Erupción, Deep Purple y Pacheco

POR: Alfredo C. Villeda

La accidentada figura literaria hallada por el músico Roger Glover, quizá al azar mas no por ignorancia, dista siglos de Aristóteles, pionero, como en miles de ramas del saber, en el estudio científico de las erupciones volcánicas. Sin embargo, cómo se acercan. Porque ha de enterarse usted, extraviado lector que cayó aquí por alguna trampa tipográfica o cibernética, que es del legendario bajista de Deep Purple el par de estrofas de la máxima rola de esa banda: “Smoke on the water/Fire in the sky”. Accidental el oxímoron logrado como accidental es la anécdota relatada: común y corriente incendio cuando el grupo grababa en el estudio móvil de los Rolling Stones a orillas del lago Ginebra.
Accidental también, por cierto, el éxito redondo de la pieza, quinta de siete en el sexto álbum bautizado Machine Head, obra fundacional de todo el rock pesado posterior a 1972. Accidental porque no era la primera canción proyectada para el sencillo. Ni la segunda. Ni la tercera. Pasado el incendio en esta gira de grabación en Montreux, a las carreras, presionados por la policía local debido al ruido y lanzados a la mitad de un bosque suizo, el guitarrista Ritchie Blackmore (el fusilero se pone de pie) engendró el riff más famoso de la historia del rock que, ensamblado a una anécdota de apariencia banal, representa el despegue de esta superbanda de heavy metal. Hoy, 38 años después, esas estrofas sueltas (“Humo en el agua/Fuego en el cielo”) que se funden en un oxímoron y en un poderoso cuerpo musical retumban en los mares y los cielos del planeta junto con la furia del despertar de un indescifrable coloso islandés.
Aristóteles veía en las erupciones bolsas de aire que escapaban de las profundidades del subsuelo a la superficie. La Iglesia, siglos más adelante, se empeñaba en asociar cada evento piroclástico a un castigo de Dios por la inmoralidad de los hombres. Voltaire se ocupó de estos charlatanes en su “Poema sobre la destrucción de Lisboa” y en su relato Cándido (Victor Hugo y Rousseau lo censuraron), a propósito de los calamitosos hechos del 1 de noviembre de 1755, a las nueve veinte horas, cuando un terremoto devastó la capital portuguesa, varias zonas de España y algunas del Magreb, con cálculo de cien mil muertos por un sismo, también con medición aproximada dados los daños y los testimonios de la época, de unos nueve grados en la moderna escala de Richter.
Nadie se sorprenda del oscurantismo que privaba de cara al Siglo de las Luces, los prolegómenos de La Enciclopedia y la Revolución Francesa. Porque habrán oído estos días que son las minifaldas las causantes del extendido y multinacional fenómeno eruptivo islandés, según noticias llegadas de la antigua Persia, o que los transgénicos tienen incidencia directa en la preferencia sexual y la condición capilar, de acuerdo con arengas gubernamentales lanzadas desde Cochabamba. ¿Por qué, entonces, llamarnos a estupor si antes se creyó que fumarolas, maremotos y sismos tenían su origen en Neptuno, Hefesto, Pele, ranas y elefantes descomunales?
La erupción islandesa en curso, que afectó la aviación internacional esta semana, se recordará por los efectos económicos y el caos de transporte y no por el nombre del volcán. El Tambora y el Krakatoa, de Indonesia, en 1815 y 1833; el Pinatubo filipino en 1991, y el Vesubio en la Italia del 79 antes de Cristo son prototípicos. Ahora la imagen de la expulsión de ceniza y llamas estará más asociada, en todo caso, a una rola legendaria, “Smoke on the water”, a ritmo total y absoluto de heavy metal, grabada en un sitio entre las montañas, como el que soñana como ideal Platón, y en que instaló su residencia Voltaire. Es decir, en un mundo concéntrico, filósofos griegos, hombres de letras franceses, músicos británicos y un volcán de la Europa más gélida confabulan para que el lector, incauto, llegue a la frontera postrera de esta columna que saluda el Premio Cervantes entregado ayer con toda justicia a José Emilio Pacheco, quien escribió a propósito de la furia volcánica en Pompeya:
“La tempestad de fuego nos
sorprendió en el acto de la fornicación.
Nos fuimos muertos por el río de la lava.
Nos ahogaron los gases. La ceniza
se convirtió en sudario. Nuestros cuerpos
continuaron unidos en la piedra:
petrificado espasmo interminable».

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