Estudiantes en México: cero en expectativas

POR Mario Villanueva S.

La senda de los estudiantes de nivel superior no parece llevar al final del arcoiris. El desaire de las autoridades y profesores de las instituciones de educación superior han sumido a sus alumnos en un universo de ensoñación, realidades falsas, pero, sobre todo, en un destino incierto y lleno de interrogantes. Quienes determinan las directrices de la educación superior en México permutan sus responsabilidades a los estudiantes, confiriéndoles un sentimiento de culpa y sin esperanzas

Al escuchar a un estudiante del nivel superior hablar acerca de su futuro profesional el impacto es abrupto. A pesar de mostrar una apariencia fresca y desenfadada, en el fondo, luego de hacerlo reflexionar sobre su presente y futuro profesionales, el discípulo de las instituciones públicas de educación superior experimenta sentimientos encontrados, un estado de inconsciencia y ensoñación que lo hunde, aún más, en un ambiente de incertidumbre y frustración.
“Más que apatía, yo diría que los estudiantes de hoy experimentamos un sentimiento de frustración, al saber que cuando termines la carrera no encontrarás trabajo y, posiblemente, estarás manejando un taxi; eso es alimentado por la misma gente de las escuelas (profesores, autoridades), quienes te prometen salir de la escuela sabiendo todo; la otra parte del problema es que la mayoría de los estudiantes piensa que al tener una carrera se volverán ricos”, dice Osiris Puerto, del primer semestre de la carrera de Artes Visuales de la UNAM.
En ese sentido, reclama Alejandro Pindea, quien cursa el cuarto semestre de la carrera de Derecho en la ENEP Acatlán, UNAM: “Al ingresar a la universidad traes aspiraciones de acabar tu carrera, encontrar un buen empleo y desarrollarte en tu vida personal, pero con el paso del tiempo se van deteriorando; te desanimas al ver que hay poco trabajo y mucha demanda”.
La crudeza de la realidad parece, también, embutir al estudiante en un proceso de negación y autoconmiseración. Sabedor del tono grisáceo de los días por venir al final de su vida académica, la esperanza comienza a crecer en su interior en un intento por salvarse de ese destino irrevocable que le aguarda.
“La formación en las universidades públicas, como en la UNAM, es buena, y no creo nos falte un vínculo con el campo laboral; más bien, allá afuera, el Estado y la iniciativa privada no están preparados para recibir a tantos profesionales con excelente formación”, señala Leobardo Manríquez, alumno del tercer semestre de Trabajo Social de la UNAM.
A la espera del futuro
¿Por qué optar por una carrera sin futuro laboral como lo es Derecho? No obstante los estudios que aclaran la cuestión, la respuesta de algunos alumnos preocupa y alerta sobremanera, resaltando esa inconsciencia cegadora que los persigue. “Derecho, y como en cualquier profesión, sí tiene campo laboral, todo depende de cómo te muevas, de tus relaciones y, aunque suene mal, de las palancas que tengas”, afirma con cierta ingenuidad Itzel de León Rodríguez, alumna del sexto semestre de la carrera de Derecho, de esa Facultad en Ciudad Universitaria.
Contradictorios, los alumnos de educación superior conocen sus deficiencias y las de sus instituciones, sin embargo les restan importancia creyendo que las podrán subsanar en el largo plazo.
“Uno de los grandes problemas de las universidades públicas es que a los estudiantes no nos preparan para la vida real, por eso hay que trabajar desde los primeros semestres para poderla hacer al final de la carrera; nos enseñan la teoría, pero no la práctica, eso es algo que se debería tomar en cuenta en los planes de estudio”, opina Viridiana Enríquez Aguilar, estudiante del sexto semestre de Derecho en la UNAM.
En ese sentido, completa Beatriz Rodríguez del octavo semestre de Psicología Educativa de la Universidad Pedagógica Nacional, “tenemos una idea acerca de lo que nos espera cuando terminemos la carrera: que no hay trabajo, porque, allá afuera, hay un gran desconocimiento de que es un psicólogo educativo; nos confunden con educadores o con psicólogos clínicos”.
Las instituciones de educación superior, coinciden los estudiantes, ofrecen planes de estudio mal organizados, pero con aspectos positivos. “La universidad te forja como persona y como profesional por su diversidad de pensamiento; sin embargo, ofrece planes de estudio con una mala organización curricular y problemas de planeación, sin un vínculo laboral”, reconoce Filiberto Toledano, quien está inscrito en el noveno semestre de la carrera de Psicología en la UNAM.
En general, concuerdan los alumnos de educación superior, “no podemos afirmar que nuestra formación es de alta calidad, pero tampoco podemos decir que es mala; sabemos más o menos qué herramientas y capacidades tenemos para aplicarlas profesionalmente; de hecho, la calidad de nuestra formación es uno de los temas que más discutimos (los estudiantes) porque sólo cuando lo vivamos profesionalmente sabremos la respuesta”.
Prisioneros del instante
El joven, y en consecuencia el estudiante actual, es la imagen viva del Homo sentiens de Franco Ferraroti: “Privado de memoria (para eso está la computadora), vive en el instante, no piensa ni sabe ni mucho menos proyecta”.
Aunque hacen un esfuerzo por recordar el nombre de sus profesores, el común de los estudiantes de nivel superior se muestran dudosos; aseguran tener una copia de los planes de estudio de sus carreras y dicen tener una idea general de sus contenidos, pero no los recuerdan con detalle. Incluso, confiesan algunos, les cuesta trabajo recapitular lo visto en el curso anterior. Entre todos, siempre hay alguna excepción.
“Recuerdas a los profesores que más te hicieron sufrir”, dice Liliana Suárez Martínez, del sexto semestre de Derecho de la UNAM. O bien, agrega Ilda Flores, alumna del octavo semestre de Psicología Educativa de la UPN, “no olvidas a los buenos maestros, aquellos que, como Emiliano Villavicencio, que me dio la materia de Aprendizaje, rompía con el molde del profesor que marca su distancia con el alumno, con ése que es autoritario; Emiliano interactuaba con el alumno, se interesaba por él y se preocupaba por su formación y por lo que le sucedía en lo personal; se fijaba más en lo que podía dar el alumno, que en sus deficiencias o errores”.
De acuerdo con el sociólogo e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), Adrián de Garay Sánchez, los estudiantes en México son los grandes desconocidos y motivo del desdén de autoridades y profesores de las escuelas de educación superior.
“La mayoría de los alumnos podemos decir que las instituciones universitarias no nos toman en cuenta en la toma de decisiones ni para sus políticas; ni siquiera abren espacios para considerar nuestras opiniones. Aun cuando somos contados los que nos detenemos a leer lo que hay en un periódico mural o en una convocatoria de la escuela, faltarían diferentes tácticas para combatir nuestra apatía, una apatía fomentada desde el bachillerato. Creo que debemos ser persuadidos para acercarnos a la cultura e involucrarnos con los problemas de la institución”, afirma Ernesto Hernández Muñiz, estudiante del sexto semestre de la carrera de Derecho de la Escuela Nacional de Estudios Profesionales Acatlán, de la UNAM.
Como asegura Adrián Machuca, estudiante de Psicología Educativa en la UPN, “aunque 30 por ciento de los profesores está más dispuesto a trabajar con el alumno fuera de clase y ayudarlo en su formación, la mayoría no tiene tiempo ni ganas de hacerlo; no conoce a los alumnos de manera individual, recuerda cómo es el grupo, pero nada más”.
Otra muestra del alejamiento entre autoridades y estudiantes de educación superior, señalan Itzel Escamilla y José Luis Corona, alumnos del décimo semestre de Medicina Veterinaria de la UNAM, “es la falta de apoyo para becas o para tomar cursos o estudios que complementen los contenidos de las materias de la carrera; las autoridades no nos toman en cuenta como parte de la comunidad; si estás cerca de ellos, entonces te toca apoyo y a manos llenas; todo eso nos limita y nos pone en desventaja”.
Al respecto, Adrián de Garay dice que los estudiantes son estereotipados como sujetos uniformes e iguales, cuando, por su naturaleza y formación, son diferentes y demandan atención personalizada.
“Las autoridades de la institución no se interesan en las expectativas del alumno ni en sus inquietudes, hay cierto interés muy general de acuerdo con las carreras, pero sólo eso”, denuncia Hugo Meléndez, alumno del cuarto trimestre de la carrera de Ingeniería Industrial de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Azcapotzalco.
Asimismo, apunta José Manuel Rivera Camacho, alumno del sexto trimestre de la carrera de Ingeniería Electrónica de la UAM Azcapotzalco, “las políticas de la escuela son muy independientes de los alumnos; no hay un acercamiento con nosotros porque, para ellos (las autoridades) solo somos alumnos y nada más”.
Una de las causas de esta displicencia de los académicos hacia sus pupilos, infiere Itzel De León, “se debe a que son envidiosos; hay muchas cosas que no te enseñan por temor de que cuando salgas de la universidad les quites la chamba; sienten que sabrás más que ellos y, por eso, optan por apartarte de ellos”.
Por eso, ante la soledad en la que se sumergen a lo largo de varios años, las comunidades estudiantiles se congregan, se organizan y enfrentan la difícil misión de ser estudiantes, oficio, dice De Garay, que se aprende durante el proceso de integración universitaria.
“No creo que la vida de estudiante sea fácil o difícil, eso depende de cada quien; lo que es un hecho es que hay quien viene a la universidad a estudiar y aprender, y otros que sólo vienen por el compromiso con la familia”, explica Alejandro Pineda.
Privilegios de la educación superior
De modo que, a la pregunta de por qué ingresar a una licenciatura, entre los alumnos la respuesta adquiere varios matices: desde la aceptación de haber cedido a las presiones de la sociedad y la familia, hasta la de significar la posibilidad para obtener un ascenso social y económico. Empero, también aparecen otras no menos interesantes, como haber elegido una carrera por imitación o bien, como un modo de cristalizar los sueños de la infancia por cambiar la realidad o incursionar en áreas artísticas por satisfacción personal.
Además del reconocimiento social, los estudiantes aceptan que las instituciones universitarias les han abierto posibilidades que antes de ingresar no tenían: “La gente piensa que por el solo hecho de venir a la universidad eres un poco más culto, aunque en realidad no sea así; además, estas experiencias van desde conocer de primera mano la problemática de los grupos indígenas hasta lugares que eran desconocidos para nosotros; al margen de lo académico, la universidad nos ha formado personalmente, nos ha dado principios”.
La presente es la era de la superficialidad. Son los años, dice Ferrarotti, “del analfabetismo de los alfabetizados”, de los hambrientos de información al minuto pero carentes de entendimiento, de los especuladores de datos no asimilados ni asimilables.
“Me costó mucho trabajo entrar a la universidad, lo intenté cuatro veces y ahora, irónicamente, no asisto a clases porque estoy dedicado a mi trabajo artístico; como artista me conformo con lo mínimo para vivir, para libros, para el desmadre y hasta para las chelas, no aspiro a terminar la carrera para tener riquezas”, confiesa Osiris Puerto, alumno de Artes Visuales.
De acuerdo con especialistas en temas relacionados con la educación superior, mientras las instituciones se muestran alejadas de las necesidades de los alumnos y fallan en su labor de acercarlos a realidad de su entorno; los estudiantes, por su parte, se resisten a tomar conciencia de los problemas y defectos de la educación superior en México, de la institución a la que pertenecen y de la falta de un vínculo con el entorno laboral.
No obstante, los estudiantes de hoy son terreno fértil sobre el que hay que trabajar, orientar, formar, moldear, siempre que se les considere entes pensantes, eslabones fundamentales de las instituciones educativas y sociales.
Del desempleo en el país, 43.7 por ciento corresponde a los universitarios, de acuerdo con estadísticas del INEGI, organismo que también apunta que entre mayor preparación menor es la posibilidad de hallar un empleo. 684 mil personas con estudios universitarios se encuentran sin ninguna esperanza de encontrar empleo.
Las muestras son muchas, pero basta un botón para confirmarlo: “La UNAM es la máxima casa de estudios, es un orgullo estudiar en ella. Y lo que yo espero de la escuela es aprender y desarrollar en la práctica los conocimientos que nos enseñan. Los profesores que he tenido han llenado mis expectativas, ellos han dado su máximo esfuerzo para que el estudiante capte y aprenda”, dice Pineda, joven de 26 años.
En su investigación, el catedrático de la UAM encontró que los estudiantes del nivel superior presentan características específicas: los padres de la mayoría de ellos no llegaron a la educación superior y los estudiantes cuyos padres sí contaron con esa instrucción están ingresando a instituciones privadas. Además, es una constante que los estudiantes de hoy no tengan los contextos culturales adecuados para enfrentar una carrera universitaria.
“Para mucha gente, la universidad es sólo el trampolín para conseguir un trabajo; entonces, cursan una licenciatura sin interesarse a fondo con la carrera ni con lo que implica ni con lo que la rodea; no hay un compromiso real en la mayoría de los alumnos”, reconoce Adriana Aidé Vergara López, estudiante del doceavo trimestre de la carrera de Sociología de la UAM Azcapotzalco.
A pesar de las carencias detectadas en la formación de los alumnos del nivel superior, las instituciones no manifiestan señales que indiquen su intención de resarcirlas. Da la impresión de que traspasan esa responsabilidad a sus estudiantes. “En el Politécnico nos hace falta una educación más integral; en cuestiones técnicas relacionadas con nuestras áreas estamos muy bien, pero nos hace falta preparación general: aumentar la lectura, cultura general, relaciones públicas, etcétera; es decir, carecemos de la preparación para abordar temas más allá de lo que son nuestras carreras.
“Y esto, creo, es responsabilidad de la institución, porque no lo integra en sus planes de estudio, aunque considero que el alumno también debe buscar complementar su formación”, apunta Irma Luján, ingeniera metalúrgico y alumna de la maestría en Ciencias en el Instituto Politécnico Nacional (IPN).
Al respecto, Sergio Fuentes, inscrito en el quinto semestre de la carrera de Ingeniería en Metalurgia y Materiales en el IPN, complementa: “Los alumnos debemos asumir esa responsabilidad, siempre que contemos con la información por parte de la escuela, sobre actividades que contribuyan a nuestra formación y que sean ajenas a nuestras carreras”.
Ante ello, recomienda De Garay, las instituciones de educación superior tienen que estar en constante supervisión de los cambios que experimenta su comunidad estudiantil, de sus necesidades, inquietudes, prioridades y expectativas, con el propósito de adecuar, regular y puntualmente, las políticas, reglamentos, acciones y planes de estudio con la realidad de la comunidad estudiantil y en congruencia con su entorno.
Este desdén hacia los alumnos, a quienes los profesores toman, dice De Garay, como carentes de creatividad, sin ideas y alejados de la cultura, tiene sus raíces, en la mayoría de los casos, en la actividad de los docentes por obtener puntos a través de publicaciones de artículos, los cuales les brindan la posibilidad de escalar categorías, obtener becas y aumentar sus ingresos. De modo que atender al alumnado resulta una inversión de tiempo sin retribución.
La perspectiva de los estudiantes es diferente. Ellos idolatran la vocación docente de sus profesores. Admiran su desapego de lo económico y su espíritu por participar de su formación académica. Les agradecen su labor. Los entrevistados coinciden, sin vacilo, en que la remuneración económica no influye en el compromiso que sus profesores asumen con los alumnos: “Como en todas las escuelas hay profesores malos y buenos sin importar a qué institución pertenecen; hacen su trabajo con mucho entusiasmo y el grado de compromiso con el alumno depende de cada mentor: si tiene verdadera vocación para formar y enseñar, la parte económica sale sobrando; de lo contrario, sí habrá un problema”.
La problemática estudiantil no corresponde a las instituciones educativas, sino a las políticas y estrategias imperantes que han sido incapaces de responder eficientemente a las necesidades de la población. Ya que una de las funciones de las escuelas de educación superior es formar ciudadanos conscientes de su papel en la sociedad.
Por ello, Irma Luján levanta voz y, en nombre de sus compañeros, pide a quienes deciden el destino de la educación superior en México: “Lo de siempre, lograr esa vinculación con el mercado laboral, porque hay muchos proyectos que son interesantes, que se pueden aplicar y que pueden ayudar a crear fuentes de trabajo y que, además, son alternativas para la sociedad; no queremos que se sigan quedando como proyectos de investigación ni que, en consecuencia, haya gente bien preparada fuera de la oferta laboral”.
A Irma, Osiris Puerto se une y puntualiza: “La solución al problema es que los estudiantes, cuando terminen su carrera, deben investigar con el objetivo de renovar su realidad, innovar para abrir su campo laboral y cumplir con su compromiso social”.
El espacio universitario
Más allá del lugar donde los alumnos adquieren su instrucción académica, el espacio universitario tiene distintos significados para cada estudiante: es el lugar de reunión con amigos y compañeros; es el escenario del encuentro con la pareja; es un refugio.
“Dentro de la escuela uno se siente más tranquilo, no lidia tanto con las personas; aquí tienes libertad de expresión y de muchas otras cosas; no es como en la calle, donde te tienes que reprimir de ciertas cosas. Puedo decir que la universidad me da seguridad en muchos sentidos”, dicen los entrevistados, quienes agregan que es ahí donde “te formas una identidad, aprendes cosas que luego sacas a la calle”.
La comparación con el espacio cotidiano no podía omitirse: “El espacio social es más individualista, mientras que en el universitario uno convive con todos; el espacio universitario es un escape social; ser universitario te da herramientas para vivir mejor en el espacio social, te ayuda a llevar una vida digna, sensata y honesta”.

1 thought on “Estudiantes en México: cero en expectativas

  1. La realidad de los estudiantes y egresados de la universidad es desde mi punto de vista, dificil, tanto en la falta de guía por parte de maestros y autoridades (Yo soy egresada de la Facultad de Derecho de la UNAM, CU), ya que como acertadamente señalan, debes trabajar desde los primeros semestres para poder conocer «el mundo real laboral», la falta de integración, acercamiento e interés de profesores, autoridades y alumnos por verdaderamente formar estudiantes y egresados capaces, preparados y comprometidos con la sociedad y su país, concientes de las problemáticas existentes en ella es tristemente desprovista de atención!, Saludos, Erika P.

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