Marzo 26, 1892. Whitman: la majestad de un dios antiguo


El 26 de marzo de 1892 murió Walt Whitman a los 72 años. Las opiniones extremas y divergentes que rodearon la vida del bardo estuvieron presentes en su muerte. En el mismo número en que publicó su obituario, el New York Times declaró que Whitman no podía ser llamado “un gran poeta, a menos que neguemos que la poesía es un arte”; anticipando esas reacciones, un discurso de funeral señaló que Whitman había “andado entre hombres, entre escritores, entre apariencias y veneraciones, entre literatos de sombrero y sastres, pero siempre con la majestad inconsciente de un dios antiguo”.
Para ese entonces el debate público en torno a este personaje estaba en su quinta década y Hojas de hierba había alcanzado su octava edición. Había habido ciertos cambios desde la primera edición (1855) y las reseñas habían encontrado “una masa de suciedad estúpida”, de un hombre “tan familiarizado con el arte como un cerdo con las matemáticas”.
Todo el esfuerzo que hizo el Atlantic Monthly para elogiar la séptima edición (1822) no había sido suficiente para “paliar la densa impropiedad” que rodeaba al autor. Los “whitmaniacos”, por su parte, estaban en el otro extremo, al grado de que uno de los primeros biógrafos de Whitman lo colocó a la par de Jesús, Mahoma y Buda. Los defensores estaban tan determinados a acabar con los difamadores que, incluso contra las protestas de la familia de Whitman, tenían en su poder el resultado de una autopsia, practicada para buscar evidencia médica que hiciera “callar, de una vez y para siempre, las acusaciones calumniosas de que el libertinaje y otros excesos habían sido la ruina del poeta”.
Whitman no era bebedor, aunque le gustaba la cristalería de champán. Las entradas codificadas a su diario nos muestran que sentía pasión por éste u otro joven, pero que nunca los abordó. Era amistoso, pero firme con las mujeres y los hombres que hicieron avances con él. Era feliz de recibir visitas de los grandes (la lista incluye a Oscar Wilde), pero era más feliz navegando en los transbordadores.
Pudo promoverse con gusto y sin escrúpulos, pero desde su lecho de muerte (en la casa pequeña que él había acondicionado y que él y su padre carpintero habían construido) instruyó a sus discípulos para que no lo adularan. “Si me quieren otra vez, búsquenme debajo de las suelas de sus botas”, dijo, refiriéndose a que pronto estaría bajo la hierba a la que tanto amó.