Percy Shelley: ¿el escritor fantasma del Moderno Prometeo?

POR Louisa Thomas
Desde la publicación de Frankenstein en 1818, muchos especialistas se han preguntado si Mary Shelley es la autora real de la novela o si el creador debajo de la chistera es el poeta Percy. Una nueva investigación, a cargo de Carlos E. Robinson, despeja la interrogante
Comenzó como un juego para pasar el tiempo mientras la lluvia caía y los relámpagos golpeaban. De visita en Suiza en junio de 1816, un pequeño grupo –joven, rival, amoroso e incluso literario— convino competir con “la escritura de un cuento de fantasmas”. Mary Wollstonecraft Godwin, de apenas 18 años, no se le ocurrió nada al principio. Entonces tuvo una pesadilla en la que vio a un muerto caminar, con destellos amarillos en los ojos. Al día siguiente anunció a sus compañeros que se le había ocurrido una historia. Frankenstein había nacido.
Dos años después, Frankenstein o el moderno Prometeo fue publicado anónimamente. Los lectores inmediatamente se preguntaron acerca de la identidad del autor. Algunos creyeron que se trataba del poeta Percy Shelley, quien había escrito el prefacio de la novela. Aquellos que sabían que la autora era la entonces esposa de Percy, Mary Shelley, estaban sorprendidos. Más adelante, Mary declararía que constantemente le preguntaban cómo ella, “entonces una mujer joven, pudo imaginar y extenderse en una idea tan horrible”. En una introducción para una edición revisada de 1831, la autora narró las circunstancias en que su cuento gótico fue parte de una competencia (Percy, Lord Byron, John Polidori y la hermanastra de Mary, Claire, fue el resto del grupo que estuvo presente aquella noche). Como lo señaló Percy Shelley, a Mary “ciertamente nadie le sugirió ni un incidente, ni tampoco se debió a un cúmulo repentino de sentimientos”, ella dependió de su propia inspiración. “Su contenido de varias páginas habla de muchas caminatas, de muchos paseos y de muchas conversaciones, cuando yo no estaba solo”.
La pregunta, sin embargo, de si Mary Shelley escribió sola la novela, permanecerá. La respuesta es importante, y no sólo porque los eruditos que alguna vez consideraron a Frankenstein como simplemente un combustible para calentadores ahora consideran la obra como un antepasado de la ciencia ficción, un monumento a la literatura romántica, y un texto seminal en estudios de género. Después de enclaustrarse para dar vida a la carne muerta, Víctor Frankenstein condena a su criatura a la soledad. En venganza, el monstruo, a su vez, le hace lo mismo al científico. La soledad convierte a ambos en monstruos.
Pocas personas hicieron más para promover el arquetipo del héroe romántico independiente que Percy Shelley. No obstante, resultó un ayudante concienzudo. Examinando los esbozos originales de Mary, el erudito en Percy Shelley, Carlos E. Robinson, identificó las contribuciones de Percy a Frankenstein y, en 1996, editó una reproducción de los cuadernos de notas de Mary destinada al público académico. La primera parte del nuevo libro destaca las revisiones de Percy y la segunda revela la voz solitaria de Mary. “La novela fue concebida y principalmente escrita por Mary Shelley”, escribe Robinson en la introducción, aunque estima que Percy escribió “al menos” de 4 mil a 5 mil de las 72 mil palabras totales.
Muchas de las aportaciones de Percy son menores. Unas están bien, otras no tanto. Percy pudo haber corregido las construcciones paralelas de Mary, aunque también ensució el lenguaje directo de Mary. “Pequeñez” se convirtió en “insignificancia”. “No me desesperé” se transformó en “No dudé que yo en última instancia tendría éxito”. Si Frankenstein de por sí era ya ampuloso, Percy lo hizo aún más.
Aunque Percy también contribuyó con algunas de las líneas más dinámicas de la novela: la petición que el monstruo hace a su creador por afecto. “Recuerde que soy la criatura –vuestro Adán— o más bien el ángel caído; a donde quiera que volteo veo dicha, mientras que yo estoy solo y soy un desgraciado irreconciliable”, había escrito Mary. Percy lo cambió por: “Recuerde que soy vuestra criatura –debería ser vuestro Adán—, pero soy más bien el ángel caído, a quien usted guió; por todas partes veo dicha, de la cual soy irrevocablemente excluido”. Percy comprendió lo que yacía bajo el lenguaje de Mary y tiró de él hacia la superficie. “Yo debería ser vuestro Adán”, dice la criatura, pero su creador lo rechaza antes de hacer a su compañera. El monstruo no es inhumano por haber sido dado a la vida sobre una mesa de cirujano. Es inhumano porque está solo.
Los peligros de la ciencia
Mary Shelley conocía algo sobre la soledad y el abandono. Su madre, Mary Wollstonecraft, autora de Una reivindicación de los derechos de las mujeres, murió al dar a luz a su hija, y su madrastra era “una mujer que me estremecía con pensar en ella”, escribió. A los 16 años Mary se enamoró de Percy Shelley, un aristócrata por nacimiento y el ateo por convicción, un rebelde en todas las circunstancias. Huyeron juntos, no obstante que estaba de por medio la señora Harriet, madre de la hija de dos años de Percy y embarazado otra vez.
El período de escritura de Frankenstein fue particularmente caótico. En el verano 1816, Percy escapaba otra vez de sus acreedores. La hermanastra de Mary, Clair, estaba embarazada de Byron, quien ya se había cansado de ella. En octubre de ese año la hermanastra de Mary, Fanny, se suicidó; al mes siguiente la esposa de Percy, Harriet, se ahogó. A finales de diciembre, Mary se casó con Percy y pronto quedó embarazada, la tercera vez en tres años. Los pensamientos sobre el embarazo y la maternidad seguramente pesaban sobre su mente.
Sabemos que la ciencia le preocupaba. En su introducción de 1831, Mary describe haber escuchado a Percy, Byron, y Polidori hablar sobre los nuevos experimentos científicos. Ella también había acompañado a su padre a conferencias públicas sobre la química y había discutido de ideas científicas con Percy, a quien le interesaba la experimentación desde niño (sobre todo, lo que tuviera que ver con explosivos). Frankenstein es comúnmente considerado una parábola acerca de los peligros que entraña la ciencia, sobre todo porque la película y las adaptaciones en el escenario tienden a retratar al científico como un maníaco perverso y al monstruo como un bruto sin habla. La novela es mucho más compleja. Los románticos no rechazaron la ciencia, como Richard Holmes lo demuestra en su notable nuevo libro, La edad de la pregunta. (Holmes es también autor de una brillante biografía de Percy Shelley). Ellos eran ambivalentes. Artistas románticos y científicos compartieron un compromiso por la búsqueda de la verdad, y ambos estuvieron motivados por la pregunta. No es ningún accidente que [Víctor] Frankenstein comparta ciertos rasgos con Percy Shelley. Frankenstein es una especie de artista, así como un compendio de los científicos conocidos de la época. Pero, como Holmes lo muestra en un capítulo de Frankenstein, May también capturó el miedo que rodea a la exploración científica: ¿si el hombre puede manipular la naturaleza como una máquina, qué sucede con el alma? La química y la biología sólo deben ser la mitad de la historia –la mitad humana, uno podría decir. Frankenstein es un argumento entre la razón y la emoción, la naturaleza y la civilización, el ser dividido. La sugerencia radical de esta novela es que no se toma a Dios para curar la herida. Se toma la lealtad y el amor de otra persona.
Progenie horrible
Años más tarde, Mary llamó a Frankenstein “el descendiente de los días felices”. Con toda la confusión en su vida, está tentada a ver todo ese contexto como un deseo nostálgico. El Frankenstein Original hace más fácil creerle: la edición de Robinson –marcada ligeramente con letras cursivas— es la evidencia de un compañerismo verdadero y de una relación extraña entre Percy y Mary. Examinando las páginas, Robinson dedujo que los amantes se pasaban los cuadernos de notas entre ellos. Mary pudo haber titulado a su libro “La progenie horrible”, llamando con a la memoria al monstruo de Frankenstein, pero a diferencia de Víctor Frankenstein, ella no se enclaustró para concebirlo.
Sus “días felices” pronto terminarían, para entonces ella tendría 25 años, tres de sus cuatro hijos estaban muertos y su marido también . Cuando ella escribió Frankenstein, sin embargo, ella no estaba sola. Y tampoco lo estaba Percy. En su biografía del poeta, Shelley: The Pursuit, Holmes señala que en el monólogo “del ángel caído”, “Mary escribe con una premonición extraordinaria el tema que dominó gran parte de la poesía tardía de Shelley”. Quizá no fue una premonición. La influencia, como el amor, corre en ambos sentidos.
Tomado de: Newsweek. Septiembre 14, 2009.
Traducción:  José Luis Durán King.

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