Lecturas de pesero, tren y microbús

POR Alfredo C. Villeda

n Tierras de cristal (Anagrama), Alessandro Baricco hilvana sobre una imaginaria ciudad llamada Quinnipak y un personaje, Rail, fabricante de cristal obsesionado con tener un ferrocarril sólo para sentir el vértigo de la velocidad. “Y por la ventana, más allá del cristal, iban desfilando los añicos de un mundo hecho pedazos, perennemente en fuga, desmenuzado en millares de imágenes que duraban un instante, arrancado por una fuerza invisible. ‘Antes de que inventaran el ferrocarril, la naturaleza no palpitaba: era una Bella Durmiente del bosque’, escribieron”.
La colega Florencia Saavedra compartió con sus lectores, semanas atrás, las posiciones del bello durmiente, pero del transporte público. Los hay de pino de boliche, porque resisten estoicos, con los ojos cerrados, el vértigo de un vagón del Metro. Otros hacen gala de elasticidad y ritmo con la faceta del borrachito, ya que cuelgan de los tubos y jamás se sueltan, pese al bamboleo de un microbús sorteando topes en una colonia popular. Existe la representación del amoroso, con los usuarios que, entre ronquido, silbido y salibazo, dormitan en el hombro de su impaciente compañero de asiento en un camión de la ex Ruta 100. Y así continúa Florencia, con una decena de ejemplos más.
De nuevo Baricco: “En aquel momento, justo las primeras veces en que la Bella Durmiente se dejaba violar por aquella máquina lanzada a culpable velocidad, fue más bien la violencia lo que permaneció impreso en las palabras y los recuerdos. Y el miedo. ‘Es realmente un vuelo, y es imposible sustraerse a la idea de que un mínimo incidente podría causar la muerte instantánea de todos’, eso era lo que pensaban. Y en verdad tuvo que formarse inconscientemente en el ánimo un nexo preciso entre aquel presentimiento de la muerte y la imagen distorsionada que, desde la ventana y al precio de jugarse la vida, el mundo ofrecía de sí mismo. Como a los muertos, a los que les pasa en pocos instantes toda una vida ante los ojos, deslizándose veloz. A ellos les pasaban por delante prados, personas, casas, ríos, animales…”
Porque, claro está, no todo es Bella Durmiente afuera, la Natura en la prosa del narrador italiano, ni durmientes a secas dentro de estos monstruos mecánicos de la velocidad. Hay también la especie lector. El fusilero, convertido de un día para otro a ella en la adolescencia, debe a los extensos recorridos en pesero, microbús, Metro, Ruta 100 y Trole algunas lecturas con las que comenzó todo. Crimen y castigo, de Dostoievski, fue consumida en diarios recorridos de Revolución, en Mixcoac, a Universdad, en Zapata. David Copperfield, la obra maestra de Charles Dickens, sucumbió poco a poco, en sus tres tomos, en los trayectos de lunes a viernes de Marina Nacional a Félix Cuevas, y el Fausto de Goethe fue completado en viajes de Molinos a la hermana república del Olivar del Conde. Et al.
En Quinnipak, la creación de Baricco, era así: “En los trenes, para salvarse la vida, se leía. Linimento perfecto. La fija exactitud de la escritura como sutura de un terror. El ojo que encuentra en las minúsculas curvaturas descritas por las líneas el nítido atajo para huir del indistinto flujo de imágenes impuesto por la ventanilla. En las estaciones vendían las lámparas pertinentes, lámparas de lectura. Se sostenían con una mano, descubrían un íntimo cono de luz para enforcar la página abierta. Hay que imaginárselo. Un tren en carrera furibunda sobre dos láminas de hierro, y dentro del tren un rincón de mágica inmovilidad recortado minuciosamente por el compás de una llamita. La velocidad del tren y la fijeza del libro iluminado. La eternamente cambiante multiplicidad del mundo alrededor y el pétreo microcosmos de un ojo que lee”.
Entre viajes, al final, “leer no es otra cosa que mirar un punto fijamente para no ser seducidos, y destruidos, por el incontrolable deslizarse del mundo”.
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