Asesinos seriales, mina de oro para los medios

POR José Luis Durán King

Con el siglo 20 comienza la época de oro del asesino serial; la combinación de medios de comunicación poderosos y una sociedad fascinada por crímenes que destacan por su sadismo han colocado a estos predadores en el centro de la atención mundial

Asesinos los ha habido, y por montones, a lo largo y ancho de la historia de la humanidad. Pero el fenómeno de los asesinos seriales es relativamente reciente. No obstante que el más famoso de los predadores pluralistas, Jack el Destripador, cometió sus tropelías a finales del siglo 19, su actuación fue aislada y no provocó una epidemia de homicidios como la que ha ocurrido a partir de la centuria pasada y para la cual no se ve, por lo menos en el mediano plazo, una solución que atempere dicha furia.
Para algunos especialistas del crimen, los años setenta del siglo 20 fue una especie de época de oro del asesinato serial, con la irrupción en los callejones de Estados Unidos de homicidas clase premier como David Berkowitz, El Hijo de Sam; John Wayne Gacy, Henry Lee Lucas, Ottis Toole y Ted Bundy, cinco hombres que, en conjunto, acabaron con la vida de aproximadamente 300 personas.
Pero, volviendo a nuestra tesis inicial, todo parece indicar que en realidad no hubo una generación espontánea de asesinos reincidentes, pues antes de los setenta existieron Fritz Haarman, El Carnicero de Hanover; Peter Kürten, El Vampiro de Düsseldorf; John Christie, John George Haigh, El Asesino del Baño de Ácido; Albert DeSalvo, El Estrangulador de Boston; Charles Starkweather, Marcel Petiot, Henri Desire Landru, El Barba Azul Francés; William Heirens, George Joseph Smith y Harvey Glatman, entre muchos otros. Entonces, ¿por qué colocar la década de los setenta en un compartimiento aparte?
El medio es el mensaje
Peter Vronsky es autor de uno de los libros más serios y documentados en el tema: Serial Killers: The Method and Madness of Monsters (Asesinos seriales: El método y locura de los monstruos), publicado en 2004 por el Grupo Editorial Penguin Berkley. En esa obra, el estudioso Vronsky establece una teoría interesante en lo que concierne a la fama repentina de una tipología de homicidas cuyas hazañas van acompañadas de repulsión y curiosidad. Entre otras cosas establece que la combinación de medios de comunicación poderosos y una sociedad fascinada por crímenes que destacan por su sadismo han colocado a los asesinos seriales en el centro de atención. La gente paga, dice, siete dólares por ver películas en las que todos, excepto el villano de la cinta, mueren estrangulados o mutilados. Los medios, abunda, han glamourizado a los asesinos y aterrado al público.
Los asesinos seriales, apunta el académico, forman parte del desarrollo del mundo industrial. Surgen en los momentos en que la sociedad se ha modernizado y la nueva era de confort es amenazada por algunos individuos que sienten que hay que matar para obtener su lugar en dicha sociedad.
Lo cierto es que desde la aparición de los asesinos seriales en las sociedades industriales, los medios añadieron a su mercado un nuevo nicho, al comprobar que el horror no exentaba a la fascinación sino la complementaba. Así, en vez de castigar ejemplarmente a ese tipo de delincuente, la sociedad los ha ubicado a la par de las estrellas de rock, atendiendo programas especiales en la televisión, adquiriendo enciclopedias sobre el tema, comprando playeras con la imagen de los proscritos, intercambiando estampas del género, en fin, alimentado diariamente una murderabilia donde las víctimas se reducen a números fríos, sin piel, emociones ni cartílagos.
El ocio dignifica
La tesis del investigador Peter Vronsky del asesino serial como producto de la revolución industrial enfatiza que ese tipo de infractor requiere de cierto tiempo de ocio no sólo para satisfacer sus placeres desviados sino, incluso, para convertirse en un asesino serial. El que alguna vez fuera patrimonio exclusivo de aristócratas como la condesa Elizabeth Bathory o Gilles de Rais, ahora pertenece a individuos como John Wayne Gacy, Jeffrey Dahmer o Jerry Brudos.
A partir de ese cambio de estafeta, Vronsky establece su teoría de “la era posmoderna del asesino serial”, un mojón histórico en el que Ted Bundy se erige como el mejor ejemplo. El estudioso contrasta al carismático Bundy con otro homicida de grandes ligas: Jack el Destripador.
Jack el Destripador –escribe– siempre lo imaginamos como un aristócrata con sombrero de copa: lo mejor de nuestra sociedad que desemboca en lo peor. Los asesinos seriales son retratados como monstruos depravados, proscritos o vagos cuyas mentes criminales derivan hasta el extremo. Pero no Bundy. Él fue como muchos de nosotros: un estudiante atractivo con ambiciones típicas, que conducía un Volkswagen escarabajo. Él ha actualizado la versión de Jack el Destripador: un asesino de cualidades sociales superiores atribuidas a todos los jóvenes de clase media que abundan en Estados Unidos. En otras palabras, a diferencia de los asesinos seriales del pasado, él no fue uno de ‘ellos’ sino uno de ‘nosotros’”.
En ambos casos, las tropelías de Jack el Destripador y Ted Bundy tuvieron un amplio despliegue mediático por haber actuado en ciudades grandes, no obstante los años que separan a uno del otro. El surgimiento de las grandes urbes garantizó no sólo el anonimato para, en el primer caso, cometer una serie de asesinatos hasta la fecha sin resolver y, en el segundo, para prolongar por años una estela de homicidios; también permitió una mayor cobertura informativa de las atrocidades. Jack el Destripador capturó la atención del Reino Unido al llevar a cabo sus desentrañamientos en el centro informativo de la época: Londres.
No sucedió lo mismo con la veintena de asesinatos de mujeres negras que fueron desvisceradas entre mayo de 1911 y mayo de 1912 en Atlanta. Ese capítulo transcurrió casi en el anonimato simplemente porque no sucedió en Londres o Nueva York. “No fue sino hasta que el término ´asesino serial´ fue adoptado por los medios a principios de los años ochenta [del siglo 20] que la noción del homicidio serial como algo nuevo y único fue identificado por la percepción pública”, señala Vronsky.
Víctimas desairadas
De alguna manera, Peter Vronsky establece que aun entre los asesinos y sus víctimas hay categorías. No es lo mismo Ted Bundy y sus ataques a estudiantes bellas de la clase media, que las agresiones mortales que son dirigidas a los así llamados “despojos sociales”, que incluyen vagabundos, prostitutas, niños de la calle, gays, pobres o trabajadores migrantes.
Vronsky escribe al respecto: “Para la cobertura informativa actual no es la cantidad de vidas perdidas lo que cuenta sino el estatus o la cantidad de audiencia visible”. Y el autor pone como ejemplo de lo anterior el caso de William Suff, un asesino de más de 30 prostitutas adictas a las drogas, cuyos cuerpos eran abandonados en depósitos de basura. Suff fue llevado a juicio en medio del caso O.J. Simpson y sus hazañas pasaron prácticamente desapercibidas para las audiencias norteamericanas.
Algo similar ocurrió con Joel Rifkin, quien acabó con la vida de 17 prostitutas en Long Island. Pese a la cantidad de víctimas, la prensa prefirió cubrir el asesinato de “seis respetables empleados” que cayeron abatidos por las balas escupidas por el revólver de Colin Ferguson, un afroamericano que abordó el metro con su misión homicida dándole vueltas en la cabeza.
Audiencias y dinero
Lo que está fuera de duda es que el fenómeno de los asesinos seriales es un tesoro faraónico para los grandes barones de los medios, lo que puede ser apreciado en la enorme cantidad de periódicos, revistas, programas radiofónicos y televisivos, amén de webzines y websites. En una sociedad capitalista, escribe Vronsky, los asesinos seriales representan una gran cobertura y grandes ingresos. Los asesinos seriales tienen un poderoso impacto en los medios, pues significan dinero.
Pero el acceso a la mina de oro también conlleva ciertos riesgos. Ese tipo de infractor es egocéntrico, demanda la mayor atención, desea que la gente los conozca y esté enterada de sus agravios, “son todopoderosos”, añade el escritor. En una era en la que los medios ejercen una influencia poderosa y en la que mucha gente acepta sin cortapisas la información proveída por los medios, ¿no existe el riesgo de que esos medios estén contribuyendo a “crear” más asesinos seriales?, pregunta Vronsky.
La respuesta a esa interrogante quizá fue proporcionada por Lawrence Bittaker quien, junto con su cómplice Roy Norris, torturó y asesinó a varias adolescentes en 1979 en el sur de California, y que al ser capturado encontró un nuevo y pecuniario pasatiempo que le brindó su oscura celebridad: firmar autógrafos desde el interior de la prisión, mismos que enviaba por correo a cambio de una suma de dinero acordada de antemano con el cliente