María Antonieta: la potestad disoluta

POR José Luis Durán King

El escándalo que rodeó la vida disoluta de la reina María Antonieta fue el contexto perfecto para que las intrigas palaciegas afloraran y condujeran a la aristócrata a perder literalmente la cabeza

El 16 de octubre de 1793, Francia dijo adiós a María Antonieta. “La virgen”, como el pueblo denominaba a la guillotina, fue activada y la reina extravagante, frívola, manipuladora y pervertida fue a parar en dos partes al cementerio de Madeleine. Afortunadamente la historia es veleidosa y en 1993, a propósito de su bicentenario, las conmemoraciones en su honor de alguna manera matizaron la leyenda negra que circunda a la aristócrata de triste fin.
Las festividades incluyeron media docena de biografías, una exhibición de parte de su vestuario, diversas ceremonias y un magno desfile a través del Palais des Sports. Asimismo, el público pudo apreciar el trabajo de una actriz interpretando a la reina en el juicio al momento de recibir la mala nueva de que se quedaría sin cabeza, sentencia que, de acuerdo con las encuestas de 1993, la ciudadanía gala consideraba un regicidio.
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Historiadores, feministas y neonostálgicos del ancien régime participaron activamente en los rituales de exoneración a favor de la princesa María Antonieta de Austria. ¿Qué concluyeron al culminar la celebración? Que María Antonieta no fue, en modo alguno, la cruza de Margaret Thatcher y la emperatriz romana Mesalina, tal y como sus detractores se han empecinado en presentarla. Tampoco fue, dicen, la derrochadora de los impuestos públicos, la que contrataba y despedía ministros a su antojo y mucho menos la orgiástica mujer que gustaba vestirse de sacerdotisa en sus bacanales.
Nada de eso, su club de seguidores ve en ella una víctima y un modelo a copiar. De acuerdo con el moderno manual de martirologios, María Antonieta fue el producto ingenuo de una niñez rechazada, una mujer pasiva y reactiva con un enorme problema de autoestima, además de haberse unido a un esposo prepotente; en resumen, fue un personaje venido a menos con la maternidad, crisol de injusticias, que murió con gran dignidad.
Lo que la reina quiso decir…
En lo que nadie se puso de acuerdo es en lo que se supone fueron sus últimas palabras: “Perdón, no lo quise hacer a propósito”, expresión proferida al momento de caer a los pies del verdugo y que ahora los leales a Su Majestad interpretan como una apología de gracia y nobleza, argumento con el que no están de acuerdo las siempre feroces feministas, las cuales califican al acto como un ejemplo de servilismo zalamero que la historia masculina ha endosado a las mujeres.
Para que no hubiera dudas, los admiradores de Antonieta se metieron de lleno a la tarea de investigar escrupulosamente en archivos y cartas de la época el significado de tan enigmáticas palabras postreras. Nunca quedó nada en claro, aunque la documentación rescatada por los entusiastas muestra a una reina mucho más compleja que las caricaturas pornográficas y los panfletos calumniosos que circularon antes de su decapitación.
Última de los 15 hijos de la emperatriz María Teresa de Austria, María Antonieta fue analfabeta hasta los 15 años. “Sufrió” siete años de noviazgo antes de casarse y fue parte de una familia en la que la locura era matizada con el eufemismo de “ocurrencia”. Por ejemplo, el padre de Antonieta abandonaba los quehaceres políticos para dedicarse a una actividad un poco más seria: a la cerrajería. Antonieta con el tiempo tampoco se quedó a la zaga en materia de ocurrencias, pues tuvo una lengua verdaderamente afilada, la cual también le servía para satisfacer a una considerable cuota de amantes en la que dilapidaba lo mismo joyas que parte del fondo del tesoro nacional. Pero también fue una madre devota que se amoldó al papel real que le correspondió representar, aunque para ello tuviera que soportar los regaños constantes de su familia, la cual, dicho sea de paso, nunca dejó de escandalizarse ante los chismes que circundaban a la reina.
En el adiós de María Antonieta a su cuñada, en la víspera de la ejecución, escribe: “He sido condenada a una muerte vergonzosa —eso es para los criminales—, sólo por replicar a tu hermano. Inocente él, espero que muestre la misma entereza en sus momentos finales”. Cuando tuvo que despedirse de sus hijos y subir al cadalso el 16 de octubre de 1793, la reina era una mujer demacrada y de cabello cano, de apenas 38 años.
Napoleón denominó a la ejecución de Antonieta “algo peor que un regicidio” y la primera rehabilitación de su imagen llegó con la Restauración. La incorporación al estrellato histórico-romántico vendría 200 años después, junto con una Francia desilusionada de modernidad que añora los viejos días de gloria.