La Alicia que vio Carroll a través de la mirilla

POR Michael Dirda

La obra principal de Lewis Carroll, Alicia en el País de las Maravillas, estuvo a punto de llamarse de forma muy diferente. Afortunadamente, el cambio llegó a tiempo. Lo que nunca varió fue la afición que el autor sentía por las niñas

Las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas estuvo cerca de ser titulada “La hora de Alicia en el País de los Elfos”, y su autor –un matemático de la Iglesia de Cristo de Oxford— casi se llamó Edgar U.C. Westhill. Es difícil decidir cuál de estas dos posibilidades habría sido peor. Una vez que cae por el hoyo de conejo, Alicia encuentra a muchas criaturas extrañas y, de acuerdo con el siniestro Gato Cheshire (Sonriente), todos están “locos”, pero ninguno de ellos es un elfo. Afortunadamente, también Charles Lutwidge Dodgson rechazó aquel anagrama indigesto y transformó el Charles en el latinizado Carolus y el Lutwidge a Louis, lo que después derivó en el inmortal Lewis Carroll.
Alicia en el País de las Maravillas (1865), como comúnmente es abreviada, y su oscura secuela, incluso más inquietante, A través del espejo (1871), son los dos trabajos más traducidos de la literatura inglesa después de las obras de Shakespeare. Pues bien, haciendo a un lado el didacticismo y el sentimentalismo, estos libros juguetones, de ensueño, inauguraron la literatura moderna infantil. Como los lectores de todo el mundo saben, hay lugares encantadores y fantásticos, un poco espantosos, pero, sobre todo, profundamente enigmáticos. ¿Son sólo tonterías? ¿Meras sátiras de eminencias victorianas? ¿Una mirada a través del ojo infantil del comportamiento adulto? ¿O los desplazamientos freudianos de la atormentada sexualidad de su autor?
Aficionado a las niñas
Más que cualquier otra cosa, las obras maestras de Lewis Carroll están comprometidas con la lógica y el lenguaje, con el total deslizamiento de las palabras y la inestabilidad de sus significados. “Importante –sin importancia— importante –sin importancia—”, murmura el Rey de Corazones durante el juicio de Alicia, como si estuviera probando qué palabra suena mejor. Conocer Alicia en el País de las Maravillas sólo como una historieta de Disney o por la visión gótica de Tim Burton –apelando a la interpretación de cada uno de ellos— es acceder a un espectáculo visual que abruma mucho de la complejidad semántica y verbal del libro.
Se dice que cuando la gente discute sobre el significado de las dos fantasías de Alicia, tarde o temprano regresa a El misterio de Lewis Carroll, por tomar prestado el título de la amable biografía escrita por Jenny Woolf. Es misterio involucra principalmente el sexo. El célibe reverendo Charles Lutwidge Dodgson (1832-1898) era extremadamente aficionado a las niñas, a las que llamaba “amigas infantiles”. Les escribía cartas ingeniosas, las entretenía en su habitación con juegos y juguetes mecánicos, remaba con ellas en el río Isis, les tomaba fotografías. De hecho, se convirtió en el fotógrafo más importante de niñas de la Inglaterra del siglo 19. Después de ganarse pacientemente el consentimiento de las madres, seis u ocho niñas posaron desnudas para él. Cuatro de esas fotografías sobreviven.
Ningún erudito serio ha sugerido que Dodgson fuera un pedófilo activo o un predador sexual. En vez de eso, se le considera un estricto vigilante de las normas morales más estrictas y escrupuloso en la protección de la reputación de sus amigas infantiles; todas ellas reverenciaron su memoria al crecer como mujeres. Él era tímido y a menudo se sentía incómodo entre los adultos, quizá porque sufría de tartamudez y estaba sordo de un oído; además, generalmente mantenía su vida privada a buen resguardo. Después de su muerte, sus herederos destruyeron muchos de sus documentos y apuntes, incrementando las sospechas de que algo se estaba ocultando.
¿Como qué? El biógrafo Morton N. Cohen cree que los documentos perdidos mostrarían que el ultrasensible Dodgson simplemente estaba atormentado por sueños sexuales comunes y por impulsos “pecaminosos” de juventud. Karoline Leach argumenta, en su controversial In the Shadow of the Dreamchild (1999), que Dodgson se enganchó en un asunto de adulterio con la madre de Alice Liddell, la niña a la que él contó por vez primera las historias del País de las Maravillas. Los eruditos más tradicionales especulan que Dodgson pudo haber pedido matrimonio a Alice Liddell cuando ella era más grande, obligando a sus protectores padres a cerrar la puerta al reverendo. En la película Dreamchild, el guionista Dennis Potter nos muestra una Alicia enamorada de Dodgson.
Del examen de algunos poemas tempranos, Jenny Woolf concluye que el joven Dodgson pudo haber estado involucrado con una mujer, posiblemente casada (aunque probablemente no la madre de Alice), y que el asunto terminó mal. También sospecha –con base en una lectura meticulosa de algunas cartas escritas en la vejez— que la hermana mayor de Alice, Lorina, fue la verdadera razón para la ruptura con los Liddell. Alta, bien desarrollada y que bien podía pasar como una mujer adulta a sus 14 años, Lorina quizá se encaprichó seriamente con un joven bien parecido que estaba a finales de la segunda década de su edad. Una vez que estuvo consciente de esa incómoda situación, el honorable (y aparentemente desinteresado) Dodgson permaneció lejos de los Liddell, y cada uno guardó el secreto de ese distanciamiento.
Un hombre generoso
La anterior es una conjetura de Woolf, por supuesto. Sin embargo, elabora un caso razonable con dicha teoría, considerando las pruebas que se han salvado, que en realidad son ínfimas. A través de El misterio de Lewis Carroll, la autora deja perfectamente claro lo que es un hecho y lo que es una especulación. Como un Lewis Carroll erudito, Woolf ha sido hasta ahora la mejor documentada para descubrir y analizar el banco de datos del escritor, los cuales muestran qué tan generoso era Dodgson en la asignación de gran parte de sus ingresos –sorprendentemente modesto, incluso después del éxito de sus dos libros de Alicia— a organizaciones caritativas, para orfelinatos femeninos e incluso para reformatorio de menores infractoras.
En El misterio de Lewis Carroll, Woolf evita los detalles minuciosos y la riqueza factual de la biografía magistral de Cohen de 1995. Su objetivo es presentar un retrato convincente, por lo que escribe con afecto así como con admiración hacia el hombre revelado por su investigación. Encima de todo, urge a los lectores modernos a recordar que las costumbres victorianas se diferenciaban radicalmente de las nuestras. La gente era profundamente sentimental con las criaturas angelicales –piensen en el Pequeño Nell de Dickens— y con la virtudes clásicas como la castidad, el autocontrol estricto y con el tema de la salvación.
Para evitar una fuerte rigidez cronológica, Woolf organiza sus capítulos temáticamente, cada uno de ellos dirigido hacia algún aspecto importante del Dodgson el hombre y el escritor: su infancia y familia (tenía diez hermanos), la vida en Oxford, sus convicciones religiosas y su fascinación por lo sobrenatural (era socio fundador de la Sociedad para la Investigación Psíquica), su poesía y narración, entre otros. Con sensibilidad deja atrás rápidamente las investigaciones matemáticas del autor, aunque yo habría dado la bienvenida a unas páginas más de aquel poema largo y seductor The Hunting of the Snark y de la fantasía tardía Sylvie and Bruno, una mescolanza de dos volúmenes de cuento de hadas, poesía, reflexión filosófica, tedio, sacarina y un bizarro existencialismo envolviendo los tres niveles de la realidad.
Dodgson incluso se volvió más quisquilloso y puritano conforme envejeció, pero nunca perdió su pasión por los juegos, el teatro y las amigas infantiles que le permitieron expresar el amor sin las complicaciones del sexo. Aquel amor también condujo a la creación del Sombrerero Loco y Jabberwock, a Tweedledum y Tweedledee, a la Morsa y al Carpintero, y a mi favorito, el Rey Rojo, quien aparentemente sueña nuestro mundo en la existencia. Felizmente, su mundo de ensueño no sólo nos incluye a usted y a mí, sino también las amadas obras maestras de Lewis Carroll.
Tomado de: The Washington Post. Marzo 21, 2010.
Traducción: José Luis Durán King.