RESPIRACIÓN ARTIFICIAL: muñecas de armario

POR José Luis Durán King

La búsqueda de la compañera sexual ha quitado el sueño al hombre desde tiempos inmemoriales. Su proyecto de fabricación se ha investido, incluso, de políticas raciales, además de recibir recursos económicos en tiempos de guerra

La obsesión por el cuerpo humano y por la pureza fueron dos de los principales impulsores de las políticas raciales en la Alemania nazi. En lo que corresponde al primer punto, los científicos del Tercer Reich no se cansaron de experimentar en los miles de conejillos de indias judíos que les proporcionaban a granel los territorios conquistados. Hoy, muchos hombres de blanco no tienen empacho en reconocer los grandes avances logrados en torno al interior y exterior de la carcasa humana gracias al sadismo institucional de la época. Por supuesto habría que preguntar a los sobrevivientes de los laboratorios de concentración si comparten el entusiasmo de los especialistas cuando éstos se refieren al espíritu de sacrificio y de prueba y error que acompaña a ese conjunto de conocimientos obtenido a través de la observación y el razonamiento al que denominamos ciencia.
De las pruebas de dolor y resistencia aplicadas por los nazis a los vecinos de la banqueta de enfrente, así como del modelaje involuntario de los prisioneros judíos en atlas anatómicos se ha escrito copiosamente. Sin embargo, la pureza de sangre, piel y mente fue prácticamente un tabú para los individuos afiliados al nacionalsocialismo.
Un ejemplo contundente de la asepsia promovida desde la cúpula nazi tiene nombre, mas no apellido, Borghild, una muñeca sexual ideada para los soldados estacionados fuera de Alemania, para cuya quimérica fabricación la administración hitleriana puso a su disposición la poderosa maquinaria de guerra del que se imaginaba el ejército más poderoso de Europa.
Y si el plan fue aprobado en una primera instancia se debió sobre todo a que el promotor fue Heinrich Himmler, el jefe de la policía secreta del Führer. El “proyecto higiénico” del mariscal tenía como propósito actuar como contrabalanza de las travesuras genitales de los soldados alemanes apostados en Francia, y así evitar “pérdidas innecesarias” a causa de enfermedades secretas como la sífilis, propagadas por las famosas prostitutas parisinas.
Una carta de Himmler a su jefe máximo deja en claro que la carne es más poderosa que cualquier ideología:
“El peligro más grande en París son las incontrolables prostitutas esparcidas por toda la ciudad, enganchando clientes en bares, salones de baile y otros lugares. Es nuestro deber prevenir a los soldados de los riesgos a su salud sólo por afrontar una rápida aventura”.
La construcción de la compañera perfecta para las noches solitarias de los pelotones se mantuvo como secreto de Estado, sobre todo porque el plan tenía un sesgo adicional a la prevención de enfermedades de trasmisión sexual: también pretendía evitar la disolución racial del ejército alemán:
Una vez que Himmler tuvo en las manos el documento que aprobaba su propuesta, reunió a un grupo de especialistas dispuesto a colaborar en las tareas que le demandaba la patria. Así, en una carta firmada por el psiquiatra Rudolf Chargeheimer puede apreciarse que había comprendido perfectamente la esencia del proyecto:
“Una cosa es segura, el propósito y la meta de las muñecas es dar alivio a nuestros soldados. Ellos tienen que pelear y no distraerse con campesinas extranjeras”.
Para reforzar su entusiasmo el psiquiatra incluso envió las especificaciones de las monigotas:
La piel sintética tiene que sentirse como carne real.
El cuerpo será tan ágil y maleable como un cuerpo real.
El órgano deberá sentirse absolutamente real.
Está por demás aclarar que la muñeca debería ser un prototipo de la belleza aria. Así que cuando inicialmente se propuso un modelo de cabello negro fue rechazado tajantemente por Himmler y compañía. Entre 1940 y 1941, los especialistas nazis habían desarrollado una serie de “polímeros de piel amistosa” fuertes y elásticos, además de que su piel era blanca, su cabello rubio, los ojos azules, una “muñeca nórdica” para acabar pronto.
Pero hubo un problema que ni la fría eficacia nazi pudo resolver en ese momento. Las muñecas no ocultaban su naturaleza plástica. Las piernas eran demasiado cortas o demasiado largas, los brazos se balanceaban como moluscos y toda ella, en general, lucía muerta, un prototipo que sólo hubiera agradado a los guerreros con tendencias necrófilas.
Por supuesto, en cuanto la guerra fue adquiriendo mayor temperatura, la muñeca aria fue relegada y olvidada. Los bombardeos aliados sobre una Alemania derrotada redujeron a polvo incluso los planos de aquel fantoche que ayudaría a los soldados a soportar las noches más negras y pesadas. No son erradas las palabras que aplicó un periodista británico al referirse a que la Alemania nazi fue estrujada por las bayonetas rusas y las prostitutas francesas.
La compañera perfecta
El sueño alemán de tener una muñeca de placer llegaría 50 años más tarde y en tiempos de paz, cuando la compañía First Androids anunció que había creado un prototipo sexual que respira y tiene pulso. La semejanza con la mujer es extraordinaria y, como señaló uno de los ejecutivos de la empresa, con la ventaja de que Andy, como bautizaron al androide, “no tiene cerebro ni pide gasto”.
La reportera Kristi Scott, de la revista futurista H+, con menos entusiasmo que el ejecutivo pero con más objetividad proporcionó mayores características de la muñeca: “Andy puede asumir múltiples posiciones sexuales, jadear, realizar sexo oral, tiene pulso, está equipada con un dispositivo para responder al orgasmo y más, mucho más”.
La historia de las muñecas sexuales no ha estado exenta de controversias. Por supuesto, las feministas han sido las primeras en expresar su descontento ante unos artefactos a los que consideran metáforas de misoginia. El crítico Thomas Foster hizo equipo con las feministas y escribió acerca de la novela Dead Girls de Richard Calder que “los cuerpos tecnológicos de las ginoides [término que se contrapone a la palabra androide] describen un sexismo en un contexto no natural, destacando su impacto negativo. Muestran también que los estereotipos y las actitudes sociales no necesariamente serán alteradas con el progreso tecnológico”.
Para la crítica feminista Patricia Melzar, como lo deja en claro en su estudio Alien Constructions: Science Fiction and Feminist Thought, las ginoides están intrínsecamente vinculadas a la lujuria masculina “y han sido principalmente diseñadas como objetos sexuales y no tienen otro uso que el de satisfacer los violentos deseos sexuales de los hombres”. Más moderado, Steven Heller opina que el robot femenino es “el vínculo más visible entre la tecnología y el sexo”.
Sentimientos artificiales
Para lubricar aún más el terreno de las especulaciones no faltan las voces que argumentan que el sexo con fantoches es una vertiente de la necrofilia, al cumplirse el binomio de actividad sexual con un cuerpo inanimado. Unos más traen al centro del debate la leyenda de Pigmalión, quien, de acuerdo con el relato de Ovidio, esculpió la estatua de una hermosa mujer de la que quedó prendado. Sufrió tanto por ese amor que la diosa Venus se compadeció de él y convirtió a la estatua en una mujer real, con la que Pigmalión procreó hijos y vivió feliz el resto de sus días.
El amor de Pigmalión por su estatua fue fuente de inspiración para dar nombre a una parafilia, la agalmatofilia, también llamada pigmalionismo, que consiste en la atracción sexual hacia estatuas o muñecas. Ejemplos de agalmatofilia son la muñeca copia de Miroslava en Ensayo de un crimen, la extraordinaria cinta de Luis Buñuel, y la muñeca de la que se enamora el personaje de la pieza musical De cartón piedra de Joan Manuel Serrat.
Desde el atormentado Pigmalión, el paso del hombre por este mundo ha sido seguido de cerca por la sombra de las muñecas de placer, ese pretexto corporizado de la soledad y el onanismo. La Ilíada misma narra la creación de sirvientas metálicas. Fritz Lang presentó en Metrópolis a su inquietante robot Maria, que en realidad aprisionaba a una bailarina exótica. Hay que integrar en este repaso a Rosie, el asexuado robot femenino de Los Supersónicos, una nana en realidad con una increíble propensión a llorar por cualquier cosa.
La Mujer Biónica incorporó a la saga robótica la mezcla de carne humana y nanotecnología y Austin Powers vino a dar al traste, mediante la parodia y la exageración, con la solemnidad que históricamente ha rodeado a las muñequitas de pezones tiesos, que, en este caso, coronaban unos redondos senos que en el momento en que se requería se convertían en poderosas armas de fuego.
Por supuesto no podemos olvidar a las industrias Tyler de Blade Runner, que construye tres hermosas ginoides, en dos de las cuales, las más insumisas por cierto, Deckard demuestra todo su carácter de gran macho, asesinándolas sin piedad para quedarse finalmente con Rachel, un hermoso robot femenino que encapsula a fin de cuentas a una dócil ama de casa.

1 thought on “RESPIRACIÓN ARTIFICIAL: muñecas de armario

  1. Dandome un roll por algunos blog´s me reencuentro con este magnifico blog, que si bien no sigo mucho al dia, pero si una ves al mes, me ayuda para poner los pies en la tierra, felicidades magnifico blog! espero darme mis vueltas mas seguido, un fuerte abrazo!
    Néstor.

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