentan que la amenaza del infanticidio es una influencia poderosa y persuasiva que forma parte del mundo animal. Otros teóricos –los menos— incluso claman que el infanticidio fue un factor importante en la evolución humana.
Aunque Hrdy fue severamente atacada al momento de publicar por primera vez su obra, los investigadores se pusieron a estudiar a los monos hanuman. Los teóricos apelaban que en condiciones naturales, en lo profundo de los bosques, jamás habían tenido conocimiento del infanticidio entre los hanuman. En Abú – apuntaban— el cuidado de los humanos había orillado a los hanuman a condiciones de sobrepoblación para las que no estaban preparados y, con el arribo de nuevos machos a los grupos, llegaba también la conducta agresora. En otras palabras, para los teóricos, los hanuman de Abú simple y sencillamente eran anormales.
Tácticas de adaptación
Previo a la década de los setenta, la mayoría de los investigadores veía a las sociedades animales como sistemas tranquilos en los que cada miembro asumía sumisamente el papel que debía desempeñar al interior de su grupo. Las sociedades animales –y las de los primates en particular— eran retratadas como utopías que los humanos debían emular. Pero entonces aparecieron biólogos como E.O. Wilson y Robert Trivers (mentores de Sarah Hrdy) argumentando que dicha visión no tenía sentido en un mundo en constante evolución. Lejos de ser grupos comunitarios pacíficos con papeles pasivamente asumidos, la sociedad animal se conforma de individuos intentando maximizar sus facultades reproductivas. A esta rama de estudios se le llamó sociobiología.
Cuando Hrdy hipotetizó acerca del infanticidio entre los hanuman no estaba explicando sólo la conducta de unos cuantos monos. Estaba empujando a la sociobiología hasta sus extremos lógicos, en los que el mecanismo de reproducción es tan poderoso que puede alcanzar actos antisociales como el infanticidio.
Con el tiempo, Hrdy añadió algunos matices a su hipótesis inicial. Por ejemplo, anotó que las hembras hanuman no mantenían una conducta pasiva cuando los machos intentaban robar sus crías; al contrario, defendían en grupo a las hembras y crías amenazadas. Asimismo, en caso de que los machos hubieran tenido éxito en sus acciones, las hembras asumían una táctica diferente. Algunas, ya preñadas, podían continuar teniendo sexo con los machos invasores, a los que engañaban con la idea de que las crías eran suyas.
Hrdy también empezó a notificar sobre el infanticidio entre otros animales. El infanticidio en manos de “machos del exterior” no era la única estrategia de adaptación practicada en el mundo animal. Una madre puede llegar al infanticidio si carece de los recursos para alimentar a su progenie. Los adultos son capaces de asesinar a las crías de otros padres simplemente por comida, para eliminar la competencia en lugares con recursos limitados.
Década y media después de haber aparecido las investigaciones de Hrdy, prácticas infanticidas fueron reportadas entre ratones, ardillas, osos y ciervos, perros de la pradera y zorros, peces y mangostas enanas, avispas, abejorros y escarabajos de estiércol.
Otros primates se han unido a los índices de infanticidio: monos aulladores rojos, de Venezuela; los gorilas de Ruanda; monos azules de Uganda y lemures de Madagascar, entre otros. ¿Por qué los primates? Carel Van Schaik, primatólogo de la Sociedad de Conservación de la Vida Salvaje, opina que las crías de los primates son particularmente vulnerables al infanticidio. Tardan mucho tiempo en madurar y, en comparación con otros jóvenes mamíferos, están indefensos y expuestos, sobre todo si no van colgados a su madre.
Si las aseveraciones de Van Schaik son correctas, apoyan considerablemente las especulaciones hechas por Hrdy en sus investigaciones: la protección contra el infanticidio pudo tener un profundo impacto entre los primates, incluyendo a los primeros humanos. La crianza entre los humanos, al igual que los hanuman, puede reducir la fertilización de la mujer durante dos o tres años. Tal condición podría ser un incentivo para el infanticidio. Este escenario por supuesto iría contra la visión convencional de los vínculos de largo plazo entre hombres y mujeres, que presuntamente involucran cuidados extra paternales para cuidar a las crías. En vez de ello, Van Schaik sugiere que el infanticidio pudo haber sido el móvil primario detrás de esos vínculos, añadiéndose más adelante la ventaja de incluir un padre para ayudar al desarrollo de los infantes.
El caso humano
Obviamente, estas hipótesis no son fácilmente aceptadas. La mayoría de antropólogos y psicólogos continúa viendo a los humanos como los biólogos alguna vez vieron a los animales. Según el antropólogo Kim Hill, de la Universidad de Nuevo México, “la antropología ha creído por mucho tiempo que todo está encaminado al bien del grupo” y, en el contexto de las ideas de Hrdy sobre infanticidio, la visión de los antropólogos pierde todo sentido. Dichas acciones, cuando ocurren entre humanos, para los antropólogos sólo pueden ser explicadas como resultado de factores culturales particulares o de patología individual. Pero ahí quedan unos cuantos datos perturbadores. En los últimos 16 años, Martin Daly y Margo Wilson, ambos psicólogos de la Universidad Hamilton, Ontario, han recabado datos de asociaciones gubernamentales y altruistas. Una de las estadísticas que más luz arroja al caso es la siguiente: un hijo adoptado en edad preescolar tiene 60 veces más probabilidades de convertirse en una víctima del infanticidio que un hijo biológico.
Aunque en este punto Sarah Hrdy advierte: “No se puede saltar tan rápidamente de los casos de los hanuman al infanticidio perpetrado por el hombre extraño en casa; sin embargo, los fundamentos de la extrapolación ahí están”. En los seres humanos, después de todo, un padrastro no puede acelerar su propia reproducción mediante el infanticidio. Hrdy argumenta que este tipo de abuso está más vinculado a un sentido de competencia, la competencia por la madre. Para la investigadora es difícil imaginar a un padrastro intentando eliminar conscientemente a la competencia, aunque esto no significa que no exista más capacidad de irritación hacia los hijos adoptados. Este tipo de irritación ha quedado plasmado en un estudio reciente hecho por los mencionados Martin Daly y Margo Wilson, en el que comparan las maneras en que padres biológicos y padrastros encaran el infanticidio. En la mayoría de los casos, los padres biológicos disparan o ahogan a sus hijos (a menudo los padres terminan suicidándose), mientras que los padrastros tratan de ocultar el infanticidio bajo el pretexto de una azotaina excesiva.
Lo cierto es que las investigaciones realizadas por Sarah Hrdy sacudieron las ideas de la sociobiología hasta sus cimientos. Lejos de tesis descabelladas como la del “gen infanticida”, Hrdy se limita a señalar que el infanticidio es sólo uno de los extremos del cuidado paternal. La relación que pudiera existir entre las investigaciones llevadas a cabo por Hrdy con los hanuman del Monte Abú y el comportamiento humano quizá corresponde clarificarla a otros estudiosos del tema. Los apuntes, independientemente del halo frío que desprenden, están a la espera de ser interpretados en el contexto social de los humanos.
Tomado de: Crime and Justice, vol. 22: 51-100, 1997
Traducción: José Luis Durán King