Marzo 9, 2010. Bukowski y París en la oscuridad

El 9 de marzo de 1994, hace 16 años, murió Charles Bukowski. El escritor angelino publicó cerca de 50 libros de poesía y prosa en una carrera que abarcó prácticamente la segunda mitad del siglo 20, convirtiéndose en el Gran Viejo de las ediciones marginales. Sus temas oscilaban entre la gente que vivía en pocilgas y la de cuello blanco, para quienes trabajó “por años y sin futuro”, para jefes “con mal aliento y pies grandes, hombres/ que parecían ranas, hienas, hombres que caminan/ como si la melodía nunca hubiera sido inventada”. Después de trabajar iba a su domicilio “con la inevitable casera, / excretando y al final, / enviándome al diablo, / agitando sus gordos, grasosos brazos/ y gritando/ gritando por la renta/ porque el mundo nos había fallado/ a los dos”. O ir al bar, trayendo de regreso a su única compañía: “Saco la nueva botella/ de la bolsa y ella se sienta en la esquina/ fumando y tosiendo/ como una tía vieja de Nueva Jersey”.
Pero para mediados de los años setenta llegaron Allen Ginsberg y Lawrence Ferlinghetti, las entrevistas en Rolling Stone, y las ventas y lecturas en Europa, en las que Bukowski ahora aparecía con cuatro botellas de buen vino francés más dos six packs de cerveza. Y para la época de Barfly, la película de 1987 basada en su vida, Bukowski se había hecho de un aporreado VW Escarabajo modelo 1967 –que él y sus vecinos de cama y domicilio, Brad y Tina (Brad era gerente de una tienda porno en Hollywood Boulevard y Tina una bailarina a go go) a menudo utilizaban para sus parrandas en auto.
Hubo un matrimonio y una mudanza a los suburbios, también una esposa que trajo consigo sus remedios New Age para los crecientes problemas de salud de Bukowski. Él tomó la cura con una sonrisa – “…sentado desnudo detrás de la casa, / las 8 de la mañana, untando el aceite de semilla de sésamo/ sobre mi cuerpo, Jesús, ¿he llegado/ a esto?”— y su muerte con resignación:

…y pienso, que después de que me haya ido,
habrá más días para otros, otros días,
otras noches.
Los perros caminan, los árboles se sacuden en
el viento.
No dejaré mucho,
algo para leer quizá,
una cebolla destripada
en el camino.
París en la oscuridad.