El circo del Dr. Lao

Y había un espectáculo sólo para hombres. Era más educativo que pornográfico. No prometía exhibir cabras hermafroditas, ni garañones que mostraban su lascivia corriendo tras las mujeres. Ni tampoco ningún espectáculo de strip-tease. Sino que a partir de dramas y sueños eróticos de tiempos pasados se había elegido a un personaje de aquí, un episodio de allí, una visión furtiva de cualquier parte, y todo ello en combinación producía un efecto que no sólo no olvidaría ningún hombre normal durante bastantes sías, sino que procuraría recordar vívidamente. A causa del carácter especial de esta parte del circo, sólo se permitiría la entrada de los hombres mayores de veintiún años, y preferentemente casados; y quedaba absolutamente prohibida la entrada a cualquier hombre que estuviera bajo la influencia del alcohol.
En la tienda principal del circo propiamente dicho, animada con escenas coloristas que superarían las de la imaginación más viva, se desarrollaría un espectáculo formidable. Ante sus ojos se levantará la aterradora ciudad de Woldercan y el terrible templo de su terrorífico dios Yottle. Y ante sus ojos tendrá lugar la ceremonia del sacrificio ofrecido a Yottle: una virgen será santificada y muerta para propiciar a esta deidad, anterior al propio Bel-Marduk, y la principal, más poderosa y más vengativa que todas. Once mil personas tomarían parte en el espectáculo, todas ellas vestidas según la usanza de la antigua Woldercan. Y el propio Yottle haría su aparición, mientras sus adoradores cantaban el canto de las esferas. Durante la ceremonia se desencadenarían rayos y truenos, y hasta sería posble que se sintiera un ligero terremoto. En conjunto era la cosa más tremenda que jamás se había visto bajo la lona.
Entrada al recinto del circo; los niños en brazos, gratis; la entrada a los espectáculos exteriores a la carpa, 10 centavos. La entrada al espectáculo sólo para hombres, 50 centavos. El desfile a las once de la mañana. El circo se abre a las dos de la tarde; el espectáculo principal comienza a las 2.45. La función de la noche, a las 8. Vengan, vengan todos al mayor espectáculo de la Tierra.
La primera persona en notar algo raro en el anuncio, aparte de sus exageradas promesas, fue el corrector de pruebas del Tribune cuando buscaba errores tipográficos la noche anterior a que saliera en el periódico publicado. Para el señor Etaoin, el corrector de pruebas, un anuncio no era más que un a nuncio, una masa de palabras que había que revisar para evitar posibles errores tanto por omisión como por comisión, errores de forma y de fondo. Y sus meticulosos y astigmáticos ojos bailaban sobre los tipos de aquel auncio que llenaba toda una página, deteniéndose al descubrir cualquier alteración el tiempo suficiente para que su lápiz lo indicara eb el margen de la prueba; luego seguían bailando sobre los grupos de palabras hasta el fin. Después de haber leído el anuncio y de corregir todo lo que había que corregir, lo volvió a repasar desde los caracteres mayores a los más pequeños por si había que corregir, lo volvió a repasar desde loas caracteres mayores a los más pequeños por si había que corregir, lo volvió a repasar por si había omitido algo en la primera lectura. Y mirándolo en perspectiva descubrió que era anónimo, que exageraba hasta los extremos más insospechados las maravillas del espectáculo, pero que no decía de qué espectáculo se trataba, que no aparecía ningún nombre en medio de toda aquella superabundancia de descripciones.
“Aquí hay algo que va mal”, reflexionó el señor Etaoin. Y llevó el ejemplar del anuncio al jefe de publicidad del Tribune para pedirle su opinión.
-Mire –le dijo-, aquí hay un anuncio de un circo que ocupa toda una página y no hay ni una palabra en la que se mencione de qué circo se trata. ¿No es extraño? ¿Es así como se anuncian en los periódicos? Por lo general, estos empresarios de circos pierden la cabeza porque sus nombres aparezcan en el encabezamiento.
-A ver –dijo el jefe de publicidad, tomando el ejemplar-. Dios mío, qué divertido. ¿Pero quién se ha encargado de esto?
-En el recibo aparece el nombre de Steele –informó el corrector de pruebas.
El encargado de los anuncios, Steele, fue llamado al despacho.
-Mire esto –le dijo el jefe de publicidad-. No hay ningún nombre ni nada por el estilo en este anuncio. ¿Qué me dice de ello?
-Bueno, señor, no sé –dijo Steele vagamente-. Un anciano chino me trajo el original esta mañana, pagó el importe del anuncio y dijo que había que reproducirlo exactamente como estaba escrito en el original. Dijo que dejaba a nuestro juicio los tipos de letra y todas esas cosas, pero que las palabras deberían ir exactamente como él las traía. Le dije que estaba de acuerdo, tomé el dinero y el anuncio y eso es todo lo que sé sobre este asunto. El insitió mucho en que no debíamos cambiar nada.
Tomado de: The circus of Dr. Lao. Charles G. Finney. España, Editorial Bruguera, 1977.

Mark Twain: amor y odio por la frenología

POR Delano José Lopez

En la década de los 1870, Mark Twain realizó una prueba de fiabilidad ciega acerca de la técnica de análisis de Lorenzo Niles Fowler, un frenólogo prominente de la época. Los resultados fueron perturbadores para el gran humorista

En A Connecticut Yankee in King Arthur’s Court de Mark Twain, el protagonista, Hank Morgan, observa a su compañero medieval que se revuelca con unos cerdos, pues cree que son nobles encantados, y dice: “Me avergoncé de él, me avergoncé de la raza humana”. La vergüenza propia de Twain y la de sus compañeros humanos que se revuelcan en la susperstición y en la pseudociencia pueden ser apreciadas a lo largo de la carrera del escritor.
Como muchos buenos escépticos, Twain era un bromista experimentado. Cuando era un reportero joven, escribió una sátira sobre los numerosos hallazgos arqueológicos falsos que acompañaron a la expansión de occidente. Presentó como legítimo un artículo que incluía varias improbabilidades geográficas, las cuales, alguien familiarizado con el área local, habría considerado absurdas o falsas; por lo menos eso es lo que pensó Twain. Se decepcionó al descubrir que sus lectores y los crédulos periódicos de Estados Unidos (e incluso los de otros países) habían aceptado la historia sin crítica de por medio.
La facilidad con la que esta burla fue aceptada como un hecho probablemente contribuyó al interés que Twain tuvo toda su vida por criticar y desaprobar tanto las verdades aceptadas como las afirmaciones excepcionales. No sólo era un simple humorista, era un crítico social, literario y político, cuyos objetivos eran el imperialismo estadounidense (To The Person Sitting In Darkness), el antisemitismo (Concerning the Jews) y el fanatismo antichino, (Goldsmith’s Friend Abroad Again), aunque también “las ofensas literarias” de James Fennimore Cooper, entre otros trabajos.
Frenología y los Fowler
Su crítica se extendió a los terrenos paranormales y religiosos, ganándose el desprecio de Mary Baker Eddy y de la Ciencia Cristiana, argumentando que era improbable que Eddy fuera la autora única de Ciencia y Salud. También era escéptico del Libro de Mormón y sus preceptos de la autoría divina. Fue esta hostilidad a la ilusión la que condujo a un encuentro entre Twain y otro gigante del siglo 19, una celebridad con todos sus derechos: Lorenzo Niles Fowler.
Ambos eran hombres hechos a sí mismos que se levantaron desde orígenes humildes hasta coinvertirse en celebridades, cabalgando hacia la fama al encabezar tendencias y los movimientos de su época. Uno, sin embargo, grabó su nombre en la posteridad, el otro se decoloró en la oscuridad. Los dos hombres compartieron muchas semejanzas tanto en carácter como en perspectiva, aunque estuvieron destinados a rivalizar por el articulado de Fowler: la frenología.
Para entender parte del siglo 19 es importante comprender la frenología, pues coloreó mucho del pensamiento estadounidense de ese tiempo, al estar motivada por la conducta humana. Como lo han mostrado sus practicantes y seguidores, casi la totalidad de experiencia humana puede ser explicada mediante el uso apropiado de esta ciencia. Para ese objetivo, Lorenzo y su hermano Orson Squire Fowler publicaron varios libros que abordaban los diversos usos de la frenología en la vida diaria, desde cómo descubrir al compañero ideal hasta qué cualidades deberían ser buscadas en un empleado. La influencia frenológica puede apreciarse en los escritos de Walt Whitman, Edgar Alan Poe y Herman Melville.
Movimiento progresista
Los Fowler alcanzaron prominencia como cabezas del imperio frenológico teniendo de base el Instituto Frenológico de Nueva York, donde Lorenzo realizaba lecturas a sus clientes. Por añadidura, los hermanos entrenaron a la siguiente generación de frenólogos. Vinculado al instituto estaba el Gabinete Frenológico, conocido como “Gólgota”, el cual albergaba una enorme colección de cráneos, utilizados tanto para propósitos de investigación como para museo. El “Gólgota” fue la competencia más seria de P.T. Barnum como atracción para los turistas. Paulatinamente, acudir a las salas de lectura de alguno de los prestigiosos frenólogos se convirtió en una moda, y fueron muchas las celebridades de la época las que prestaron sus cabezas para ser examinadas, incluyendo a Julia Ward Howe, Clara Barton, Hiriam Powers, Theodore Weldand y Edwin Forrest. Los Fowlers se convirtieron en celebridades e incluso fueron satirizados en la prensa popular, junto con su socio de negocios, Samuel Wells.
Los hermanos Fowler fueron también dueños de una casa editorial, cuyo catálogo se especializaba en obras frenólogicas escritas por ellos mismos y otros, y que incluía al Phrenological Journal. Los Frowler no eran en sí frenólogos, pero se consideraban parte de un amplio movimiento progresista contra la superstición y el fanatismo tradicionales, a las que intentaban reemplazar con una reforma racional. Al servicio de este ideal publicaron una colección ecléctica que sería el equivalente decimonónico de los libros de autoayuda, al incluir obras de hidropatía y homeopatía, además de títulos un tanto alejados de la temática del estilo de cómo construir una casa octagonal de concreto. Aunque también incluyeron en su catálogo libros de poesía, del incipiente feminismo y del nuevo arte de la fotografía, destacando la primera edición de Hojas de hierba de Walt Whitman y una revista de fotografía, Vida ilustrada. El círculo de amigos de los Fowler incluyó reformistas y feministas como Amelia Bloomer y el nutriólogo Sylvester Graham.
Mark Twain, a escena
Es irónico que el encuentro entre estos dos ejemplos del espíritu progresista de Estados Unidos tuviera lugar en Londres. Fowler se había mudado a Londres en 1863 y había abierto una sucursal de la firma. (Fowler y Wells tenían al mismo tiempo sucursales en Boston y Filadelfia.) Twain a menudo viajaba Europa y vivió allí durante extensos periodos con la intención de “mejorarse” a sí mismo mediante la exposición a la cultura europea. Muchos estadounidenses del siglo 19 tenían un complejo de inferioridad intelectual con respecto a los europeos.
Twain tenía alguna experiencia con la frenología, pues había escrito de los frenólogos itinerantes de su juventud y sus demostraciones públicas. (Algunos especulan que entre esos frenólogos sin nombre pudo estar alguno de los Fowler, aunque no existen pruebas.) También estaba familiarizado con la técnica ahora referida como lectura fría, de acuerdo con su desdeñosa descripción al comienzo de los Asesinos de Lionizing, en el que el adivino comienza con: “Usted ha tenido muchos problemas, algo de buena fortuna, algo de mala”. Más aún, él estaba consciente de cómo los frenólogos habían utilizado esas lecturas genéricas para tranquilizar a sus clientes. En su autobiografía, Twain describe a los frenólogos que visitaban a Hannibal, un personaje peripatético que era una “autoridad” en la materia.
Apoyado por un conocimiento tanto de frenología como de los trucos de los timadores, Twain realizó una simple prueba de fiabilidad ciega. En 1872 o 1873 visitó la oficina en Londres de Fowler y solicitó y pagó una lectura utilizando un pseudónimo. No está claro si intentó disfrazar su apariencia física y si usó su marca de fábrica: el traje blanco. Como su imagen había sido utilizada en anuncios, tales precauciones habrían parecido pudentes, aunque Fowler no dio indicio de haber reconocido a Twain:
“Fowler me recibió con indiferencia, palpando mi cabeza de forma desinteresada, y nombrando y elogiando mis cualidades con voz monótona y aburrida. Dijo que yo poseía un coraje sorprendente y un anormal espíritu de atrevimiento, voluntad férrea, una valentía sin límite; yo estaba asombrado con eso y gratificado también; yo no me había dado cuenta antes; entonces, revisó el otro lado de mi cráneo y encontró una protuberancia, que él llamó de la precaución. La protuberancia era tan grande, tan montañosa, que redujo mi coraje a una simple loma, siguiendo con la comparación. Fowler dijo que podría colgar mi sombrero en esa protuberancia. Me explicó que si ese cuerno hubiera estado en el lado izquierdo de mi esquema de carácter yo hubiera sido uno de los hombres más valientes que hayan vivido –posiblemente el más valiente—, pero mi cautela era tan prodigiosamente superior que abolía mi coraje y me hacía espectacularmente tímido. Él continuó sus descubrimientos, de los que al final salí sano y a salvo, con cien cualidades grandes y brillantes, las cuales perdieron su valor, debido a que cada una de ellas venía acompañada por un defecto que borraba cualquier signo positivo.
De acuerdo con Twain, Fowler estaba dispuesto a comprometerse con una de las cualidades. “Sin embargo, halló una cavidad, en algún lugar. Esa cavidad, dijo, existía por sí sola, ocupando una soledad, es decir, no era producto de un golpe; sin embargo tenía una leve elevación que daba mayor entereza a su aislamiento. Me sobresaltó [Fowler], al decirme que aquella cavidad representaba ¡la ausencia total del sentido del humor!”
Twain señala que ese mismo defecto era la única desviación notable de su carácter cuando pruebas similares fueron realizadas en la quiromancia, lo que incluso le orilló a enviar correos anónimos con la fotografía de la palma de su mano a quirománticos notables de Londres y Nueva York. De 18 lecturas, el humor sólo fue mencionado en dos ocasiones.
Hostilidad a la disciplina
Twain regresó con Fowler tres meses después para una segunda lectura, esta vez identificándose. En esta ocasión, la lectura fue ostensiblemente diferente:”¡Una vez más él hizo un descubrimiento asombroso: la cavidad había desaparecido y en su lugar estaba un monte Everest –en sentido figurado— de 31 mil pies de altura, lo que para mí fue el mayor golpe de humor que había experimentado en toda mi vida!”
Es necesario mencionar que aquella sólo fue una simple prueba a ciegas, con un individuo hostil a la frenología. Es posible que en esa segunda visita, Twain pudo haberse conducido de una manera más jovial y humorística. Sin embargo, dichas tentativas de decepción no eran desconocidas para los Fowler, quienes afirmaban haber visto tales engaños antes.
Además, el recuerdo de Twain de aquella lectura pudo haberse estropeado. Madeline B. Stern, historiadora literaria y biógrafa definitiva de Fowler, señala que la terminología de Twain (p. ej., “golpes” “cavidades”) es inconsistente con la empleada por los Fowlers. Ella más bien duda que Lorenzo Fowler, conocido por su memoria prodigiosa, hubiera olvidado los rasgos de Twain en tres meses. Asimismo, Twain adujo que había conservado las cartas de las dos lecturas. (Por cuestiones de honorarios, los Fowler sólo proporcionaban una carta frenológica a sus clientes).
“Fui con Fowler bajo un nombre asumido y él examinó mis elevaciones y depresiones; me dio una carta que me llevé a mi habitación del Hotel Langham, donde la estudié con gran interés y entretenimiento –el mismo interés y entretenimiento que pude haber encontrado en la carta de un impostor que había estado haciéndose pasar por mí y que no se parecía a mí en la definición de un solo detalle. Esperé tres meses y fui con el señor Fowler nuevamente, anunciando mi llegada con una tarjeta que tenía impresa tanto mi nombre como mi pseudónimo. Otra vez salí con una carta muy elaborada. Contenía varios detalles bruscamente definidos de mi carácter, pero ni una sola semejanza reconocible con la primera carta”.
Es una tragedia menor para la historia del escepticismo que las dos cartas mencionadas al parecer no han sobrevivido.
Twain, sin embargo, no quedó satisfecho y en 1901 acudió a una lectura final en Nueva York. Lorenzo Fowler había muerto para ese entonces y el negocio había pasado a manos de su hermana Charlotte Fowler Wells y a la hija de ésta, Jessie Allen Fowler. Fue esta última a la que probablemente correspondió dar la lectura frenológica final a Twain. (Pudo ser también Edgar C. Beall, que en esos momentos pertenecía a la compañía y quien más adelante reclamaría haber examinado a Twain personalmente. Sin embargo, el cuaderno de notas de Twain tiene tiene apuntada la cita con Jessie A. Fowler.)
El análisis más adelante sería imprimido en el Phrenological Journal y atribuido al editor. Si fue Jessie Fowler o Beall, el autor es ciertamente un mejor crítico literario de lo que Lorenzo Fowler fue. Esta última frenografía de Twain se centra no en su humor sino en la seriedad y en su preocupación por la humanidad, como quedó demostrado por el gran desarrollo de sus áreas de escrupulosidad y benevolencia. El frenólogo interpreta el humor de Twain como un ser meramente habitual y el medio de sus mayores preocupaciones sociales. Quizá el editor poseía una facilidad mayor para el análisis frenológico que Lorenzo, o quizá él o ella simplemente tenían un mejor conocimiento de la escritura de Twain. Considerablemente, en los casi 30 años que habían pasado desde la primera lectura de Twain su trabajo había madurado y su obra seria era mucho más conocido por el gran público. Su crítica cáustica al imperialismo estadounidense, To the Person Sitting in Darkness, se había publicado el año anterior (1900).
Aunque este análisis fue imprimido, Twain nunca lo comentó públicamente. De hecho, cuando en 1906 le pidieron participar en un simposio de frenología, Twain mencionó sus experiencias de infancia con Hannibal y su prueba con Lorenzo Fowler en Londres, pero no su experiencia más reciente en Nueva York. Madeline B. Stern especula sobre la razón de esta omisión: “Quizá el análisis le continuaba recordando la naturaleza demasiado inquietante de su carácter trágico. Quizá también Mark Twain retrocedió ante la revelación de su fascinación duradera con la pseudociencia de la que él se había mofado, pero a cuyo sortilegio no pudo resistirse”.
Tomado de: Skeptical Inquirer Magazine. Enero/Febrero, 2002.
Traducción y edición: José Luis Durán King.